Pude contar la estrellas en el infinito. La melancolía de dejarte, se desvaneció. El majestuoso atardecer abriría una ruta para recordarte que "fuimos uno". Él fue la lluvia que se esparció sobre la sequedad de nuestros corazones; jamás te dejará, e...
“Desde que Él me miró, mi corazón no es mío. Se ha escapado al cielo con Él”.
Samuel Rutherford.
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R E S P L A N D E C I E N T E
“—Te lo prometo —El pulsó le latía furioso. Al instante un silencio espeluznante los cubrió, percibió como sus ojos retenían las lágrimas. Casi compartían sentimiento. Excepto que en él se formaba un ciclón y si llegaba a tocar tierra, perdería fuerza, no sin antes destruirlo por completo. Al mirarla entendió porque evitó que se vertiera—. Llegaremos a la ciudad.
Portaba la capa de color azul; esto no lo identifica por completo, era el sello real que llevaba en la frente. «La distinción que lo protegía». Aún tenía por delante un largo camino; por nada y nadie bajaba el escudo. Tenía bastante tiempo adentrado en la oscuridad del espeso bosque y esto le permitía una ventaja.
Cansado, suspiró con agobio. Debía encontrar el vitrum. Fue una decisión arriesgada, pero si la herida que llevaba en el pecho no se curaba, lo carcomería hasta volverlo nada.
Él sabía que la planta era medicinal. Algún provecho obtuvo leer libros de botánica.
En la lejanía, el primer rayo de sol explotó aclareando el amanecer. «¿Otro más?», pensó. Se asió de la espada que llevaba en la cinturilla. Se armó de valor, cerrando limitados instantes los ojos. «Aquí estás», le dijo. Estaba forjada con letras antiguas. En el brillo del presente era más poderosa. Con solo él tocar la empuñadura sentía la fuerza ardiente que desprendía. Él ya estaba familiarizado.
El aliento se le agitó, al posar los ojos en lo que deducía un posible objeto relumbrante. Con pasos secos y firmes, cortó la lejanía.
Debió apartar la rama que se interponía. «Esta protegida», se dijo al pasar por la enramada de espinas. No dudó, ni siquiera al sentir las puntas rasguñarle la mejilla.
Grande fue su hallazgo. No, no sé trataba de lo que estaba buscando.
Su belleza era imposible. Pero él había dejado de creer en los imposibles.
Parpadeó, sin atreverse a tocarla. En su vida había visto, para dejar claro, un sinfín de flores. Nada se comparaba a la que tenía en frente.
En su rostro se dibujó una sonrisa. Tenía ese porte elegante y a su vez, rudo. Allí, con aire estoico, no pudo delatarse más a sí mismo con aquel gesto. Casi pasaba por una persona con título nobiliario y vida pacífica. No un asesino de la élite real. La corte lo había convocado para una misión especial. No obstante, el Rey decidió no enviarlo solo. A eso se debía el burbujeante dolor en el pecho; del resto, solo él volvía a regresar con vida. Debió dejar sus cuerpos en aquel valle donde se disputó la batalla.