CAPÍTULO 29

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LA ASESINA DEL ESPEJO

En resumidas cuentas, las dos horas siguientes intenté deshacerme de zorro, pero era como un parásito, no despegaba su vista de mí ni para ir al baño. Al contrario, Kilian sí se estaba divirtiendo mucho junto a las ninfas, quienes no dejaban de toquetearle la camisa o desabrocharle algún que otro botón de ella.

Mi límite de control había estallado, y no pensaba aguantar ni dos minutos más en ese local. Aparté a todo de mi camino, y agarré a Kilian del brazo.

-Se acabó. Nos largamos de aquí.

A este se le esfumó el rubor de las mejillas y su rostro cambió por completo.

-¿Ahora quién es la amargada?

-¡Que te calles! -le ordené.

Justo antes de que pudiera abrir la puerta, Zorro y Conejo se interpusieron en nuestro camino.

-No, no. No podéis iros. ¡Debéis quedaros para la fiesta de la tarta de arándanos del tatarabuelo de Pato!

-¿Qué? Pero si esa la misma excusa de hace dos horas. ¡Nos hemos quedado para la fiesta! -rugió Kilian.

Ignoramos la insistencia y los apartamos del camino, pero para cuando quisimos girar el pomo, era realmente imposible salir. Kilian y yo nos giramos para contemplar cómo la taberna nos observaba de un modo extraño.

-No podéis escapar. -dijo Pato.

-Debéis quedaros. -continuó Conejo.

-Para la fiesta de la tarta de arándanos del tatarabuelo de Pato.

Resoplé exhausta dejándome caer sobre la pared.

-¡Oh Dios! ¡Vale! ¡Iremos a la fiesta, pero por favor, dejadnos ir!

Antes de que repitieran la misma frase que se me había quedado grabada tras las cuarenta repeticiones, Kilian interrumpió de nuevo, solo que esa vez ni me molesté en decir nada.

-¡Que sí! ¡La maldita fiesta! ¿¡Pero por dónde demonios se entra!?

Finalmente, Pato señaló una puerta de colores al final de la taberna. Kilian y yo nos miramos con una sonrisa, la salida. Nos levantamos a toda prisa, recorrimos la sala hasta llegar a la gran puerta colorida.

-Si a la fiesta queréis llegar, miles de aventuras debéis afrontar. -mencionó Pato animado.

Miré a Kilian con horror y creí entender toda esa farsa.

-Kilian. -le susurré al oído. -Esto no me pinta nada bueno.

-Ni a mí, pero si cruzar la puerta indica salir de este lugar, no me lo pienso dos veces.

Él giró el pomo, y sin mirar atrás, entramos a una sala tras cerrar la puerta detrás de nosotros.

Nos encontrábamos en una sala más pequeña repleta de espejos de todo tipo. Sin ninguna puerta, sin ninguna salida.

-Genial, menuda salida. Voy a salir y les voy a dar una paliza a cada uno hasta que nos dejen salir de una maldita vez. -hizo el afán de abrir la puerta, no obstante, ya no había remedio.

En aquel lugar, parecía que cada puerta cerrada, no volvía abrirse.

-Quizás la salida esté en algún espejo, comprobémoslos.

-Espera. -me advirtió Kilian. -Y si es una trampa, nada de este reino debe ser de fiar.

-No podemos quedarnos aquí para siempre. Habrá que intentarlo.

Nos dividimos en la sala, yo comencé por la izquierda y él por la derecha. Aparentemente, de forma que me iba viendo reflejada, parecían espejos normales, hasta que uno en concreto me llamó la atención. No era por el objeto en sí, sino por la forma en la que yo me miraba... no parecía yo. Entonces, mi reflejo dejó de acatar mis órdenes y tomó vida propia.

-Sígueme, Leyla. Sígueme. -me susurró mi otra yo.

No quería. Realmente no quería. Pero su voz era tentadora, como una adicción de la que no podía resistir. Así, atravesé el espejo y llegué al pasillo de mi palacio. Era extraño, el palacio era el último lugar al que deseé haber ido y, sin embargo, me encontraba allí.

