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Penelope había huido de Londres avergonzada y con el corazón partido en dos, aunque las cosas favorecían más de lo que llegó a creer, sin duda sentía la ausencia del hombre que amaba. Agradeció haber partido en un carruaje distinto al de su madre y hermanas, pues pudo estar todo el camino llorando a solas, su soledad era algo que sabía que no tendría mucho mientras estuviera en la casa de campo de los Debling, con su madre y hermanas ahí estaría llena de preguntas, dudas y reclamos.

La primera en reclamar cuando entró por la gran puerta fue Prudence, habían llegado tan solo unas horas antes que Penelope y había estado todo ese tiempo esperándola en la entrada, estaba furiosa por haber tenido que dejar Londres justo cuando su popularidad aumentaba y justo cuando se veía más cerca de su boda. Solo se tranquilizó cuando Penelope se puso a escribir en su cara la nota al señor Dankworth, sin duda lo último que esperaba hacer aquella noche era arreglar el matrimonio de su hermana, pero sentía que de alguna modo se lo debía.

Philipa únicamente se quejaba en voz alta de lo enojada e incómoda que estaba con haber tenido que huir como una criminal, cuando ella jamás había hecho nada, incluso dudaba de porque ella y su esposo tuvieron que abandonar su hogar por culpa de su hermana.

Su madre por otra parte parecía aún estar procesando todo lo que estaban viviendo, respondía algunas cosas a sus hijas, pero no se dirigía realmente a Penelope, aún seguía molesta con ella y si había aceptado salir de su hogar había sido únicamente por la vergüenza que tendría al estar frente a toda la sociedad. Aunque bien manifestó que su vergüenza no era únicamente por Whistledown sino el hecho de ahora tener de nuevo dos hijas solteras.

Portia Featherington había obtenido el logro de conseguir un matrimonio más que aceptable para su hija menor, a quienes muchos ni siquiera notaban al pasar junto a ella, y muchos creían que jamás llegaría a casarse, había sentido una gran satisfacción al momento de entregarla en el altar, le demostraba al mundo quienes eran las Featherington y que tan lejos podían llegar, algo similar a su emoción por Prudence y el señor Dankworth, y sien embargo ahora solo había dado inmensos pasos hacia atrás.

Penelope ni siquiera pudo pegar un ojo en toda la noche, incluso estar en la cama le resultaba incómodo, por lo que decidió escribir, no solo mandaría la nota al señor Dankworth, sino que también mandaría su siguiente panfleto, el primero que llevaría su propio nombre y esperaba no fuera el último. Sin que el sol hubiera salido aún mando a un mensajero con ambas notas esperando no tardará mucho en llegar y esperando que si ella no podía tener su final feliz Prudence si lo tuviera.

Al no poder dormir salió al campo con una manta para ver el amanecer, le parecía algo hermoso, los colores bailaban unos con otros, las deslumbrantes luces amarillas del sol hacían desaparecer el fuerte azul de la noche. A pesar del frío y el sueño que tenía, no sentía ganas de regresar a aquella casa, le gustaba la tranquilidad que sentía ahí, aunque por primera vez su soledad no era completamente grata, miraba a su lado sintiendo un gran vacío y tristeza, toda su vida le haría falta algo, le haría falta alguien.

Quizá si jamás hubiera experimentado tener a Colin a su lado ahora mismo no lo extrañaría tanto, se preguntaba cómo aguantaría toda una vida sin su tacto, sin sus besos, ni sus miradas y sonrisas de cómplices.

No podía mentirse a sí misma, aquellos dos días pasó cada segundo imaginando a Colin llegando por ella, era una tontería, ella misma había dejado claro que no quería que él supiera dónde estaba y aún así, lo imaginaba entrando por la puerta, llegando en un enorme corcel como si de un héroe se tratara, como si tuviera que venir a salvarla de algo, pero ya no había peligro, ya no había porque necesitar que la salvaran, ella se había salvado sola y había canjeado su libertad por una inmensa soledad.

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