La casa de Mónica se sentía cada vez más como una prisión. Los pasillos parecían alargarse, las paredes se cerraban sobre ella, y la presencia de Javier se volvía casi opresiva. Su esposo, aunque aparentemente tranquilo, comenzaba a mostrar señales de sospecha: miradas prolongadas, preguntas insistentes y una atención extraña a cada uno de sus movimientos. Mónica sabía que debía actuar con cautela, pues cualquier error podía poner en riesgo no solo sus planes, sino también a sus hijos.
Había empezado a comunicarse con Vanesa a través de mensajes cortos y notas que escondía en lugares estratégicos. Algunas veces eran palabras de ánimo, otras un simple “extraño nuestras conversaciones”, y esas pequeñas expresiones se habían vuelto su sostén. Era una cuerda invisible que la mantenía de pie, un recordatorio de que no estaba sola en aquella oscuridad. Pero sabía que si Javier descubría algo, el castillo de naipes que estaba construyendo caería en un segundo.
Aquella noche, durante la cena, Javier la observaba fijamente. Cada vez que ella alzaba la vista, encontraba esos ojos oscuros escrutándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda.
—Has estado distraída últimamente —comentó él, con un tono aparentemente casual pero cargado de insinuación.
Mónica intentó mantener la calma y responder con naturalidad.
—He estado cansada… con los niños, ya sabes —respondió, esbozando una sonrisa vacía.
Javier asintió, pero la sonrisa que apareció en sus labios era fría, casi calculadora.
—Espero que no sea nada más —dijo, dejando la frase en el aire como una amenaza sutil.
Ella bajó la mirada, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en el pecho. Sabía que debía ser fuerte, que no podía permitirse mostrar miedo, pero cada vez que él estaba cerca, esa seguridad tambaleaba.
Mientras tanto, Vanesa se encontraba en una situación igualmente desesperante. No había recibido noticias de Mónica en días, y aunque intentaba convencerse de que todo estaba bien, la ansiedad comenzaba a apoderarse de ella. Decidió que debía hacer algo, que no podía quedarse de brazos cruzados. Así que, con el pretexto de "agradecer" la ayuda de Javier en el incidente del bar, se dirigió al buffet donde él trabajaba.
El buffet de Javier estaba decorado de una manera que reflejaba la dualidad de su dueño: elegante, sobrio, pero con una frialdad que impregnaba el ambiente. Vanesa respiró hondo antes de entrar, preparándose para el encuentro. Sabía que debía jugar bien sus cartas, que cualquier desliz podría revelar más de lo que estaba dispuesta a mostrar.
Al entrar, fue recibida por una recepcionista que, tras una breve espera, la condujo hasta el despacho de Javier. Cuando la puerta se abrió, él la observó con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—Vanesa, qué sorpresa verte por aquí —dijo Javier, levantándose de su escritorio y extendiéndole la mano.
Ella le devolvió el gesto con una sonrisa cordial.
—No podía dejar de agradecerte personalmente por lo que hiciste por mí en el bar. Fue un gesto inesperado, y quería asegurarme de que supieras lo mucho que lo aprecio.
Javier sonrió, pero había algo en su mirada que la hizo estremecerse.
—No tienes por qué agradecerme, fue lo correcto. Aunque debo admitir que me sorprende verte aquí, tan dispuesta a expresar tu gratitud.
Vanesa rió, intentando restarle importancia al comentario.
—Bueno, no todos los días una se encuentra en una situación así, y no todos tienen la fortuna de recibir ayuda.
Durante los siguientes minutos, la conversación se tornó en un juego de palabras donde cada frase era una prueba, cada sonrisa un desafío. Vanesa sabía que debía medir cada uno de sus gestos, que cualquier error podría levantar sospechas. Sin embargo, la tensión entre ambos era palpable, y sabía que Javier la estaba evaluando.
—Dime, Vanesa, ¿a qué te dedicas exactamente? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia adelante.
Vanesa mantuvo la calma y respondió con un tono despreocupado.
—Soy abogada. Aunque no suelo involucrarme en temas de este tipo, siempre he sentido curiosidad por los negocios y por conocer el lado menos visible de ciertas transacciones.
Javier la miró con interés, y durante un breve momento, una chispa de complicidad pareció iluminar sus ojos.
—Entonces, tal vez tengas más en común conmigo de lo que pensaba —dijo él, esbozando una sonrisa que, más que amistosa, parecía desafiante.
Vanesa sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que Javier era un hombre inteligente y que su juego no era sencillo, pero también era consciente de que esa misma inteligencia podía ser su punto débil. La seguridad con la que él manejaba cada situación lo volvía confiado, y esa confianza, si era usada en su contra, podría ser su perdición.
Al salir del buffet, Vanesa sentía que algo había cambiado. Sabía que el encuentro con Javier era un riesgo, pero también era consciente de que aquella charla le había permitido comprender mejor cómo funcionaba la mente del hombre al que se enfrentaban. Mientras caminaba por la calle, pensaba en Mónica y en los niños, en el peligro que los rodeaba y en las decisiones que debían tomar para protegerse.
Esa noche, al llegar a casa, se sentó frente a la ventana y observó la ciudad iluminada. Las luces parecían destellos de esperanza en medio de la oscuridad, y Vanesa no podía evitar sentirse pequeña ante la magnitud de la tarea que enfrentaba. Pero también sabía que la valentía no siempre se mide por la fuerza, sino por la determinación de seguir adelante a pesar del miedo.
Tomó su teléfono y, tras unos segundos de duda, le envió un mensaje a Mónica:
—Sé que estás en una situación complicada, pero recuerda que no estás sola. Cuando necesites hablar o si estás en peligro, solo envíame una señal.
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Flor🌹
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Confianza en el Abismo.
FanficConfianza en el Abismo relata la historia de un mundo alternativo donde Vanesa Martín es una abogada feminista y defensora de los derechos humanos, y Mónica Carrillo, una madre atrapada en una relación abusiva. Vanesa, marcada por su propio pasado d...
