Luna de Miel (Parte 1)

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— Mira amor, aquí hay otra conchita, esta será para Foolish —dijo mientras la dejaba caer en la cubeta, el sonido seco mezclándose con el romper del mar.

— Guapito, ya echaste una para Foolish, para Vegetta, para Philza... hasta para la maestra de nuestros pequeños —le dije riendo—. Recuerda que no podemos llevarnos media playa.

— Sí, lo sé —respondió, acercándose demasiado—. Solo esta y ya, ¿sí cielo?

Ese puchero. Ese maldito puchero.

Negué con la cabeza, pero no solté su mano.
Seguimos caminando por la orilla. El agua nos mojaba los tobillos y el viento movía su cabello, dándole ese aire despreocupado que me volvía loco. Cancún nos envolvía con su calor húmedo, como si todo conspirara para que no pensáramos con claridad.

— Has estado demasiado mimoso últimamente —le dije—. Empiezo a sospechar que lo haces a propósito.

— ¿Y si sí? —respondió con una sonrisa ladeada
—. Tal vez quiero provocarte.

Me detuve, jalándolo suavemente hacia mí.

— Entonces no te quejes cuando yo responda.
Sus ojos brillaron.

— Bueno... llegando podríamos darnos ese baño caliente que prometí. Vino, fresas... y lo que vaya surgiendo.

Me acerqué a su oído, despacio, dejando que mis labios rozaran su piel solo lo suficiente para hacerlo estremecerse.

— Se você começa algo assim, guapito... sabe muito bem que eu nunca paro no meio.

Su respiración se volvió irregular.

— Cellbit...

Reí bajito, disfrutando demasiado el efecto que tenía sobre él.

— ¿Qué? Solo digo la verdad.

— Eres imposible —murmuró—. Todo el tiempo así... mirándome como si quisieras devorarme.

— Porque quiero —respondí sin pudor—. Y tú lo sabes.

Me tomó del rostro y apoyó su frente en la mía.
— Más tarde —dijo con voz baja—. Ahora quiero esta tarde contigo. El mar, la cena... y luego veremos si sobrevivo a tus intenciones.

Cuando el sol comenzó a esconderse, el cielo se incendió en tonos dorados y rosados. Nos sentamos frente al mar, las copas frías en la mano, el sonido constante de las olas marcando el ritmo de algo más profundo.

— Vamos por ese baño, guapito... siento que traigo arena por todas partes.

Roier rió suave y solo asintió, tomando mi mano con esa calma peligrosa que siempre anunciaba que no pensaba resistirse demasiado.

La habitación estaba en penumbra cuando entramos. El vapor ya empañaba el aire y la bañera nos esperaba como una promesa cumplida: pétalos de rosa flotando lentamente, velas aromáticas encendidas en cada esquina, botellas de vino abiertas y una bandeja con fresas brillando bajo la luz cálida.

— Te esmeras demasiado —murmuré, recorriendo la escena con la mirada.

— Para ti, siempre —respondió, con ese tono bajo que me hacía arquear una ceja.

Nos desvestimos sin prisa, dejando que cada movimiento se sintiera deliberado. El agua caliente nos recibió envolviéndonos de inmediato, relajando músculos, despertando otros. Me senté primero y lo jalé con cuidado hasta que quedó entre mis piernas.
El sonrojo de Roier apareció casi al instante, ese tan suyo, extendiéndose por sus mejillas y bajando lentamente por su cuello. Lo abracé por la espalda, apoyando el mentón en su hombro, sintiendo cómo su respiración cambiaba apenas lo toqué.

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