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Sanemi golpeaba una vez más el muñeco de entrenamiento frente a él, su respiración se volvía cada vez más pesada a medida que la tarde caía y el cielo se teñía de tonos naranjas. Obanai, con su usual expresión calma, estaba sentado en una roca cercana, observando con una leve sonrisa.
—No sé por qué sigues golpeando ese muñeco como si te hubiera hecho algo —comentó Obanai con ironía, mientras Kaburamaru, su serpiente, se deslizaba por su brazo—. Ya parece más una distracción que entrenamiento.
Sanemi lo ignoró, frunciendo el ceño mientras lanzaba otro golpe contundente.
—No es tu problema, Iguro —respondió secamente, sin dejar de entrenar—. Solo déjame en paz.
Obanai se levantó de su lugar, caminando lentamente hacia él.
—¿No tiene nada que ver con [T/N]? —preguntó, ladeando la cabeza, provocando una pausa visible en los golpes de Sanemi.
El silencio entre los dos pilares fue tenso por un momento. Sanemi continuó golpeando el muñeco, pero con menos ímpetu.
—¿Qué tiene que ver ella en esto? —Sanemi gruñó, claramente molesto por la insinuación.
Obanai sonrió, divertido por la reacción de su amigo.
—Vamos, Shinazugawa, no soy tonto —Obanai se cruzó de brazos—. Te he visto cómo la miras. Incluso Mitsuri me ha dicho que no puedes dejar de observarla cuando está cerca. Me sorprende que aún no hayas hecho algo al respecto.
Sanemi dejó caer su puño, respirando con fuerza, su rostro enrojecido tanto por el esfuerzo como por el tema de conversación.
—Eso es una estupidez. No tengo tiempo para tonterías como esas —dijo, agitando la mano como si intentara desechar la conversación—. No sé de qué hablas.
—¿De verdad? —Obanai lo miró con escepticismo—. Porque cada vez que está cerca, pareces... diferente. No tan gruñón, incluso te relajas. Y no creo que sea porque estés contento de verla entrenar.
Sanemi apretó los dientes, mirando a otro lado, claramente irritado. Obanai soltó una pequeña risa.
—Si no te importa tanto, ¿por qué no la invitas a una cita y terminas con esto? —sugirió, yendo directo al grano—. Mitsuri y yo lo hicimos. Es más fácil de lo que piensas.
—Quizás porque te gusta. Es bastante obvio, ¿sabes?
—¡No me gusta! —Sanemi casi gritó, su rostro completamente rojo. Los músculos de su cuello se tensaron mientras miraba furioso a Obanai—. ¡No tengo tiempo para esas tonterías románticas!