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Han pasado seis meses desde que se dijeron adiós.

Memo se acostumbró al frío, al paisaje blanco, a pararse en la orilla de la playa a mirar las olas ir y venir.

Se acostumbró a la distancia, a hablar con sus amigos solo por llamadas y no estar presente en sus reuniones mensuales dónde ya no hablan de mitos, hablan de sus planes a futuro para irse de ahí.

Solo no se ha acostumbrado a estar lejos de Lio.

No ha vuelto a soñar con él, incluso si lo desea, no se han vuelto a encontrar ni siquiera en el reino de los sueños, dónde todo podría ser posible.

Su único consuelo es la beluga de peluche y sus regalos. Pasa horas mirándolos y limpiando su repisa con extremo cuidado, cariño en su rostro cada que toca la amatista, su forma de corazón que encaja perfectamente entre sus dos manos.

La ballena blanca tiene su lugar permanente en su cama, brindando consuelo en las noches de profunda soledad, protegiendo los pedazos que quedan de su corazón roto.

En el trabajo, cuando le toca alimentar a las focas, se ha acostumbrado a pasar una mano sobre sus cabezas. Se pregunta si Lio convivió con alguna, si para los tritones son mascotas o algo más parecido a semejantes.

Observa atento a los pulpos, asombrado de su inteligencia. Entiende porque Lio los consideraba algo cercano a una mascota. Memo se ha apegado mucho a uno, pasando más tiempo con el que con otros pulpos.

Casi no pasa tiempo con los delfines, su área no es esa, de todos modos. Ha sido una buena temporada para las ballenas, no han recibido una que requiera tratamiento ni cuidados en un año, dicen los veterinarios, con una gran sonrisa, le aseguran que el día que reciban una será el primero en enterarse.

Memo disfruta su vida, a pesar de todo.

Cree que ha tenido una muy buena vida.

Se ha reído tanto que le ha dolido el estómago, ha llorado hasta quedarse seco, ha tomado buenas y malas decisiones. Ha amado con todo su corazón y ha sido amado con la misma intensidad.

Está agradecido por ello.

Piensa en eso ahora, un año después de su separación, mientras sube a su barco y desamarra la cuerda. Lo hace con la facilidad de la práctica, incluso si el barquito es diferente igual que el muelle. Navega con tranquilidad sobre las aguas cristalinas, es un día frío, el viento sopla moviendo su cabello.

No ha subido a un barco en mucho tiempo, demasiado deprimido para pensar en entrar al agua. El mar le trae buenos y malos recuerdos. Hoy ha decidido enfrentar los malos.

Cierra los ojos para disfrutar del viento sobre su rostro, está en calma por primera vez en mucho tiempo.

Y entonces lo escucha.

Memo abre los ojos al escuchar los chasquidos, silbidos y repiqueteos. Su mirada baja de inmediato al agua, a penas evitando gritar de emoción cuando lo que está viendo se registra en su cerebro.

Ballenas blancas sin aleta dorsal nadando justo a su lado, hay al menos veinte de todos los tamaños. Memo puede ver a algunos bebés de color grisáceo nadar cerca de sus madres.

Son belugas.

Memo ríe de incredulidad, una de las ballenas blancas gira su cabeza hacía él, nadando hasta la superficie para poder verlo.

Derrama lágrimas cuando la beluga saca su cabeza y se acerca haciendo más de esos sonidos. Memo extiende con cuidado una mano temblorosa, riendo cuando la ballena le permite tocar su cabeza redonda.

Más de ellas se acercan a su barquito, todas emitiendo sonidos curiosos y apreciativos cuando Memo les acaricia la cabeza. Nadan en círculos a su alrededor hasta quedar contentas con la atención.

Vuelven a sumergirse en el agua, más se unen a ellas y nadan como un gran grupo. Están migrando.

La primera en acercarse sigue al lado de su barco, silbando para atraer su atención. Memo coloca sus dos manos sobre su cabeza, acariciando con cuidado, la ballena cierra los ojos y emite más sonidos contentos, Memo tiene la oportunidad de apreciarla de cerca hasta que la beluga se aleja, siguiendo a los suyos.

Observa como nadan junto a él, las crías jugando entre ellas mientras los adultos las guían.

Es todo un espectáculo tan increíble que se quedará grabado para siempre en su memoria.

Memo ríe, sentándose en el suelo del botecito, se relaja.

Cierra los ojos, puede escuchar los sonidos de las belugas.

Puede escuchar sus cantos.

Y mientras las escucha, puede imaginarse a Lio nadando junto con ellas, jugando con las crías y navegando con las ballenas adultas.

Imagina a Lio acompañándolas al sur en cada periodo de migración.

Una sola lágrima de felicidad cae por su rostro al pensar en su tritón viviendo feliz su vida. Ha pasado un año y ya no duele pensar en él, solo siente un amor profundo cuando su rostro llega a su mente.

Un amor tan grande y tan puro que sobreviviría al tiempo y a la distancia.

Memo se siente en paz, con la seguridad de que va a reencontrarse con su amado Lio en su siguiente vida.

Y lo amará todavía más que en esta vida.

Escucha a las belugas cantar.

Y si se concentra lo suficiente puede escuchar...

-¿Guille?

El canto de la belugaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora