R E S P I R A R
Los variados sonidos de la naturaleza no han mermado.
Entre la temible oscuridad que nos rodea y las formas que se distorsionan en sombras amorfas, el ambiente roza lo espeluznante. En contraste, la luz de la luna se extiende, brindándole una sensación confortable al vacío.
Traté de socorrer a Fares abrazándolo, teniendo en cuenta que no debía ser un afecto brusco.
Desistí.
Oigo el ulular de las ramas de los cipreses. El aire emana el fresco olor de la hierba verde siendo casi armonioso, discrepando con los horrorosos zumbidos de uno que otro insecto que vaga en la profundidad del bosque.
Sigue sin volver en sí.
Ruego que la luz nos inunde; la oración es breve pero eficaz.
Sus mejillas han adquirido un fino color. No es mucho, pero sirve para convencerme de que todo va mejorando.
Ni bien Fares perdió el conocimiento, el arrepentimiento llegó. Estoy de acuerdo en que no debí actuar por impulso y dejar al abuelo, que sería una gran compañía en estos momentos. Pero, de no hacerlo, ¿hubiera llegado a tiempo?
No importa ahora, trato de convencerme. Al menos le dejé el teléfono. No dudó que él hará un mejor uso con el.
Lo esencial es aprender lo que Dios habló y centrarme en este instante.
En medio de la oscuridad y adversidad, confío en que no necesita encontrarnos. Él estuvo aquí desde antes haciendo las investigaciones de campo, cerciorando que los terrenos no representasen más de lo que podríamos soportar. Soy yo quien debo creerlo.
Debía ver la circunstancia como una oportunidad para confiar plenamente. Entonces, se interpuso lo ordinario. Esos engaños mentales.
Pensé en dejarlo aquí e ir en busca de ayuda. Empecé a asustarme; las amenazas volaron por doquier.
¿Cuál era la mejor idea? Me convencí que debía hacerlo.
Pero, ¿se puede pensar claramente con los sentidos nublados?
Fue costoso dejar de preocuparme pues, naturalmente, la situación no es muy alentadora.
No depende de mí.
Entre las rajaduras del suelo, una piedra poma, agujereada y visiblemente hueca, invadida de vegetación verde, ha resistido al raicear violento de la pequeñísima flor que crece y se aferra a lo que tiene para sobrevivir. No pierde vigor. Usé esa fortaleza, convirtiendo el dispersor de alerta a mi favor. Nada es fortuito.
Jehová hizo este día, lo pensó con esa cautela sin igual que lo distingue.
Fija la mirada en los más pequeños pormenores. Custodiando de nosotros.
Comprendí su dirección.
No quiero que te quedes aquí.
El terreno es lábil e inestable. Jesús sabe que si el cimiento no es sólido, nada podrá sostenerme. Me haré daño. Él estaría ahí para mí. Para sanarme pero, le dolerá verme así. No quiere contemplar mi vida en ruinas. Anhela protegerme y para lograr el objetivo, debe cavar profundo. Tomándose su tiempo.
Este no es nuestro lugar, Dussel.
Mi barbilla tiembla.
Hace rato decidí sentarme, recostándolo a él sobre mi regazo.
No huí de la dificultad. Es para crecer, pensé. Si fue permitido, lo abracé en lugar de resistir.
Erguida, recuesto la cabeza en la pared de ladrillo. Halo de la manga del suéter, en un instinto de protección. No he dejado de pasear los ojos, llenos de pavor, de un lado a otro. Minutos de suspenso.
Otro ruido a mi izquierda.
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RUTA 27 | ✓
Non-FictionPude contar la estrellas en el infinito. La melancolía de dejarte, se desvaneció. El majestuoso atardecer abriría una ruta para recordarte que "fuimos uno". Él fue la lluvia que se esparció sobre la sequedad de nuestros corazones; jamás te dejará, e...
