Capítulo Treinta y Nueve

243 20 3
                                        

Los encargados de los muebles se habían retrasado, así que Sam y Tom llegaron veinte minutos después de ellos y encontraron a Maxie sentada en la cama, dándoles ordenes a tres robustos jóvenes que transpiraban trasladando los muebles en la habitación. Un médico le había colocado un estetoscopio para escucharle el corazón.

—Señora, ya le dijimos que nosotros solo traemos las cosas, no colgamos cuadros— le estaba diciendo uno de los encargados.

—Bueno, Nana— dijo Samantha entrando en la habitación— parece que tienes todo bajo control— le dio un beso en la mejilla a Maxie, mientras el médico se erguía  y antes de que se fuera comenzó a contarle a Maxie todo lo que Tom había hecho en su departamento, sobre los libros y revistas que Tom le había comprado y que Tom había dicho esto y aquello y...

Tom salió de la habitación con él médico.

— ¿Cómo esta ella?

—Declinando— le respondió el médico y luego hizo una pausa— pero se siente feliz mientras ella está aquí. Ojala todos mis pacientes tuvieran un par de padrinos mágicos como ustedes, pero cuidado con la bebida.

—Hoy le trajo chocolates.

—Bien—el médico se puso serio— espero que su esposa esté preparada para la muerte de Abby.

—Sí, Sam, está preparada para la muerte— le contesto Tom, sin sonreír— Tuvo muchos ensayos. Muchos.

***

Tres horas más tardes, comenzó a sonar el teléfono que se encontraba junto a la cama recién decorada de Samantha y Tom apretó el botón correspondiente, ya que advirtió que se trataba de su línea privada, después de sacar su brazo, de debajo el cuerpo de Samantha, se arrimó el auricular y contesto.

— ¿Hola?

— ¿Tom, eres tú?

— ¡Mamá! Qué alegría oír tu voz, se escucha muy cerca.

Samantha se soltó del agarre de Tom con la rapidez de la hija de un sacerdote encontrada desnuda y se sentó, tapándose hasta el cuello.

—Oh, dios, no— dijo Tom con tono azorado y luego miro a Samantha y vio que estaba pálida, como si hubiera pensado que le habían informado de la muerte de alguien, Tom tapo el auricular con su mano— mí familia vino a Nueva York a conocerte.

Después de un prolongado momento en que Samantha tardo en comprender las palabras de Tom, se volvió a recostar, casi hubiera deseado que se tratara de una muerte.

— ¿Cuántos vinieron? — pregunto Tom y luego se detuvo—Oh, ¿tantos? ¿Papá también vino? —Pausa—Magnifico, será agradable verlos a todos y estoy seguro que los niños se van a divertir— el rostro de Tom paso del asombro al horror—Mamá, Franz no vino, ¿verdad? Dime que Franz no vino—pausa—Bueno, sí, por supuesto que me alegrara verlo y no, Ian y yo no rayamos su precioso automóvil—pausa— ¿Sam? Oh, ella está aquí conmigo.

Samantha observo que Tom se sonrojaba.

— ¡Mamá! Me sorprendes, está bien, está bien, iremos tan pronto nos vis... tan pronto como podamos. Te veré dentro de unos minutos— mientras colgaba el teléfono, Samantha escucho que la madre de Tom se estaba riendo.

Durante un momento, los dos permanecieron  quietos en la cama, sin tocarse, mirando el dosel.

— ¿Por qué? — susurro Samantha.

Tom se volvió hacia ella y le paso un dedo por su abdomen desnudo.

—Ya te lo dije, quieren conocerte.

Sweet DelusionsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora