• CAPÍTULO 35

33 1 29
                                        







C I S N E     P U R P Ú R A



















El retorno se volvió monstruosamente sepulcral.

Recuerdo querer recostarme. Ausentarme todas las atroces ideas que acuñaban.
La sombría soledad sacó su capa de compresión, pretendiendo que me acurrucase en sus falsas consolaciones.
No le presté atención. Estaba lejos; me importó muy poco su paz efímera

Sin embargo, no podía conciliar la idea de lo que había sucedido con Fares. Sabía que iba al frente. Así se lo pidió Jared pero, después de oír esa última frase entre murmullos torpes, ninguno profirió palabra.

Llegamos después de un rato que, no puedo calcular si fue largo o corto. Solo llegamos.

Brisaba.
Fue la forma que la tormenta encontró para recordarnos que se había ausentado. Casi por completo.
Las aves no cantaban. En algún peñasco debían estar refugiadas, uniéndose a la sinfonía del dolor.
Al abismo silencioso.

Estuvieron a mi lado, no puedo explicarlo bien; cuando intentaba dormir sobre tal regazo y parecía recobrar el sueño, las turbaciones me ponían en estrecho. Me arrinconaron, desgarrando las heridas. Sentía que masticaba la raíz de algún tubérculo dañino que inundaba de amargura mi alma.

Deseaba dejar de oír, porque un espíritu maligno quería mostrar astucia y perturbar mis pensamientos. En el lapso de la lucha interna escuchaba, semejante a ecos destemplados, aquellas insoportables risas burlescas.

Mi dolor no es incurable, pensé.
   Razone en el presente; viendo lo invisible.

—¿Por qué no has querido verme? —Dussel estaba sentado frente a mí. Los adultos charlaban a una distancia prudente—. A caso, ¿me quieres torturar?

Sacudí la cabeza. Lo único que hacía era mirar mis manos.
Tenían un aspecto inamovible. Pálido.

—L-o siento —murmuré. Me seguía doliendo el alma.

La repuesta no fue inmediata.
Se propagó el eco frío, debido al nulo uso de la voz. Una cacofonía doliente.  Comprendí que, del resto de silencios ya bosquejados, ese era uno de los temidos.
Quizá porque tenía la apariencia del abismo azul, al cual aún le temo. Porque sigue emitiendo sonidos tenebrosos.

No el más aterrador, pero sí lograba perjudicar los síntomas de aflicción.
Fue peor, cuando oí la nota triste que rasgueaba las cuerdas vocales de quién ese momento, no podía ni ver.

Y no hacía falta. Me partió el corazón.

—No quería que tú lo vieras —Confesó con esfuerzo. La sincronía de arrepentimiento y melancolía, dirigida a sí mismo, acrecentó el picor en mis ojos—. En ese momento no pensé con claridad. T-ú la viste. No era ella, y solo con hacerme a la...

¿No era ella?
Esnife. Me tuve que cubrir la cara con las manos. Mi respirar lo procure interiorizar, deseando que no fuese oída la turbación. Pero en solo instantes ya estaba desbordando llanto. Estallando en intranquilidad.
Negué una y otra vez, queriendo no ser tan frágil. Deseando poder retroceder.

¿Por qué tenía que poner a los demás en ese sitio?

¡No fuiste tú!

—Estaré bien, Klay. —Él me abrazó. Fue cálido, pero sin que fuese un gesto impetuoso. Lo necesario para tranquilizar lo que yo estaba creando—. ¿Puedes verme o dejarás que...?

RUTA 27 | ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora