Missa

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Roier

Habían pasado unos días desde que llegué a la isla, y ya me había presentado en la Federación. Conocí a mis compañeros de trabajo: Quackity, Luzu, Jaiden, Fit y BadBoy. Este último casi nunca estaba en la oficina, ya que tenía un pequeño hijo con el que pasaba la mayor parte de su tiempo libre. Cuando no tenía con quién dejarlo, lo traía a la oficina, porque dejarlo solo simplemente no era una opción. Los demás eran bastante relajados, y aunque Quackity siempre tenía algo que decir, había un ambiente amigable entre todos.

Conocí a la mayoría de los habitantes de la isla rápidamente. Jaiden, que me dio el tour, me explicó que no había mucha gente en comparación con otras islas, pero que los pocos que estaban aquí eran amables y cálidos. A donde fuéramos, siempre encontrábamos a alguien, y Jaiden se encargaba de hacer las presentaciones. Así fue como poco a poco fui familiarizándome con el lugar y sus residentes.

Un día, saliendo de la oficina, noté que el tren había llegado a la estación. Eso no era algo común. El tren rara vez se detenía en este lado de la isla, así que deduje que debía haber gente nueva. Seguí caminando, pero algo llamó mi atención. Entre los pasajeros que bajaban del tren, un hombre de cabello largo y negro destacaba. Llevaba un suéter morado, y aunque no podía ver su rostro claramente, sentí una extraña sensación en el estómago. Me acerqué un poco más, intrigado, esperando que el hombre se volteara para poder verlo mejor.

De repente, escuché voces hablando en otro idioma, pero no les presté atención. Mi mirada seguía fija en aquel tipo. Finalmente, se dio la vuelta, y entonces, nuestras miradas se cruzaron.

—¡Roier! —exclamó sorprendido mientras se acercaba rápidamente.

—¿Missa? —dije en un tono incrédulo.

¡Era Missa! Mi primo, con quien solía jugar cuando éramos niños. ¡El mismo con el que comía tierra! Los recuerdos de nuestra infancia inundaron mi mente, incluyendo las veces que nuestro abuelo lo regañaba. Missa corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.

—¡Roier, me da tanto gusto verte! ¿Cómo estás? —preguntó con la voz entrecortada, apretándome más fuerte con cada palabra—. Me enteré de lo que pasó con el abuelo... No sabía con quién contactarme. ¿Está bien? ¿Ya sabes...? —Me soltó y me miró con preocupación.

—Sí, sí, Missa, él está bien —respondí con un suspiro aliviado. Era un encuentro tan inesperado que me costaba procesarlo—. Pero, ¿y tú? ¿Qué haces aquí? —Ahora fui yo quien lo abrazó, no queriendo soltarlo.

Antes de que pudiera responder, un niño rubio, con un collarín en forma de pato, se acercó tímidamente.

—Papá... —dijo el pequeño mientras miraba a Missa y luego a mí. Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Acababa de decir "papá"? ¿Y mencionó a Phil?

—Chayanne... —Missa sonrió mientras empujaba al niño suavemente hacia mí—. Hijo, saluda a tu tío Roier. Yo jugaba mucho con él en México. Qué casualidad que nos encontramos aquí.

—H-hola, señor Roier —dijo Chayanne con timidez, mientras yo intentaba no reírme por la seriedad con la que el niño me saludaba.

Acaricié su cabello, y para mi sorpresa, rápidamente ganó confianza, riéndose bajo cuando le di un suave golpecito en la cabeza.

—¿Tienes hijos, Missa? —pregunté, aún procesando todo mientras jugaba con Chayanne. No podía creer lo rápido que este niño había pasado de ser tímido a reírse conmigo.

—Sí, estoy casado, Roier. Mi pareja vive aquí... No sé si lo conozcas, se llama... —Comenzó a decir, pero fue interrumpido por un grito desde el fondo.

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