Graduación

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Roier

Habían pasado unas semanas desde que Luzu me dijo que era el candidato perfecto para el puesto en la Federación. Cuando lo escuché, me emocioné. Sentí ese subidón de adrenalina como cuando recibes una gran noticia, pero, tan rápido como llegó esa emoción, se fue. No tardé ni dos minutos en empezar a pensar en todo lo que tendría que dejar atrás. Y entonces todo se desmoronó.

—Como sabrás, la Federación tiene varios bufetes alrededor del mundo —me explicó Luzu con la calma que siempre tenía en su voz—. Y una de esas ubicaciones está en la Isla Quesadilla. Es un lugar pequeño, pero con grandes oportunidades. Como apenas van a empezar con el bufete, necesitamos que viajes allá.

La idea de una isla, de empezar algo nuevo, era atractiva. Lo reconozco. Pero no pude evitar mirar al suelo, sentir esa punzada en el pecho. Algo en mí no estaba listo para dar ese salto.

—No... lo siento, pero yo tengo otra vida —empecé a decir, buscando las palabras. Quería hacerles entender lo que pasaba por mi cabeza—. Tenía en mente irme a México y trabajar allá con ustedes. Yo... —No terminé la frase. No porque no quisiera, sino porque en ese momento me interrumpió el chico de ojos azules, Cellbit. Cuando levanté la mirada y lo vi, supe que me costaría decir lo que en verdad quería.

—Roier, sé que es difícil dejarlo todo por un trabajo, pero créeme, no te arrepentirás —me dijo con esa convicción que me hacía sentir como si me conociera mejor de lo que yo mismo me conocía. Sentí un calor extraño recorriendo todo mi cuerpo. Nervios, ansiedad, algo más que no podía nombrar. Mi mente estaba en un caos.

—Piénsalo, Roier. Piensa en ti y en tu futuro —añadió mientras se acomodaba en la silla, acercándose más a Luzu. Sus palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza.

Tragué saliva y sacudí la cabeza. No, no podía. Tenía que ser firme.

—Lo siento, pero no puedo. Les dije que tengo a mi abuelito en México. No quiero dejarlo solo. Quiero estar con él hasta el último momento —les expliqué, mi voz quebrándose un poco. Sabía que lo que estaba diciendo era verdad, pero algo dentro de mí seguía tironeando en otra dirección. Antes de salir de la sala, Luzu habló de nuevo.

—Roier, la Isla Quesadilla siempre te va a esperar. Y la Federación también —me dijo, con esa sonrisa comprensiva que hacía que mi decisión se sintiera aún más pesada.

Y me fui. Había pasado dos semanas desde esa conversación, y todavía me sentía hecho polvo. No había podido quitarme esa tristeza que me acompañaba a todas partes. Rechacé hablar en mi propia graduación, a pesar de haber sacado un 10 en mi tesis. Ni eso me levantó el ánimo. Lo único que sabía con certeza era que no podía abandonar a mi abuelo en México. Todo lo demás se sentía borroso.

El sábado, decidí llamarlo. Sabía que me iba a regañar por no haberle llamado antes. Pero para mi sorpresa, quien contestó la llamada no fue mi abuelo. Fueron mis amigos: Aldo, Mariana y Rivers, mis compañeros de la universidad en México.

—¿Qué te pasó, mi chupapi? ¿Un gringo te hizo algo? —preguntó Aldo, el mayor del grupo, con su tono burlón de siempre. Estaba claro que mi aspecto, con las ojeras y el cabello despeinado, no pasaba desapercibido.

—De seguro lo dejaron por mexichango —añadió Mariana, riéndose, mientras yo intentaba sonreír de vuelta.

—Déjenlo en paz, babosos. ¿Qué tienes, Doied? —preguntó Rivers, siempre la más directa, mirándome con preocupación.

Suspiré y me hundí más bajo las mantas, queriendo desaparecer. Pero solté la verdad, aunque sin mucho ánimo.

—Me ofrecieron trabajar en el bufete de la Federación —dije, y mis amigos comenzaron a gritar y aplaudir, emocionados por mí. Claro, hasta que notaron que yo no compartía ese entusiasmo.

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