Alassia.
Apuesto lo que sea que a más de uno le ha sucedido de estar soñando acurrucado entre las tibias sábanas de sus cama, saboreando cada uno de los segundos en que la mente descansa como si no lo hubiera hecho en tres décadas y, cuando por fin están en la mejor parte del sueño... La puta alarma suena a todo volumen para causarnos un pequeño microinfarto.
Mi mano apaga con pesar el histérico reloj que tanto chilla a mi derecha. Procedo a quejarme mentalmente porque debo dejar la comodidad de mis almohadas e ir a la jodida universidad. Comienzo a replantearme qué tanto vale arriesgar mi futuro, dinero y trabajo a cambio de dormir unos quince minutos más.
—Levanta tu trasero de la cama Allie... Llegarás tarde a tus clases.— Un par de largos brazos se envuelven alrededor de mi cintura, tomando posesión de mí.
—Lo haría pero no puedo koala.— Sonrío recostando mi cabeza en el hueco de su cuello, mientras que ella deja besos en mi frente. Sonrío y me aparto para adentrarme rápidamente a mi vestidor, debo elegir un outfit abrigado para no sufrir la particularmente helada mañana que nos toca pasar.
En las piernas opto usar unos jeans blancos, botas tejanas de alto taco color marrón, un suéter azul oscuro y sobre el mismo un saco celeste pastel que me llega hasta las pantorrillas. Por la forma en que me visto tranquilamente podría hacerme pasar por una profesora, hay algunos chicos que asisten a clases literalmente en pijama, ya saben, pantuflas, ridículos pantalones haciendo juego con sus remeras, cabelleras despeinadas y rostros adormecidos.
Cepillo mis dientes y cabello a la vez que maquillo con algo de base y rubor aquellas pequeñas imperfecciones en mi rostro. Luego viene el lápiz labial, la máscara, algo de perfume y, finalmente, ya puedo disponerme a desayunar.
Quiero algo caliente en el estómago, algo que me de el calor que no voy a tener en cuanto llegue a las instalaciones.
Un té de vainilla y coco será lo mejor, necesito una infusión dulce, capaz de despojarme de la densa pesadez y cansancio que mi cuerpo siente.
Es época de exámenes en la universidad, anoche permanecí despierta hasta las tres de la mañana leyendo una extensa serie de apuntes que habían mandado mis profesores el día anterior, ¿a quién en su sano juicio se le ocurre enviar a las cinco de la tarde veinte documentos que deben de estar leídos para el día siguiente? Sólo a mis profesores. Eran tantos que, en su defecto, ni siquiera logré leer ni la mitad.
Incluso, en un intento de que no se me cierren los ojos mientras leía, casi me pego los párpados a mi frente con cinta adhesiva.
En mi quinto café de la noche, la morocha que, ahora duerme plácidamente en mi cama, se apareció en la sala de estar con su rostro acogido por la somnolencia. Contempló inexpresiva la caótica escena en que yacían saquitos de café instantáneo sobre múltiples lugares de la mesada de la cocina, hojas en el suelo completamente desperdigadas por doquier, señaladores de colores fluorescentes con escrituras diminutas pegadas hasta en mis brazos para tratar de retener la información... Entre otras cosas. Negó para sí y, sin tratar de oponerme, dejé que me ayudara a quitarme todo lo que tenía entre manos para luego meterme a la cama junto a ella. Estaba feliz por saber que descansaría, al menos, cuatro horas y cuarto.
Sabía bien que los profesores se delitaban en la época de finales. Apuesto a que adoran ver a sus alumnos completamente demacrados, en un estado en que no saben si consumen drogas como el crack, acaban de tener una sobredosis, los golpearon con dos pelotas de baseball en los ojos, son zombies salidos de "The Walking Dead" o fueron criados por lobos.
Saco de las alacenas una bandeja en la cual coloco una taza llena del mismo té que estoy bebiendo, al lado, un plato mediano que carga con cuatro hotcakes de vainilla y chips de chocolate.
Se ha vuelto costumbre hacer esta rutina, alistarme, preparar mi desayuno y el de Daphne, el cual siempre dejo sobre una esquina de la cama ya que ella se levantará en un rato porque debe ir a trabajar, e ir finalmente a estudiar.
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Efecto Ivermony
Fiksi PenggemarPara muchos estudiantes Wilhemina será su más grande pesadilla y les dará motivos para temblar. Pero, quizás Alassia no aplique a la regla. "(...) Quién hubiera dicho que a la profesora más temida de la institución, inalcanzable, fría, distante, abr...
