༄ Rescate en alta mar.

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இ au' piratas; mi intento de dark romance :c

El cielo estaba oscuro, nublado y cargado con la promesa de una tormenta

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El cielo estaba oscuro, nublado y cargado con la promesa de una tormenta. Los mares rugían violentos mientras el barco de Sanemi Shinazugawa, el infame Rey de los Piratas, cortaba las aguas como una bestia hambrienta. Pero en ese momento, no era el poder del océano lo que dominaba sus pensamientos. Era el fuego oscuro que ardía en su pecho, alimentado por la furia y el miedo. [T/N], su esposa, su todo, había sido secuestrada. Uno de los piratas más temidos del mar, una de las Doce Lunas Superiores, la había arrancado de su lado. Y Sanemi estaba dispuesto a arrasar con todo lo que se interpusiera en su camino para recuperarla.

—¡Más rápido, malditos! —gritó a su tripulación, sus ojos encendidos de ira. Su voz rugió más fuerte que el viento—. ¡No pararemos hasta que ese demonio esté muerto!

La tripulación lo obedeció sin cuestionar. Conocían la crueldad de Sanemi, y esa noche, el Rey de los Piratas estaba más salvaje que nunca. No había clemencia en su mirada, solo el deseo de destrucción.

A lo lejos, las luces del barco enemigo brillaban débilmente. Sanemi se paró al borde de su propia nave, sus dedos crispados sobre la empuñadura de su espada. Cada latido de su corazón era un recordatorio del dolor que sentía, la imagen de [T/N] siendo arrancada de él lo atormentaba. Y no podía soportar la idea de lo que ese monstruo podría estar haciéndole.

—La voy a recuperar... —murmuró entre dientes, sus ojos llenos de una oscuridad que lo consumía—. Y mataré a cualquiera que se interponga en mi camino.

❀ ❀ ❀ ❀

En el barco enemigo, [T/N] estaba encadenada en el camarote del capitán, sus muñecas atadas con grilletes pesados que se clavaban en su piel. Sentía el frío del metal y el miedo recorriendo su cuerpo como un veneno. Frente a ella, uno de los piratas más temidos, una de las Doce Lunas Superiores, sonreía con una crueldad que le helaba la sangre.

—Así que... eres la famosa esposa del Rey de los Piratas —dijo, acercándose con paso lento y amenazante—. Debo admitir que tenía curiosidad por ver quién era la mujer capaz de domar a un hombre como Sanemi. Aunque... —su sonrisa se torció mientras la miraba fijamente—. No creo que sea él quien te reclame esta noche.

[T/N] luchó por contener las lágrimas. Su corazón latía con desesperación, pero sabía que Sanemi vendría por ella. Lo conocía mejor que nadie. Su amor era posesivo, oscuro y salvaje. Sanemi jamás permitiría que alguien la tocara. Pero, ¿llegaría a tiempo?

El demonio inclinó la cabeza hacia ella, sus ojos brillando con una intención maliciosa. —Quizás Sanemi te quiera, pero dudo que pueda salvarte de lo que te espera aquí.

El barco se sacudió de repente, un estruendo resonando a través del casco. [T/N] abrió los ojos con sorpresa. Afuera, los sonidos de la batalla comenzaron a surgir, gritos, espadas, cañonazos. El demonio frunció el ceño, retrocediendo.

—Parece que el capitán ha llegado —susurró [T/N], la esperanza brillando en sus ojos por primera vez en horas.

Sanemi irrumpió en el barco enemigo como una tormenta desatada. Su espada cortaba con brutalidad, y los gritos de sus enemigos se ahogaban en la furia de su ataque. La oscuridad de la noche se reflejaba en sus ojos, donde solo quedaba el deseo de sangre y venganza. Cada golpe que daba lo acercaba a ella, a su razón de vivir.

—¡Dónde está ella! —rugió mientras atravesaba a un enemigo, su mirada recorriendo el caos—. ¡[T/N]! ¡¿Dónde estás?!

Finalmente, sus ojos encontraron la puerta del camarote del capitán. Allí estaba ella, encadenada, vulnerable, y frente a ella, el demonio que la había tomado. Sanemi sintió cómo su corazón se rompía por dentro, la ira lo consumió por completo. Cargó hacia adelante sin pensar, su espada en alto, listo para matar.

El demonio apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Sanemi lo alcanzara, su espada cortando el aire con un silbido mortal. —¡No te atrevas a tocarla! —gritó, su voz tan furiosa que hizo temblar las paredes.

El demonio intentó defenderse, pero Sanemi estaba más allá de la razón. Cada golpe que daba estaba impregnado de una desesperación salvaje. No había piedad en sus movimientos, solo el deseo de matar. Finalmente, su espada atravesó el corazón del demonio, que cayó al suelo con una risa apagada.

—Eres... realmente un animal descontrolado cuando se trata de ella —susurró el demonio con su último aliento.

—Y tú solo eres polvo bajo mis pies —gruñó Sanemi dándole una última mirada de odio, sacando su espada del cuerpo muerto y volviendo su atención a [T/N].

Con manos temblorosas, cortó las cadenas que la retenían. Tan pronto como fue liberada, [T/N] se derrumbó en sus brazos. El alivio y la tensión del momento la abrumaron, pero Sanemi la sostuvo firme, sus ojos fijos en ella.

—Nunca dejaré que algo así te vuelva a pasar —murmuró, con una voz ronca, casi rota—. Nunca.

Pero en sus palabras había algo más oscuro. Un amor tan intenso que bordeaba lo peligroso. Un amor que no permitiría que nadie, ni siquiera ella, lo apartara de su lado.

❀ ❀ ❀ ❀

Días después, mientras el barco navegaba lejos del lugar de la batalla, Sanemi permanecía junto a ella, más protector que nunca. No la dejaba sola ni por un segundo, y aunque [T/N] sabía que era su manera de cuidarla, también sentía la presión de ese amor sofocante. Era una vida peligrosa, una en la que Sanemi estaba dispuesto a destruir todo por ella.

—Sanemi... —susurró una noche, cuando ambos estaban solos en su camarote.

—¿Qué? —respondió él, su tono brusco, como siempre, aunque sus manos la acariciaban suavemente.

—Me asustas a veces. La forma en que te vuelves cuando se trata de mí... Es como si no fueras capaz de detenerte.

Sanemi la miró, sus ojos oscuros brillando a la luz de las velas. Se inclinó hacia ella, rozando sus labios con los suyos en un gesto que era tanto posesivo como apasionado.

—No lo haré, [T/N] —murmuró contra su boca—. Nunca me detendré cuando se trate de ti. No te dejaré ir. Eres mía.

Y aunque [T/N] sabía que las palabras de Sanemi estaban llenas de un amor profundo, también eran una advertencia. Porque su amor era oscuro, intenso, y no había lugar para huir.

𝐎𝐍𝐄 𝐒𝐇𝐎𝐓𝐒 ; 𝐒𝐇𝐈𝐍𝐀𝐙𝐔𝐆𝐀𝐖𝐀 𝐒𝐀𝐍𝐄𝐌𝐈Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora