• CAPÍTULO 36

51 2 0
                                        







A t l a s    D e   L a s    E s t r e l l a s










A B R I L

(7: 27 a.m)





Flores azotadas por el pálido viento del crepuscular.
Árboles. Pétalos flotando.
El auge de los colores suaves.
Tempestades. El encrespar de las olas.

Llanto desgarrador.
Historias necesarias por contar.

De hace mucho. Tanto como si se pudiera tener en cuenta el nacimiento. Ellos estaban encontrados y los lugares glaciales eran ya prados, rincones y bosques reverdecidos de felicidad; debían ver las realidades.

El sentir era fuerte.
¿Lo suficiente para quedarse a soportar la sonata tenebrosa?
Cuánto se desea prescindir de esas catástrofes. Verdad es que han pasado. Pero, ¿aún tienen poder para encadenar?

Confiaba que no.

Esa es la realidad.
Tan solo sucede que, sumar y recaudar, atrayendo a sí mismo las evidencias sobre el impacto de algún mal, en la piel quedan las marcas del hierro incrustado.
Casi como todas las cosas que desean no repetirse pero que, son imborrables.

Hizo oraciones sinceras y se deshizo hasta el abatimiento, rogando que no hubiese ausencia. Que le privaran de ver su preciosa sonrisa. Pero si la vida corría peligro, contra su propio deseo, dejaría que se marchase. Él mismo le daría el boleto de retorno.

Su espíritu se abatía con solo pensarlo. Con plañidos y ruegos indecibles, suplicó fuerzas para lo que vendría.

De ser posible, estaba dispuesto a anteponerse por tal de que ella no sufriera ningún agravio. El sistema tormentoso que se desataría no tendría compasión de nadie.

Pero igual a la antigüedad, sabía que las estrellas pelearían desde los cielos.
Desde sus orbitas iban a combatir para desbaratar la nebulosa oscura; llena de los ataques diabólicos que deseaban derribar.

Se quedarán con las ganas.
En el nombre de Jesús.

Lo citó en su cabeza. No conocía otro nombre que pudiese vencer.

Él aspiró con fuerza.
Reconocía estar sin ganas.
Le entristecía pensar que podría ser un adiós.

No es que se adelantase a los próximos hechos. Pero era una posibilidad.
Aún quería enseñarle las cosas que Dios le había dado, que de una forma extraña, volvían especial el deambular.

Navegaba por el infinito.
Encontraba los desechos de lo que alguna vez, fue el planeta que dibujó.

Fijó los ojos en lo que estaba por delante. Sus labios se curvaron.
De lado a lado, los árboles florales que se mecían en respuesta al viento, le dieron una especie de alegría.

Cuando decidió irse, los pétalos que pronto se marchitarían, lo acompañaron por cortos pasos. Fue así, hasta que se elevaron en su lívida despedida.

Dejándolos atrás, centró lo importante. Todo dispersándose y él recibiendo la respuesta.
Aunque el alba misma estuviese oscurecida, se decía: este no es mi hogar. Eso explica el porqué nunca encontré algún rincón para mí en este mundo.

E incluso si de uno u otro lado brillare el resplandor del firmamento, no te alejes de mi lado.

Había escogido las palabras exactas.
De nada le servía que fuese día de esplendor o caliginoso. Sin Cristo, a la cronología le faltaba corazón. Razón alguna para su existencia.

Avanzando, se encontró con el viejo árbol de aspecto encorvado. Tristón y enfurecido, de ramas esqueléticas.
Aquella sonrisa se petrificó. No esperó nada. Pasó de largo, preguntándose sobre lo que le impidió continuar.

El horizonte, aclarado de pigmentos azules, le recibió. El bullicio de la ciudad fue más claro.
Sacó sus manos de los bolsillos. No hay frío, percibió.

Vería galaxias. “Mapas de estrellas”.
Sí, sí; porque los lugares especiales, por lo general, no tienen mapas observables. Para llegar a ellos solo se necesita un corazón que vea lo intangible.













¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.





☄️🌌

No imposibles x

RUTA 27 | ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora