44. Se acabó

895 53 30
                                        

Wilhemina

Entre baile y baile, hubieron algunas copas de por medio. Para pasadas las doce de la noche, Lizzie estaba algo achispada. Su estado me sorprendió, jamás la había visto ebria, pero admito que era gracioso de observar. Tratando de sentarse en una de las banquetas de su cocina, tropezó quedando sentada en el suelo. No pude evitar comenzar a reírme a carcajadas, rápidamente me acerqué a ayudarla, pero era inútil, no podía ponerse de pie.

—Todo da vueltas.— Dijo tomándose la cabeza con ambas manos.

—Será mejor que comiences a beber agua, de lo contrario dormirás en el sofá, cariño.— Le extiendo una botella de agua bien fría que encontré en la heladera.

—¿Me sacas de mi propia cama?-—Soltó luego darle un largo sorbo a la botella, yo sólo me reí y negué.

Cuando por fin pudo ponerse de pie, fuimos hasta su habitación, me detuve un momento y sentí toda su energía golpearme de lleno. Todo en su pieza era muy... ella. El color lavanda de las paredes, los muebles en marfil y aquel estilo moderno que tanto la caracterizaba. Por mis fosas nasales entraba aquel exquisito olor a moras, su perfume característico.

Me extendió uno de sus pijamas de ceda púrpura, y ella, por el contrario, se puso una azul oscuro. Comenzó a descambiarse frente a mí y, automaticamente, me volteé para darle su privacidad.

Sí, a pesar de ya conocerle hasta el apellido.

Se percató de mi acción y en respuesta se acercó ya estando cambiada.

—No me molesta que veas, tenemos lo mismo. Además, prácticamente ya me conoces completamente.— Reí ante eso último. Ella se apartó y comenzó a abrir la cama para poder adentrarnos.

—¿Me ayudas?— Le digo aún dándole la espalda. Pude verla por el reflejo de uno de los espejos quedarse completamente estática, su rostro se había vuelto algo rosado. —Por desgracia, he olvidado cómo colocarme una pijama.— Ahora sí sonrió, se acercó a mí y, con las yemas de sus dedos tocó la piel de mis hombros.
Bajó con delicadeza el cierre de mi vestido, pero antes de quitarlo completamente, pidió permiso.

Asientí y, sólo entonces, noté la tela en mi cuerpo resbalar lentamente hasta quedar a mis pies. No pude evitar ver el reflejo del espejo frente a mí, sus ojos estaban puestos en mi deformidad, lo que me puso nerviosa de inmediato. Cerré mis puños al borde de temblar, pero entonces, sentí como sus manos fueron a tomarlos con mucha delicadeza. Su mirada no me veía con ningún tipo de juicio ni lastima, más bien, reflejaban dulzura, ternura y cariño. Abrí mis manos permitiendo que entrelace sus dedos en los míos.

—Estas tensa.— Susurró dejando besos sobre mi hombro. Aquello me hizo inclinar la cabeza en busca de su tacto.

—Sé que no tengo razón, lo sient...— Iba a disculparme, pero ella me detuvo haciendo que guarde silencio.

—No, jamás me pidas perdón por sentir temor. Te hirieron, te lastimaron tan profundamente que esa cicatriz en tu corazón tarda mucho en curar. Pero lo harás, sanarás, ¿sabes por qué lo sé?— Preguntó rodeandome con sus brazos, a lo que yo respondí cerrando mis ojos.

—¿Por qué?—

—Porque... eres la persona más fuerte de todo el mundo.— No quería llorar, aunque sí se me escapó una sonrisa de mis labios.

Efecto Ivermony Donde viven las historias. Descúbrelo ahora