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La luz del sol se filtraba débilmente a través de las ventanas del cuartel de los Cazadores de Demonios. Era un día tranquilo, después de la tormenta que había causado la reciente batalla en el Tren Infinito.
La muerte de Kyojuro Rengoku había dejado una sombra sobre todos los cazadores, pero había una persona en particular que no lograba encontrar consuelo: [T/N].
Sanemi, había observado en silencio durante días cómo su amiga, la joven cazadora, se hundía más y más en la tristeza. Su dolor era palpable. Después del sacrificio de Rengoku, [T/N] se había retirado a un rincón de sí misma, sin ganas de entrenar, sin ganas de hablar con nadie. Su mente estaba atrapada en los recuerdos de Rengoku, quien siempre la había tratado con una bondad genuina que, a pesar de su temperamento, la había tocado profundamente.
Sanemi, por otro lado, se encontraba dividido. Sabía que, aunque él estaba profundamente enamorado de [T/N], ella parecía estar más afectada por la partida de Rengoku de lo que él podía comprender.
En su corazón, Sanemi no podía evitar preguntarse si, tal vez, [T/N] había tenido sentimientos más profundos por el Pilar de la Llama. Algo que había percibido en las pequeñas miradas que ella le había dirigido en el pasado, en la forma en que siempre lo admiraba.
Pero lo que más le preocupaba no era si [T/N] lo amaba o no, sino que la veía perderse. Su amor por ella no se trataba de lo que él esperaba a cambio; se trataba de hacer todo lo posible para que su corazón se curara, para que ella encontrara la paz en medio de la tormenta.
Un día, después de un largo entrenamiento, Sanemi se encontró con su mejor amigo, Obanai Iguro, quien lo observaba desde un rincón del cuartel. Obanai no era un hombre que se anduviera con rodeos, y eso fue exactamente lo que sucedió cuando se acercó a Sanemi.
—Sanemi, ¿estás consciente de lo que está pasando con [T/N]? —preguntó Obanai, su tono grave y directo, como siempre. No era el tipo de persona que ocultaba sus pensamientos, y sabía que Sanemi no le mentiría si le preguntaba algo importante.
Sanemi suspiró profundamente, apoyando su espalda contra la pared mientras miraba al frente, su mente atorada en los recuerdos recientes. [T/N] había estado cada vez más ausente, y él lo sabía. Su tristeza era casi insoportable, y aunque había intentado animarla, las palabras nunca parecían suficientes.
—Lo sé —respondió Sanemi, su voz cargada de una mezcla de frustración y dolor. Se volvió hacia su amigo, encontrando su mirada fija, expectante—. Lo sé, Obanai. Pero no es el momento de hablar de eso. Ella necesita ayuda. Y eso es lo único que me importa ahora mismo. Que pueda sanar, que recupere la calma.
Obanai no pareció sorprenderse, pero sus ojos se entrecerraron con una ligera preocupación. Era evidente que no compartía el mismo enfoque de Sanemi, pero sabía que cuando el Pilar del Viento tomaba una decisión, no había forma de cambiarla.
—¿Sabes lo que está pasando, verdad? Ella... ella no te ama, Sanemi —dijo Obanai, el silencio entre ellos pesado—. Lo que ella está buscando no es un romance, ni tus sentimientos. Lo que ella quiere es compañía, consuelo. No puedes hacer nada si no lo acepta.
La verdad de las palabras de Obanai golpeó a Sanemi como una ráfaga de viento. Un dolor punzante se instaló en su pecho, pero no lo dejó salir. No podía permitirse mostrar debilidad. En lugar de eso, miró a su amigo con una intensidad peligrosa, como si su furia estuviera controlada por una fina línea.
—No me importa si ella me ama o no, Obanai. Lo que importa es que ella recupere su vida, su alegría. Si eso significa que tengo que quedarme cerca de ella como un amigo, como alguien que la apoya sin pedir nada a cambio, lo haré. Porque no voy a dejar que se hunda más en esta oscuridad —le dijo Sanemi, su voz profunda y grave, como un juramento. Sus ojos ardían con determinación.
Obanai frunció el ceño, claramente conflictivo por la respuesta de su amigo. Era obvio que Sanemi estaba comprometido con [T/N], pero Obanai no podía evitar preguntarse si el esfuerzo de Sanemi sería en vano. Sabía que el Pilar del Viento era un hombre de principios fuertes, pero también sabía lo que implicaba el corazón humano.
—Pero tú también tienes sentimientos, Sanemi. Y eso no es algo que se pueda ignorar. Puede que ahora no te importe, pero tarde o temprano, la situación te va a desgastar —dijo Obanai, con un tono suave, pero lleno de preocupación genuina. —Si te sigues entregando sin esperar nada, te vas a perder a ti mismo en el proceso. Y eso... eso es lo que no quiero que pase.
Sanemi lo miró fijamente. No sabía si Obanai entendía el peso de lo que estaba diciendo. Para él, las palabras de su amigo eran sabias, pero no podía dejar de pensar que, en este momento, lo único que importaba era [T/N].
—Lo que pase después no importa —dijo Sanemi con una firmeza que sorprendió a Obanai—. Yo estaré aquí para ella, siempre. Si eso significa ser su refugio por ahora, lo aceptaré sin dudar.
Obanai se quedó en silencio, observando a su amigo. Sabía que no podía hacer mucho para cambiar la mente de Sanemi. Había una fuerza en su determinación que era casi imparable, y aunque tenía razón en que [T/N] necesitaba apoyo, Obanai también sabía que Sanemi no debía perderse en la oscuridad de un amor no correspondido.
El silencio entre ellos se alargó hasta que finalmente, Obanai suspiró y asintió. No podía hacer nada más por Sanemi, no mientras él estuviera tan empeñado en ayudar a [T/N].
—Solo... ten cuidado, ¿sí? —dijo Obanai, dándole una última mirada a Sanemi antes de dar media vuelta para alejarse.
Sanemi observó a su amigo irse, pero su mente seguía enfocada en [T/N]. El vacío que ella llevaba dentro era tan grande, tan desgarrador, que no podía dejarla caer más. Si su presencia podía traer algo de consuelo a su corazón roto, entonces estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.
Días después, Sanemi se encontraba frente a la puerta de la habitación de [T/N], con el corazón apesadumbrado por el peso de su amor no correspondido. Había escuchado sus sollozos durante la noche, y aunque sabía que no podía cambiar lo que sentía, lo único que podía hacer era ofrecerle consuelo.
Golpeó suavemente la puerta antes de abrirla, encontrando a [T/N] sentada en su cama, abrazada a sus piernas, con la mirada perdida en la ventana.
La luz del sol caía suavemente sobre su rostro, pero su expresión era la de alguien que había perdido todo color, todo sentido. Sanemi se acercó lentamente, su corazón latiendo con fuerza mientras observaba la tristeza en sus ojos.
[T/N] levantó la vista al sentir su presencia, y aunque su rostro mostraba agotamiento, sus ojos brillaron ligeramente al ver a Sanemi frente a ella.
—Sanemi... —susurró, su voz rota por el dolor que aún sentía por la muerte de Rengoku.
Sanemi se sentó a su lado, colocando una mano sobre su hombro con delicadeza. No necesitaba decir nada. Su presencia era suficiente.
—Estoy aquí para ti —le dijo en voz baja, pero firme—. No te voy a dejar sola. No importa lo que pase, siempre estaré aquí. Te lo prometo.
[T/N] sintió cómo las lágrimas se acumulaban nuevamente en sus ojos, pero esta vez no era solo por la tristeza, sino por el consuelo que sentía al tenerlo a su lado. El dolor seguía siendo profundo, pero en ese momento, Sanemi había hecho más por ella que cualquier palabra de consuelo podría haber hecho.
Sanemi no se apartó, no dijo nada más. Simplemente permaneció allí, con ella, su apoyo inquebrantable. Y aunque él no esperaba nada a cambio, en su corazón se forjaba la certeza de que, incluso si sus sentimientos no eran correspondidos, siempre sería el refugio que [T/N] necesitaba para sanar.