11. Venable y sus verdades

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Alassia.

Wilhemina me lleva a rastras hasta su hermosa casa. Lo que más me llama la atención es el particular color que predomina en su interior. Hubiese creído que sería azul, pero no, ahora el color púrpura invadía todo el espacio. Tenía un muy buen sentido del gusto, muebles blancos modernos, guardas plateadas, decoraciones que han de costar barbaridades... Podía percibir una energía diferente aquí, pacífica, acogedora, pero me temo que algo solitaria y melancólica.

¿Vivirá aquí sola?

Por un momento me la imaginé llegando un domingo por la noche para adentrarse en la inmensidad de este lugar a contemplar la nada, debe de ser horrible no tener siquiera la presencia de una mascota. Sentí pena por ella, por un segundo me dieron ganas de ser capaz de hacerle compañía cada vez que pisara esta casa.

Observé detenidamente cada detalle, es como si pudiera entenderla a través de su hogar, por la forma en que estaban colgados sus cuadros, su estilo personal, el aroma a vainilla que me embriagaba a más no poder... Pero en fin, eso no es lo importante.

Por más de que me muera por saber su obsesión con el azul y el púrpura o cualquier mínimo aspecto de ella, tenía mis sentidos en la pobre mujer que se encontraba frente a mí. Parecer ser que se sorprendió al recordar ese aspecto.

Ambas estabamos sentadas una en cada extremo del inmenso sofá de la sala, su pierna se movía con nerviosismo de arriba a abajo rápidamente, estaba estupefacta con lo que había salido de mi boca. Puede que esté impresionantemente molesta con ella, pero no me gusta verla tan desesperada.

—Sí, eso es lo que ví.— Negaba con las manos puestas en su rostro.

—Lo sé, lo he recordado todo.
Quien demonios haya sido el que puso eso en el ponche... Me encargaré de asesinarlo yo misma.— Qué miedo, o al menos el que lo hizo debería de estar asustado.

—¿Fui un juego para usted?— Suelto de la nada. Esa triste pregunta no laraba de  rondar mi cabeza, en serio esperaba con todas mis ansias que no fuera cierto, y si lo era, quería que me mintiera.
Me miró al borde del llanto, se puso de pie y caminó hasta quedar sentada junto a mí.

—¿Cómo puedes ser capaz de pensar eso Alassia?— Con sus manos elevó mi rostro. —No quise que nada de esto pasara, lo que sea que le pusieron al ponche me afectó al punto de no poder liberarme de Hillary.— ¿Liberase dijo? Hasta parecía que lo disfrutaba. Me cruzo de brazos y aparto mi mirada, ella se acerca a mi y toma mis manos entre las suyas. —Debes creerme, Hillary y yo... Jamás pasará.— Me observaba con esas orbes marrones que tanto amo... Eran mi debilidad.

De pronto fue como si una epifanía me hubiera inundado, simplemente elijo creerle, sentía que no me mentiría.
Wilhemina puede ser tanto mi salvación como mi ruina según lo desee, no estaba segura si confiar ciegamente era lo correcto, pero me arriesgaría por ella.

—Bien, le creo.— Me hubiese gustado decirle que si se atrevía a me mentirme alguna vez... Prometo que no volvería a saber de mí en su vida, y creame, no rompo las promesas.

Pero en su lugar opto por resignarme y suspirar pesadamente. —Sin embargo, estoy aquí porque me debe una explicación de lo que pasó, merezco saber por qué me apartó de su vida como si nada le importara.— Le exijo tranquilamente. Ella asiente mientras que juguetea torpemente con sus manos, estaba nerviosa, algo raro porque nada pone nerviosa a Ivermony.

—Hillary... Tiene sospechas de que hay alguien en mi vida, vio la pequeña marca que dejaste sobre mi clavícula y enloqueció por completo cuando se dio cuenta. Lo más probable es que no entiendas nada así que, creo que lo mejor será empezar desde el principio. —Puedo percibir con nítida claridad que en su voz hay miedo, aquel pequeño temblor la delata y evidencia el hecho de que está a punto de arrepentirse de abrir la boca, no parece sentirse muy segura de abrirse conmigo.

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