• CAPÍTULO 38

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    I    P A R T E

A Y E R


Nube de escombros.
Ha colapsado. La incapacidad de sostener su propia fuerza ha sido su destrucción.

Estallidos de energía.

El fulgor impetuoso le abre una ruta. Podría decirse que ha sucedido. Que por fin se está desquebrajando el espacio sideral.

Los cuerpos celestes descienden a manera de destellos que aparentan ser inofensivos. La nube de polvo estelar se desvanece.

Fares tuvo alas. Voló.

Lo hará también sin ellas.

Existía algo, no sabía qué, pero emitía resplandor cuando miraba estrellas. En especial las que su madre dibujaba y colgaba por todo el lugar que, carente de luz, reflejaba el chispazo del amor. Las que no ostentaban de nada espectacular.

O a ojos de él, no fue comparable con el ser luminoso que tenía para sí. En particular cuando jugaban a crear galaxias con purpurina, y que de pronto, soñando, ya estaban a millones de kilómetros colgados en el espacio. Desde allí podían evocar el olor de los pinos y perseguir las sombras que no daban miedo.

Es así, nada daba miedo junto a ella.
Jugaban a respirar bajo el agua, igual a los peces koi vistos en el estanque. Construían castillos de arena, y en el interior, llevándose el recuerdo del mundo azul y su brisa marina, replicando las estrellas de mar.

Ha de decirse, que no una copia exacta. Ella no era una experta en tales técnicas de dibujo. Deben asemejarse a lo inexistente.
Lo que sí es innegable para él, es que tenía una risa bellísima.

Poseía tanto encanto que fue de lo poco que nunca olvidó.

A su lado nada malo ocurría. Tal vez fue encapsulado de esta forma mágica, porque es lo que en efecto una madre tiene la capacidad de construir, aunque muchas veces eligiendo no hacerlo. Además, le habló sobre la muerte, que la vemos casi a diario en la naturaleza, incluso en lo que parece bello y puro. Acurrucó las heridas, sanó los raspones. Observaron también lluvia de Líridas, y comieron dulces de tamarindo.

La vida era tan sencilla y feliz.
Podría reescribirse.
¿Verdad?

Según se vea, puede temerse que no haya otra.

Porque ella nunca advirtió que cuando vamos en busca de hacernos fuertes, no debemos olvidar no consumirnos en esa sustancia.

Para él, algunas cosas son solo bruma sobre la superficie del mar, que se cansó de esperar, se esfumaran.
El sol tardó en salir y perseguir lo anhelado no podía ser posible.

Memorias difusas; parte de la materia que duele.

Pero, ¿cómo llegó a eso? A tener el alma rota.

Esa es la gran incertidumbre.
Aquí esta él, frente a Klay.
Aún es irreconocible, porque cuando giró y la vio sonreír, con aquella ternura propia de las cosas y seres celestiales, no pudo más que sentirse feliz.

Y qué lejana era esa palabra. Pero esos segundo atrás en que la durmiente primavera había despabilado y traído en su cortejo el olor a camelias. Que por los aires volaban pétalos de vivaz color, pero que a él le había gustado muchísimo más el arrebol de los cielos, porque en ese instante figuraba en ella. En la forma en que se veía libre, volando.

Con aquel gesto de tierna dicha.

Por ello se pregunta si será capaz, si no morirá en el intento. Lleva guardándolo por tanto tiempo, y sin contárselo a otro ser humano, que es eso a lo que le teme. No al resto.

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⏰ Última actualización: Aug 08 ⏰

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