• CAPÍTULO 32

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N A C E R Á    E L    S O L





No tiene el corazón roto.

Las huellas de la guerra permanecen por un corto tiempo.
Ha acabado. El viento suave y lastimado, agita la espesura poca de los árboles. Rumores de espanto se adueñan de los murmullos del arroyo; en el campamento militar yacen tirados los soldados. Están agotados.
Debe ser eso.

El enemigo no piensa parar, querrá empujar hacia abajo.
Se siente el ataque violento, aun en el silencio del valle.

En lo más espeso de las tinieblas, unos ojos iluminados de rojo, acechan. Se relame los dientes puntiagudos y afilados, esperando para despedazar.
Pero si el León ruge, ¿quién no temerá?

Alguno de ellos escucha, se despierta desorientado. El corazón tamborilea.

«Ve al desierto»

Más opresión.

Más violencia.

E imagino que eso pasará.

Traté de comprender la profunda preocupación.

Entiendo que debí alegrarme. De hecho, el eco de una expresión feliz quiso ser libre pero, se desvaneció. El dolor resonó. ¡Debió ocurrir! Pero no se sintió así. Tuve esa extraña sensación febril recorriéndome la piel durante todo el tiempo que pasamos juntos.

Y quemaba. Y yo sentía un llanto inconsolable que no derramaba lágrimas; y por si ese dilema no fuese lo suficientemente triste, tampoco logré explicar a ciencia cierta si era mío.

Sentí vértigo.
El miedo reverberó en los latidos, asomándose con pasos vacilantes. La ola grandísima de los posibles, amenazando con arrastrarme a la profundidad donde escasea el aire;  pero tan solo era eso. Amenazas. No existía movimiento y transformó la larga pausa en una agonía amarga. Entonces, ¿de dónde venía y a dónde pretendía llevarme? Los temores no desconocidos regresaban a mi mente, y se volvía un calvario tener que escucharlos.

Sucedió que todo se detuvo. Como si yo estuviese siendo un testigo más de cierta tortura despiadada.
Vi a Dussel y me permití cerrar los ojos. El egoísmo estuvo deseoso de hacerme retroceder.
«Todo estaba bien para ti».
Qué malvada intención es un consejo como estos.

Dussel seguía allí.

«Te esperaré».
   Dibujó una expresión serena. Pero bajo esas poéticas palabras, permanecía el dolor. El frío. Los poros de su piel lo desprendían y solo cuando veía el horizonte, vislumbraba esperanza.

«Estuve ahí por mucho tiempo. ¿Crees que podrá borrarse?».

Me tragué las lágrimas y la amargura secó, a su lento paso, contestación alguna.

Vimos el recorrido del sol.

Con el viento dándonos en la cara y un terrible resurgir de latidos, fue ese el último pensamiento que tuve.

Dussel evitó llamarlo así. Pero, ¿habría diferencia en lo que no develó? Jehová no dejará de velar por él, me recordé al borde del abatimiento.

RUTA 27 | ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora