22. Orígenes

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Wilhemina.

Era sólo una pequeña cuando quedé huérfana, mis padres jamás me habían dado ni una migaja de amor, pero a fin de cuentas, eran mi familia. 
Catherina, mi abuela, era el único lazo de sangre que me quedaba. Sin embargo, ella obviamente nunca se hizo cargo de mí, sólo aparecía una vez por año para mantenerme al tanto de lo que alguna vez sería la herencia que me correspondería.

En su defecto, me mudé con la familia de Hillary, quienes cálidamente me acogieron como a su propia hija. Los Raynolds, eran personas exorbitantemente amables, de buena posición económica y, por ser una familia reconocida como la mía, con una vida social considerablemente amplia. Tenían amigos y conocidos esparcidos por el mundo, pero en sí eran muy afines con la familia Langdon; Roseta y Anthony, sus dos hijos, la mayor Cordelia y el menor Michael.

Ambas familias amigas, solían reunirse sin falta todos los fines de semana a beber brandy y cenar.
Coincidía en que Hillary, el jóven y yo éramos de la misma edad, a diferencia de Delia que nos llevaba cuatro años. Aún así nos llevábamos bastante bien, bueno, excepto Hillie y Michael. Había cierta rivalidad entre ellos, al principio no entendía el motivo, pero luego lo comprendí.

Con el pasar del tiempo me di cuenta de que no sólo le gustaba a mi mejor amiga, sino que, por pura casualidad, también le gustaba a Michael, y aquello enfurecía a Hillary porque el rubio siempre vivía coqueteándome, provocándole unos inmensos celos. Lo gracioso de la situación es que yo a ellos no les prestaba atención, pues a mí me importaba otra persona, alguien que se mantenía al margen de las competencias por conseguir mi atención.

Cordelia.

Su nombre no le hacía ni pizca de justicia, ella era la persona más dulce y amable que había conocido en mi vida. Siempre estaba pendiente de que todos estuviéramos bien, en su interior dormía la mismísima paz encarnada. Sin duda era la chica más hermosa que se había presentado frente a mí, y su belleza siempre dejaba impactado a todo el que se la cruzara. 

Pero no era ni su largo cabello rubio, ni su figura de ensueño, ni la nata elegancia con la que había nacido lo que me había hecho caer rendida a sus pies. Sino que fue más bien su clemencia, su compasión por el otro, la delicadeza que tenía para dirigirse a alguien, la dulzura en sus preciosos ojos... 

Ella era de esas personas que pueden tocar el agua sin provocar que esta se mueva. Suave y frágil. 
La recuerdo a diario, no puedo evitar verla profundamente reflejada en mi Lizzie.

Sin embargo, ella jamás me había dado señales de que el sentimiento fuera recíproco, hasta que un día decidí actuar y acercarme un poco más. Después de años de conocernos nos volvimos verdaderamente cercanas, y no por el hecho de que nuestras familias fueran cercanas, no. Esto fue algo más genuino y propio, entonces, cuando menos me lo esperé, se había enamorado de mí tanto como yo de ella. Mantuvimos lo nuestro en secreto por al menos cinco meses, planeábamos contarlo en algún momento claramente, pero las circunstancias dieron un giro rotundo en un abrir y cerrar de ojos.

Recuerdo cuando el teléfono sonó a media noche, los Langdon nos preguntaron si sabíamos algo de Cordelia, pues no aparecía por ningún lado. Una hora más tarde comenzaron a oírse las sirenas, junto con Hillary salimos en pijama a recorrer el pequeño pueblo que actualmente es nuestra enorme ciudad.

Cordelia. 

Su nombre salía despedido a gritos de las bocas de su familia, de los Raynolds, de las autoridades, de la mía... Y nada. No había rastros de mi Delia. Jamás había sentido tanta angustia en mi vida.

Habremos sido... No lo sé, tal vez entre diez y veinte personas aproximadamente, nos encontrábamos dispersos en un gran bosque de pinos, la llamábamos con desespero esperanzados de que nos oyera, pero al no ver respuestas de su parte, más se nos achicaba el corazón ahogándose en aflicción.

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