Una idea loca lleva a Luigi a responder cartas de el temeroso Rey de los Koppas;Bowser,sin esperar que las palabras sinceras en aquellas cartas de aquel "monstruo " serían suficientes para cautivar su corazón.
¿Acaso su corazón indefenso y cautivida...
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—¡Maldito idiota! —gritó Bowser—. Esta vez no...
Luigi observó horrorizado cómo, de un lugar desconocido, Bowser sacaba un champiñón rojo, el que hacía crecer a quien lo consumiera. Intentó retroceder, pero su espalda chocó contra la fría pared de piedra que bloqueaba cualquier esperanza de escape.
—Oh, no... —murmuró, con el miedo reflejado en su rostro.
De repente, la jaula que mantenía cautivo a Bowser estalló en mil pedazos, enviando fragmentos de metal por todas partes. Luigi cayó al suelo, intentando cubrirse de los escombros que volaban alrededor. El ruido ensordecedor de los ladrillos siendo aplastados por los pasos furiosos de Bowser llenaba el ambiente. Las paredes temblaban con cada golpe.
Con una mezcla de terror y desesperación, Luigi comenzó a gatear hacia la salida más cercana, sus movimientos torpes pero impulsados por el instinto de supervivencia. A diferencia de su hermano Mario, él siempre había sido más miedoso, más inseguro. Y ahora, enfrentarse a esta versión de Bowser, descontrolado y lleno de rabia, era desolador.
Finalmente, Luigi llegó hasta la puerta. Extendió la mano hacia la perilla con la esperanza de escapar, pero una gigantesca llamarada de fuego se interpuso en su camino, derritiendo el metal en un instante.
—¡Tú, pedazo de mierda! —rugió Bowser, lanzando escombros directamente hacia Luigi.
Luigi reaccionó rápido, cubriéndose con los brazos mientras sentía cómo las piedras pasaban peligrosamente cerca. La única puerta que podía ser su salida estaba ahora reducida a cenizas y astillas.
«Bingo», pensó Luigi con ironía y un leve toque de desesperación.
Se levantó con dificultad, tambaleándose, y comenzó a correr tan rápido como sus piernas se lo permitían. Podía escuchar los pasos atronadores de Bowser persiguiéndolo, el rugido de su furia resonando en cada rincón.
Mientras esquivaba las rocas y los fragmentos que Bowser lanzaba, su mente era un torbellino de pensamientos. Se sentía culpable, profundamente culpable. ¿Era esta su culpa? ¿Se había enterado Bowser de todo? ¿Había descubierto las cartas, las conversaciones? No, este no era el Bowser que le había respondido pacientemente cuando fingió ser Peach. Este no era el Bowser que se mostraba cálido y amable. Ante él solo había un monstruo cegado por la ira... Y no le gustaba pensar así de él, por alguna razón.
—¡Luigi! —gritó Bowser, su voz transformada en un rugido animal, más profundo y gutural de lo que Luigi había escuchado jamás.
Era la primera vez que Bowser pronunciaba su nombre de esa manera, y Luigi, impulsado por una mezcla de sorpresa y miedo, cometió el error de mirar hacia atrás. En ese instante, sintió un dolor abrasador en su rostro. No supo cómo sucedió, pero ahora estaba en el suelo, cubriendo su ojo izquierdo con ambas manos.
Las grandes garras de Bowser, que parecían atraparlo con más desesperación que intención de hacerle daño, habían rasgado la delicada piel alrededor de su ojo. Luigi sintió cómo la sangre cálida caía en cascada por su rostro, empapando sus guantes blancos.
—¡Luigi! —otra voz llegó a sus oídos, una voz familiar que atravesó la nube de confusión: Mario.
Su hermano intentaba acercarse, pero Luigi, debilitado por la pérdida de sangre, apenas podía mantenerse consciente. La visión se le nublaba rápidamente, los sonidos a su alrededor se volvían ecos lejanos.
—Mario... —susurró, su voz apenas un hilo que el viento parecía llevarse. Con el poco aliento que le quedaba, murmuró una última palabra—: Bowser...
Y entonces, el mundo se oscureció por completo. Luigi dejó de sentir miedo, dejó de sentir culpa. La inconsciencia lo envolvió como un manto, llevándoselo a un lugar donde, al menos por ahora, no había dolor ni desesperación.
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