• CAPÍTULO 08

102 4 90
                                        

O C T U B R E

G A T O   N E G R O







Nos reunimos en la parada del metro.

Fares se mostró algo reacio a querer subirse, aunque lo haya negado en el transcurso—. Fuimos protagonistas de una escena que podría catalogarse como penosa. El conductor tuvo la amabilidad de no reírse por, y es que así lo quiero creer, ser sus primeros pasajeros—. Era temprano, los asientos iban desolados y, sentarnos uno al lado del otro, me ayudó a reparar como su pulgar trazaba círculos sobre su rodilla.

Desconozco si ya hemos ganado confianza, o somos un par de personas que han perdido el juicio, pues allí íbamos queriendo descubrirlo.

Sus ojos ascendían hasta llegar a la punta de los altos edificios. Yo sentía la presión en la boca del estómago y, cuándo él giró la cabeza y sonrió, copié su expresión al confirmar que sus labios lo habían traicionado.

Poco después nos bajamos en nuestra parada.

Nos dirigimos hacia el acuario. Concluimos que ser aficionados a meternos en problemas no era lo que buscábamos. Ahora que lo medito suena mal, pero fue cosa de los dos proponer ir de visita al centro abandonado.

Sería una buena oportunidad inciar una plática sobre el tema; por ahora es preferible no comentarlo o podría ser usado en mi contra.

De eso se trata conocerse, supongo. Intentar saber el momento de acertar. De lo que no podría tener la menor importancia, pero para el otro puede significar mucho, y descubrirlo. De dejarse llevar. De sentirlo. De cometer errores. De cuidarse; porque ya sea que será para ti, y si no lo es, caminará completo por la vida. Esa es la ventaja de conocerse. Serás feliz con saber que aportaste algo a su historia.

Me pareció que para el mundo éramos invisibles. Fue solo un instante, uno en que a pesar del horror que me invadía sentí que estaba aportando algo a su vida. Pero, Fares no era invisible a mi lado. Ahora creo que tal vez solo lo fui yo. No es una queja, es asombroso saber que pude serlo por ese pequeño segundo. Pero, quizás, el chico con caramelos de sabores diferentes que pretende ocultar, descubrió el secreto.

Lo descubrió, y sin miedos, supo sonreír.

Sacamos varios temas durante nuestra rápida visita al acuario, las que sugerían que algo iban mal en nuestra cabeza, otra vez. No obstante, en ese lapso de tiempo percibí que Fares tenía heridas, frío bajo los huesos y realidades fuera de lo común. Supe allí, que la profundidad de un océano no era tenebrosa si existía una luz resplandeciente extendiéndose, como una fina capa sobre el agua, hasta el horizonte.

Salimos de allí tan pronto sugerí, o mejor dicho, él me convenció de ir a un lugar cualquiera. Todavía, dentro del pecho, tengo esa sensación que derrocha ligera alegría.

El tiempo trascurrido no ha hecho mas que, tal sentir, incremente. Debo hallar calma. Pienso, que si el corazón se fuera a salir de su sitio, sería muy pronto.

Los postes telefónicos en el mismo orden paralelo dibujan una línea larguísima, como si no hubiera un final.

Las ramas de los árboles bailan sobre nuestras cabezas, el  viento arrastra las hojas secas tiradas en el pavimento y siguiendo su travesía, me conduce hacia los niños que saludan a las palomas. Algunas aterrizan para comer las migajas de pan.

RUTA 27 | ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora