34. Reencuentro

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Alassia.

Aquellos días de duelo me sirvieron para adelantar todos esos contenidos que todavía no había estudiado, especialmente historia de la literatura, la materia más extensa de mi carrera.
Era interesante, me iba bastante bien, al menos Hardscrabble tenía una buena percepción mía y eso me bastaba.

Es claro que todos los docentes cuentan con anotaciones de sus alumnos. Me refiero a su desempeño durante la clase, si prestan atención, si trabajan, si preguntan las dudas. Luego, esos pequeños apuntes se vuelcan en un promedio que se verá reflejado en las calificaciones. Mi nota actual es de nueve, desgraciadamente no un diez porque tengo en mi contra tres llegadas tardes.

Un clásico.

Me adentro al salón acomodando mi cabello en una desaliñada cola de caballo, pero me resulta incómoda, así que al final decido dejarlo suelto. Noto que hay varias personas dentro. Diviso un lugar libre en el centro alto del auditorio y lo tomo. Saco mi cuaderno, una lapicera y varios resaltadores para destacar aquello importante que se diga.

Distraídamente me dedico a leer lo dado la última clase, necesito darles a mis hojas una rápida revisión para recordar en qué nos habíamos quedado.
De la nada, mis oídos se ponen alerta, captan una inconfundible sinfonía de tres golpes, una que habían oído con suficiente frecuencia como para poder reconocerla en donde sea. En respuesta, mi cuerpo inconscientemente se pone nervioso. Más que nada se trataba de una notable debilidad en las extremidades y voz, acompañado de tics como temblores y el corazón acelerado entre una que otra dificultad para respirar correctamente.

La mayoría se mostraba tranquilo, pues claro, ninguno de los aquí presentes había asistido a Olimpo, por ende, nadie sabía cómo Wilhemina dictaba clases. Mucho menos sabían que yo había estado enamorada de ella y, peor aún, en pareja unos años atrás.

Pero eso no importaba ahora, la chica que fui ya no existía, murió junto con Wilhemina, al menos simbólicamente, porque frente a mí no tengo ninguna clase de clon u holograma.
Yo ya no era la misma, y apuesto a que ella tampoco. Mi madre solía decir que nunca encontraremos a dos personas exactamente iguales, ni siquiera si se trata de la misma.

—Alassia Pevenssy.— Pasando la lista llegó a mi nombre, se detuvo un momento para contemplarme. A diferencia de los demás yo sólo levanté mi mano, pero no dije nada, ni siquiera un "aquí" o "presente", sólo mi mejor cara de poker.

Aunque me cueste admitirlo, tengo que decir que me fue muy difícil concentrarme en su clase, no sólo porque estaba acostumbrada a Hardscrabble, sino que también, porque se trataba de ella. De su persona, de los asuntos no resueltos entre ambas y de lo que alguna vez fue una bonita historia de amor haciéndome eco en lo profundo del alma.

—Disculpa, ¿puedes decirme qué dice ahí? No alcanzo a leer bien.— Le pido en voz baja al chico que se sienta a mi lado que me dicte la oración que está escrita en la pizarra y que no logro entender.
Él asiente y masculla la oración lo más callado posible. —Te lo agradezco.— Susurro y vuelvo a mi cuaderno para continuar escribiendo. Elevo mi vista una vez más hacia adelante, entonces me topo con aquellos ojos marrones observándome con detenimiento.

—Castigada señorita Pevenssy, en mis clases no se habla.— Declaró con una leve sonrisa malvada en el rostro como si lo estuviera esperando con ansias.
Mis compañeros voltearon hacia donde estaba yo, sentí cómo todas las miradas se clavaron en mí y, en respuesta, un fuerte calor subió a mis mejillas.

—¿Disculpe? Estamos en una universidad, aquí no existen los castigos Miss Ivermony.— No dejaría que me humille de esta forma, ya no soy la niña que conoció. Parecía mentira, se estaba repitiendo la misma historia que en el instituto.

Efecto Ivermony Donde viven las historias. Descúbrelo ahora