1. Primer Día

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Dedicada a mí, por curar mi propio corazón.

(Y también a quien me lo rompió, pero que amé más que a nadie).

Alassia.

El instituto "Olimpo", también considerado la horrenda pocilga a la que le llaman escuela. No me malinterpreten, este instituto debe ser el más moderno y completo de todos los Estados Unidos, pero el ambiente social en sí, es una cloaca, las palabras "compañerismo", "colaboración" y "fraternidad" no figuran en el vocabulario de las personas que aquí asisten.

Obviamente, puedo dar nombres de algunas excepciones, Ollie y Samuel Kay, los hermanos mellizos de los cuales soy amiga desde el jardín de niños, y Tara Vanner mi mejor amiga desde hace siete años. Ellos hacen de esta institución un lugar mejor, sé con certeza que si no hubiesen estado aquí... Tal vez hoy no sería la misma.

Hoy es mi primer día de clases, afortunadamente es mi último año en este asqueroso lugar, me he propuesto terminar la preparatoria de la mejor manera y pienso cumplir esa meta, aunque... Para eso, debería empezar por llegar a tiempo, cosa que me sale bien rara vez en la vida.

Ya es una tradición para mí, anoche olvidé colocar mi alarma y... Bueno, me quedé dormida.

Como de costumbre, me adentro a la edificación corriendo, subo las escaleras de dos en dos mientras que trato de arreglar mi cabello en una desaliñada cola de caballo. Es inútil, no me conformo con el resultado que obtengo, por lo que finalmente decido dejarlo suelto y rebelde. Saludo a la joven recepcionista quien, con una amable sonrisa, me entrega mis horarios dentro de una carpeta con mi nombre. Le doy una rápida ojeada y descubro que mi primer clase es administración.

¡Ugh!, odio las matemáticas.

Me volteo rápidamente, dispuesta a correr al salón de clases dado que ya voy tarde, cuando repentinamente, choco de lleno con un cuerpo, es tal la fuerza del impacto que logro que ambas caigamos.

—Lo siento mucho, déjame ayudarte.—Susurré finalmente, emergiendo de mi aturdimiento tras el impacto.

Al alzar la vista, esperaba encontrarme con el rostro de algún alumno, aquello hubiese sido una opción mucho más reconfortante que la realidad que se me presentó. En su lugar, me hallé con un par de ojos marrones enmarcados por un semblante temible y enojado, en un temible rostro de aspecto enfurecido.

Fue aún peor, cuando caí en cuenta de a quién pertenecía aquella reprochante mirada, se traba nada más ni nada menos que de la recién llegada rectora. La noticia de su llegada nos había alcanzado justo antes de finalizar las vacaciones, pero nunca imaginé que mi primera impresión sería así de desalentadora.

La observé detenidamente mientras ella se incorporaba, traté de ser cortés al recoger las hojas esparcidas por el suelo y ofrecérselas en una pila ordenada, pero su reacción fue todo menos amable. Con brusquedad, arrebató las hojas de mi mano, dejándome sorprendida.

Mientras ella ajustaba su ajustada falda azul oscuro, me detuve a observarla con curiosidad. Parecía demasiado joven para necesitar un bastón, pero ciertamente, era innegable que la dotaba de una elegancia única. Su porte imponente y sus facciones serias no hacían más que acentuar su autoridad. Ni hablar de esos anteojos que amenazaban con resbalar por su nariz, pero que pronto acomodó con determinación antes de volver su intensa mirada hacia mí, con ganas de hacerme puré.

—L-lo lamento profesora.— Me disculpé cabizbaja.

—¡Ha! ¿Acaso eres ciega querida? Estaba detrás tuyo y no lograste verme, hazme el gran favor de ir al médico y que te recete una cura para tu torpeza, casi me quiebras con la fuerza con la que me has embestido.— Me quedé boquiabierta ante semejante comentario. Por Dios, Sólo fue un pequeño accidente.

Efecto Ivermony Donde viven las historias. Descúbrelo ahora