Capítulo 35 - Anacronía

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—Te lo juro, me estaba columpiando y esa cosa era como un moco negro... —relataba Peter con entusiasmo, gesticulando de más, como siempre.

—Ya, qué asco, Peter —pidió Cassie, arrugando la nariz y apartando un poco la cara—. En serio, no quiero esa imagen en mi cabeza.

Ambos caminaban juntos hacia la salida de la escuela, mezclándose con el murmullo de estudiantes, mochilas chocando y risas dispersas que llenaban el aire de la tarde.

—Fue el sueño más raro que he tenido —insistió él, negando con la cabeza.

—Querrás decir el más asqueroso —lo corrigió Cassie sin mirarlo volviendo la vista al frente cuando de pronto lo vio —. Oye... ese auto no es... —se detuvo de golpe, entrecerrando los ojos.

—Es Stella —sonrió Peter al instante.

Los dos se acercaron rápido. Stella ya había bajado del auto y, apenas los vio, se adelantó con una sonrisa abierta. Los envolvió a ambos en un abrazo cálido, sincero.

—¿Cómo han estado, chicos? —preguntó al verlos, al extrañarlos.

—¿Estás bien? —dijo Cassie, separándose apenas para mirarla con atención, como buscando señales de que algo no lo estuviera. Habían pasado ya cuatro días desde la misión y siguiendo el consejo de Peter, no la había llamado ni una vez, esperando que fuera ella quien lo hiciera. Verla sonreír y  en una pieza, era reconfortante.

—¿Y tu hombro? —añadió Peter, señalando al notar que ya no llevaba el cabestrillo.

—Sabes que sano muy rápido —respondió Stella con una pequeña risa. Se apoyó contra el auto, metiendo las manos en los bolsillos—. Ya casi no duele.

Les devolvió la mirada con una sonrisa tranquila. Estar ahí, con ellos, después de todo, se sentía como un pequeño ancla a la normalidad... y lo necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¿Y qué hacían? —preguntó Stella—. Aparte de... —señaló por encima del hombro el edificio de atrás— la escuela.

—Oh, hablábamos de sueños locos que hemos tenido —contestó Cassie, animada—. Yo soñé que nos invadían los zombis... —añadió con entusiasmo— y Peter que una cosa viscosa lo perseguía.

Stella los miró con evidente confusión, parpadeando un par de veces.

—Okay... —murmuró, extrañada, mientras les hacía un gesto con la cabeza para que subieran al auto.

—No fue así —se defendió Peter—. Era como un moco... negro —corrigió ya dentro del vehículo, aunque recién entonces cayó en cuenta de lo absurdo que sonaba.

—Ajá... —respondió Stella desde el asiento del conductor, observándolo por el espejo retrovisor mientras se abrochaba el cinturón—. Supongo que todos tenemos sueños raros —añadió con una media sonrisa al notar cómo él se avergonzaba.

—¿Y tú? —preguntó Cassie, inclinándose un poco hacia adelante, curiosa.

Stella apoyó la espalda contra el asiento y, por un segundo, dejó que el silencio se acomodara en el auto. Sus dedos apretaron el volante con suavidad mientras rebuscaba entre sus recuerdos,

—Ammm... una vez, de hecho no hace mucho... —empezó Stella, pensativa— soñé que tenía dos niños.

—¿Dos? —preguntó Peter desde el asiento trasero, inclinándose hacia adelante con interés.

—Gemelos —respondió Stella, mirándolo por el espejo retrovisor mientras una sonrisa apenas le curvaba los labios al imaginarlo.

—¿Y quién era el padre? —preguntó Cassie entre risas, apoyando el codo en el respaldo del asiento.

PROTEGIDA Parte TresHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora