25. Sempiterno

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Wilhemina.

Jamás creí que una pacífica respiración y dos brazos pudieran significar todo para mí. Lizzie dormía aferrada a mi cintura con el rostro oculto en el hueco de mi cuello, podía percibir el lento latido de su corazón, al igual que la preciosa expresión que porta al descansar.

Si me hubieran dicho que hoy estaría en la cama con aquella mocosa insolente que desparramó mis documentos en la recepción, y que además tuvo la osadía de desafiarme para probarse ser imponente a mi nivel fallidamente, sinceramente, no me la hubiera creído en absoluto. Es más, hasta me habría caído al piso de risa.
Pero veo que el destino tenía otros planes, otros más locos, porque para ser honesta, Lizzie es la locura más grande que he hecho en mi vida.

Enamorarme de ella fue sin duda mi desafío más grande, y lo más irónico, es que no tuvo que esforzarse para hacerme caer a sus pies. Esa falsa seguridad que demostraba tener frente a mí, me deleitaba la vista. Verla frustrada o hacerla tropezar era de mi agrado, pero más me encantaba verla levantarse, sacudirse el polvo y seguir con la cabeza en alto para intentar impresionarme o captar mi atención, sin saber que ya la tenía desde el primer momento.
Admito que al principio no me cayó bien, en su momento de torpeza hasta me dieron ganas de hacerla conocer mi bastón, pero luego cambió.

Aún tengo en la memoria aquella vez que la ví junto a Tara, fue la ocasión que me descolocó y logró volarme de una patada fuera de mi zona de confort.

¿Qué es esta extraña sensación que tengo en el pecho? ¿Por qué la siento cuando la veo con alguien más?

Mi primer respuesta fue la más obvia.
Estaba loca si creía que algo podía llegar a suceder con ella, mi jodida alumna.
Lo único que tenía en mente era que quería tenerla cerca, odiaba ver cuando alguien le lanzaba miradas en los pasillos o en clases, me ponía de un humor de perros. Quizás mi mal temperamento fue el culpable de haberla castigado tanto, pero Dios... Los benditos castigos que le puse sólo para molestarla eran el único medio que tenía para acercármele.

No sabía cómo entablar una estúpida conversación con ella sin que le pareciera extraño, también temía que me tuviera miedo y no quisiera siquiera pasar caminando junto a mí.
Ahora tengo sospechas de que al final sí le gustaron esos castigos. Sólo por el hecho de que era yo quien los impartía, obviamente.

Sin embargo, lo cierto es que jamás tuve las expectativas altas, no me tenía fe. Veía imposible el hecho de que pudiera llegar a gustarle, siempre la veía con Tara y aquel par de gemelos, ella estaba fuera de mi liga. Pero luego comenzaron a haber acercamientos.

Tengo la impresión de que fueron intencionales y no por pura casualidad, su actitud hacia mí era distinta de aquellas primeras veces en que nos vimos. Lo que me generó curiosidad desde un inicio, fueron los temblores que la invadían cada vez que me acercaba a ella. Se me hacía extraño que a alguien le temblara el cuerpo de la manera en que ella lo hacía.

La discusión que tuvimos en la cafetería fue el momento en que comencé a tener ciertas dudas. Me puse celosa cuando nombro a Tara, y ella cuando mencioné a Hillary, sólo que no me di cuenta en ese momento. Ambas nos enfadamos, pero sé que yo fui la culpable en gran parte por haberle elevado el tono de voz en primer lugar.
Sin embargo, la forma en que apartó su orgullo a un costado y se preocupó por mi bienestar en el bus de ida al campamento, me confirmó cuán enamorada estaba de ella y, a su vez, me generó la duda...

¿Será que a ella le pasa lo mismo?

Casi me arrojo a sus labios en ese jodido bus, incluso le lancé una pequeña indirecta de la que luego me arrepentí, pero tuve que esperar hasta volver a la institución para ello. En realidad, ese beso no estaba planeado, de no haberla oído tocando el piano tal vez no hubiéramos quedado encerradas en ese cuartucho.

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