El espejo de cuerpo entero del vestidor principal me devolvió el reflejo de una mujer a la que el tiempo había tratado con una benevolencia serena. Al acariciar la tela del vestido blanco de gala, de corte impecable y bordado a mano con hilos de oro que dibujaban los intrincados símbolos de nuestra manada, me resultó inevitable retroceder mentalmente en el tiempo. Recordé a la joven asustada, quebrada por el dolor y en constante huida que pisó por primera vez estas tierras años atrás. En aquel entonces, sobrevivir al día siguiente era mi único objetivo; jamás habría imaginado que este bosque se convertiría en mi hogar, en mi fortaleza y en el escenario donde construiría una familia indestructible.
Sobre la mesa velador de caoba descansaba la corona de la Luna Alpha. El metal plateado brillaba bajo la luz suave de las lámparas, con sus rubíes encendidos como brasas vivas que custodiaban la memoria de todas las mujeres que la habían portado antes que yo.
La puerta de la estancia se abrió sin hacer ruido. Luca entró luciendo un traje de gala a juego, de corte regio y hombros estructurados que realzaban su imponente figura. El tiempo había dejado pequeñas pinceladas plateadas en sus sienes, pero su porte continuaba siendo el de un depredador formidable, el de un líder que había servido, protegido y guiado a su pueblo con un honor intachable durante décadas.
Se detuvo a mis espaldas, encontrando mi mirada a través del cristal del espejo. Sus manos descendieron lentamente por mis hombros hasta posarse con firmeza en mi cintura, atrayéndome suavemente contra su pecho.
—Ha llegado el momento, nena —dijo con esa voz grave y pausada que siempre había sido mi refugio, impregnada ahora de una nostalgia dulce.
—Parece mentira —confesé, girándome entre sus brazos para arreglarle con cuidado el cuello de la camisa—. Hoy la manada cambia oficialmente de manos. Se siente tan extraño soltar el control después de haber dedicado casi toda nuestra vida a esto...
—El legado tiene que avanzar, Laura —respondió él, tomando mis manos para elevarlas a sus labios y besar mis nudillos con una devoción intacta—. Hemos cumplido nuestro ciclo. Nuestros tres hijos están más que preparados para tomar las riendas, para proteger la reserva y para liderar con sabiduría. Lo harán incluso mejor que nosotros, porque crecieron en la paz que a nosotros nos costó tanta sangre construir.
Un par de golpecitos en la puerta interrumpieron nuestro momento. La voz de Nathan resonó desde el pasillo, anunciando que el pueblo entero aguardaba en la plaza central de la reserva.
El gran salón de ceremonias y los jardines anexos estaban decorados con telas blancas y arreglos florales que impregnaban el aire con el aroma fresco del pino y la lavanda. La celebración se prolongaría hasta bien entrada la noche, pero en este instante, un silencio reverencial y cargado de expectación cubría a los cientos de miembros de la manada que abarrotaban el lugar.
Avanzamos a paso lento por el pasillo central, tomados de la mano, sintiendo la mirada cálida y llena de gratitud de nuestro pueblo. A medida que ocupábamos nuestras posiciones en el altar de piedra de la tarima principal, vi a nuestros hijos acercarse desde el lateral.
Primero Leire, radiante y madura, flanqueada por su esposo y cargando en brazos a su pequeño príncipe; después los gemelos, mostrando la compostura y el orgullo de los hombres en los que se habían convertido. Nuestro hijo menor, el heredero designado como futuro Alpha, caminaba con paso firme y la barbilla alta, flanqueado por la mujer extraordinaria que había elegido como su compañera y que hoy tomaría mi lugar como Luna de la manada.
La ceremonia dio comienzo. Los cánticos ancestrales de los ancianos de la manada resonaron entre las paredes de piedra, invocando la bendición de la Diosa y de los antepasados. El protocolo se deslizó con solemnidad entre rituales de sangre, promesas de protección y juramentos de lealtad.
Cuando llegó el momento cumbre del traspaso de poder, Luca dio un paso al frente. Mi hijo se arrodilló ante él en el centro del altar, inclinando la cabeza en señal de respeto. Luca extendió su mano derecha y posó la palma sobre la cabeza del joven.
Un silencio absoluto se apoderó de la estancia. Transcurrieron unos segundos tensos en los que el aire pareció vibrar con una electricidad antigua. De pronto, los ojos de mi marido brillaron con una luz dorada, ardiente e intensa, transfiriendo el vínculo espiritual de liderazgo, la autoridad y la fuerza pura del linaje a la nueva generación. El aliento contenido de la multitud se desbordó en un murmullo de asombro y respeto cuando mi hijo abrió los ojos, reflejando exactamente el mismo destello regio.
—El poder del Alpha ha sido entregado —proclamó Luca con una voz retumbante que hizo vibrar el aire, mientras el muchacho se ponía en pie, investido con su nuevo rango.
Llegó mi turno. La caja de terciopelo que custodiaba las insignias reposaba a mi derecha. Mi nuera dio un paso adelante y se hincó frente a mí con los ojos húmedos de emoción. Tomé la corona de Luna, sintiendo por última vez el peso del título que había ostentado con orgullo, y la coloqué suavemente sobre su cabeza.
—Que la diosa ilumine cada uno de tus pasos —le susurré al oído mientras la ayudaba a levantarse—. Guía a esta manada con la misma fuerza, la misma justicia y la misma compasión con la que tú fuiste acogida entre nosotros.
—Seré digna de este puesto y de tu legado, Luna Laura —respondió ella con la voz firme pero temblorosa por el sentimiento.
A su lado, mi pequeña nieta dio un paso al frente con la timidez propia de sus pocos años. Su rostro reflejaba una alegría pura que no pudo evitar convertirse en una sonrisa abierta cuando me acerqué a ella con la tiara de plata. Al colocar el aro sobre sus rizos oscuros, la pequeña se erguía llena de orgullo, acomodándose la joya con una felicidad contagiosa que sacó las risas de los presentes.
—Para la futura fuerza de esta familia —le dije, agachándome para besar su frente.
El protocolo formal se disolvió en un estallido jubiloso de aplausos, vítores y música festiva. La solemnidad dio paso a una celebración desbordante que llenó la noche de bailes, brindis bajo las estrellas y risas que resonaban por todo el valle.
Cuando la madrugada comenzó a despuntar y la última nota musical se apagó a lo lejos, Luca y yo caminamos juntos de regreso a nuestra masía. El peso de la responsabilidad que habíamos cargado durante décadas ya no sobrevolaba nuestros hombros; se había transformado en un orgullo sereno.
Nos detuvimos en el porche de entrada, observando el bosque en silencio mientras el viento fresco nos acariciaba el rostro. Luca me rodeó con sus brazos desde atrás y apoyó la mejilla en mi sien.
—¿Y ahora qué, mi reina? —preguntó suavemente, disfrutando de la paz del momento.
—Ahora... nos toca vivir únicamente para nosotros —sonreí, girándome en sus brazos para buscar sus labios—. A disfrutar de nuestro tiempo, de nuestro matrimonio y de la tranquilidad que tanto nos costó construir.
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Propiedad Del Alpha
Science Fiction¿Alguna vez has pensado que todas esas historias que has leído en tu vida pudiesen volverse realidad de un momento a otro? Yo tampoco lo creía hasta que me paso. Esta es mi historia, yo una chica cualquiera con un hombre lobo que llegó a mi vida pa...
