Pude contar la estrellas en el infinito. La melancolía de dejarte, se desvaneció. El majestuoso atardecer abriría una ruta para recordarte que "fuimos uno". Él fue la lluvia que se esparció sobre la sequedad de nuestros corazones; jamás te dejará, e...
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La oscuridad emerge para ellos. En cuanto el telón escalofriante es arrancado, aquello que se ha gestado en sus entrañas, sale a la superficie. En algunas ocasiones sirve para aterrizar a la realidad. Para dejar de ignorar las sombras y enfrentarlas.
Es allí que, la frialdad emanada por algunas personas al hablar de actos horrorosos, hace pensar que han perdido la sensibilidad. La que algún día irradió en sus corazones transformados.
Quizá sí es vislumbrada como una posibilidad, pero es rotundo negarse a ella. Aunque hiele la sangre misma.
La espesa negrura de antipatía brillando en ese par de ojos, anticipa el desastre. Te estremece pensar que tenían esa apariencia piadosa, y todo apuntaba a que eran una nueva creación, y después de tantas inconsistencias la ecuación arroja el resultado frívolo. El que, queda ya claro, jamás fue el esperado.
Hablé con el señor Huntt y él sostuvo la idea tocante y lejana a una hipótesis. Específicamente sobre los patrones. Sus palabras descubrieron lo ignorado por mí desde hace años. Y qué podría ser, sino afecto fraternal. Mucho mas del que llegue a imaginar, escaseaba. Pero, ¿cuánto es ese porcentaje?
Sé que se oye exagerado y a lo mejor yo me lo planteé así a causa de aquellos estragos que por breve época, calaron. A todos nos cuesta llegar, me digo. Es cuestión de tiempo.
«¿Hablas conmigo porque necesitas asesoría legal?», bromeó. Estoy segura que el Revólver, siendo ellos buenos amigos, le ha platicado los hechos.
Pero nada más las risas se disiparon, decidí confrontarlo con las preguntas que a flor de piel, aún me nace la ansiedad febril de rascar. No a un punto enfermizo en el cual deba escarbar hasta desprenderme las uñas en busca de respuestas.
«¿Por qué no permitió que papá siguiera buscando a Travis? ¿Por qué no lo ha buscado usted?». Lejos de tensarse, prefirió ser discreto. Impidiendo que pudiera leer sus gestos.
«Es un archivo clasificado».
La tristeza hizo de las suyas. Esas endebles y paralizadas manías que ya conocemos. Invadiendo la sala de estar, y mientras el diluvió no cesó, se dio la libertad de quedarse. Acompañándome por un rato.
—Al menos, ¿está bien? ¿Puede asegurarlo?
—Yo...
—Por Nick.
La sombría afonía que se postergó me recorrió la espina dorsal, y en cierto músculo específico, acabo clavándose como una daga no afilada. Quizá sí oxidada. Con una grisma de amenaza.