-Leyla. Sígueme.

A lo lejos, mi otra yo me indicaba con la mano que me adentrase con ella en una habitación. Corrí y me di cuenta de que era la habitación de Emery. Sigilosamente, empujé la puerta y pegué un chillido al ver como mi otra yo estaba apuñalando una y otra vez a mi madre con una daga, cuyo cuerpo se encontraba ensangrentado junto al de Emery.

-¡No! ¡No! ¡Basta! -la agarré de los brazos para apartarla, pero mi reflejo tenía demasiada fuerza. -¡Apártate de ella!

La otra Leyla me empujó haciéndome retroceder hasta caer de espalda. Sentí una gran punzada en la espalda, y me levanté a duras penas. Entonces, el miedo y el terror me recorrió todo el cuerpo cuando me vi las manos ensangrentadas agarrando la misma daga de antes. Mi reflejo me había engañado y al empujarme intercambiamos los roles. La solté escandalizaba, yo no era ninguna asesina, yo no las había matada.

-Asesina. Asesina. ¡Asesina! -gritó una voz detrás de mí. Era Sialne con una escopeta con intención de dispararme.

Y lo habría hecho de no ser que salí corriendo por la puerta.

-¡Asesina! -ella me perseguía por todo el pasillo y las balas rozaban mis brazos.

-¡No soy ninguna asesina! ¡Lo juro! -razoné, aunque fue en vano.

Al final de las escaleras, divisé a Keane y por fin respiré tranquila. A pesar del ruido, Keane permaneció rígido con mi presencia. Con un pellizco en el brazo, tenía la intención de espabilarlo o que al menos se centrara en el peligro.

-Keane. ¡Keane! ¡Tienes que ayudarme! Sialne me quiere matar porque me acusa de haber matado a mamá y Emery.

-¡Asesina! -pronunció él también y me acusó con la espada.

-¡No! ¡No! -retrocedí con las manos en lo alto. -¡Yo no soy!

Al fondo del pasillo, tuve la sensación de ver un velo azul revolotear. Me transmitió paz y sinceridad, debía seguirlo. Me escapé de Sialne y Keane para correr hacia la sala y cerrar las puertas a mi paso.

Respiré con tranquilidad, era mi madre. Estaba viva. Yo no la había matado.

-Mamá. Estás viva. -tuve la intención de abrazarla, aunque recordé lo de Keane y decidí guardar las distancias.

-Por supuesto cariño, estoy bien.

Era ella, no estaba controlada por nadie. Me acerqué cautelosamente y dejé escapar esas lágrimas de angustia que había estado conservando durante esa pesadilla.

-Tienes que ayudarme. Tienes que... ayudarme. Por favor. Todos piensan que yo tengo la culpa, pero solo intentó resolverlo.

-Ay cariño. -extendió sus brazos para envolverme en un ensordecedor abrazo donde me sentí como en casa.

Cerré los ojos con la cabeza apoyada en sus hombros. Todo iba a estar bien.

-Mamá... -sollocé temblando aun de miedo. -Todos me persiguen.

Y no solo me refería en aquella pesadilla, sino que, durante esas últimas semanas, lo único que había hecho era huir y huir.

-Es normal cariño. Todavía no has descubierto al asesino.

-Pero... - Sus palabras impactaron mi conciencia. Esa no era mi madre.

Y de pronto, una daga me atravesó por la espalda. Solté un quejido ante el dolor que produjo. Abajo, solo chorreaba sangre y sangre, pero mi madre seguía zafándome en un estrecho abrazo sin soltarme lo que me dejaba sin respiración. A duras penas podía conducir el oxígeno hasta mis pulmones, me estaba muriendo.

-Ellos no pararan nunca Leyla hasta que lo encuentras. Nunca.

Antes de que el dolor me invadiera por completo y cayera al suelo, ante mí se mostró una figura. Era el Dios de la Oscuridad, era Holbek de joven. Al instante, todo se volvió negro.

Eclipse de Sol [Terminada]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora