• CAPÍTULO 09

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D I E N T E    D E     L E Ó N



—¡Fue culpa suya, Demián!

—No, jamás repitas eso.

—¡Sabes que lo fue! Klairy siempre ha sido el problema.

Existen finitos momentos que algunos recuerdos reales se acercan; y se los permito, aún sabiendo que después dolerá el doble.

Este ha sido diferente, en forma y el tamaño de confusión que trae. No recordaba a mis padres pelearse, no al punto de gritar. Reconocer el rostro de la que parece ser mi madre, pero que no luzca como ella, es cuando menos, atemorizante.

No pueden ser ellos.

La charla se vuelve difusa y el recuerdo se aleja, desvaneciéndose como una nube de humo.  Permitiendo que mi enfoque se vaya aclarando y reconozca el rostro de Brayson, quién viene hacia mí, dando pisadas rápidas sobre el césped.

Por su expresión embrollada intuyo que me he quedado ensimismada varios minutos.

—Klairy —su pecho sube un poco y sus cejas se fruncen. Intento recomponer mi percepción de la realidad y en una rapidez alucinante lo logro—. ¿No me escuchaste? —respira un tanto aturdido—. Lamento haberme tardado.

Sonrío y niego con la cabeza.

—No te disculpes. Estaba negociando con mis pensamientos. Ya sabes —agito la mano con desdén—, lo de siempre.

La mueca que forman su labios es una nota desgarradora de preocupación.

—¿Y qué tal? Tregua —La sonrisa que pretende pulir termina por desfallecer.

—Tregua —Alzo el pulgar.

Él asiente, nada convencido.

—No entiendo porque no nos dejan ir con ellos en un día de paseo —Arquea una ceja, echando una mirada por encima del hombro. En definitiva Brayson sabe cómo maniobrar una situación para que no resulte incómoda—. Yo pienso que deberían fomentar la necesidad de pasar más tiempo en familia.

Termino de restregar la crema en mis manos sin que se vea como una acción mecánica, mientras dirijo mis ojos hacia los niños que corretean.

—Quizás están más preocupados en que desarrollen su ámbito social e independiente —Digo. Él resopla al momento que toma asiento en la banca de cemento frente a mí—. Por lo visto solo tú eres el preocupado por eso.

El resto de padres fijan más su atención en otra banalidad menos en los niños.

—Lo sé —hace una mueca, resignado.

—Por supuesto que sí.

Sin querer poner resistencia, sus labios se ensanchan en una sonrisa firme. Deducir aquello que más ama Brays— Todo orbitando al rededor de Dios—, es tan claro como el agua de los riachuelos. Por la forma en que habla de su madre y hermanas, más específico: un par de gemelas con rizos chocolate, sonrisa traviesa y ojitos claros como la miel.

RUTA 27 | ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora