Capítulo 35

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Hablaron en voz baja, casi como si el castillo pudiera escucharlos.

No fue una discusión, ni un enfrentamiento. Fue algo más frágil. Bowser habló de muros, de banderas blancas alzadas demasiado tarde. Luigi habló de salir desarmado, de mostrarse antes de que la sangre hiciera imposible cualquier explicación. De pararse frente a todos y obligarlos a mirar.

—Si te ven —dijo Bowser, con la voz tensa—, no van a escuchar, tu mismo lo dijiste. Mario no escucha cuando cree que te han hecho daño.

—Por eso mismo —respondió Luigi—. Si me quedo aquí, solo confirmo sus peores ideas.

Bowser apretó los dientes. Sabía que Luigi tenía razón. Y aun así, no podía permitirlo.

—No sin mí —gruñó.

Luigi no contestó. Solo bajó la mirada.

Esa fue la última vez que hablaron de ello.

Luigi se fue antes de que el sol terminara de alzarse.
Sin despedidas.
Sin avisos.

Dejó la enfermería tal como estaba, la cama intacta, la ventana abierta. Caminó por los pasillos que ya conocía de memoria, evitando guardias, sombras pegadas a los muros. No llevaba armas. Solo su gorra, su ropa verde... y el vendaje aún fresco en el ojo.

Creyó, por un momento, que llegar primero bastaría.

Se equivocó.

El Reino Champiñón ya estaba avanzando.

No importó que supieran que Luigi estaba moderadamente bien. No importó que la herida no fuera mortal. El enojo de Mario era más rápido que la razón. Para él, el daño ya estaba hecho.

—Estoy bien. Debemos irnos ya —dijo Luigi, sin aliento, con la voz desordenada por la urgencia—. Por favor... vámonos.

Mario lo observó con el ceño fruncido, la rabia todavía ardiéndole en los ojos.

—¿Tu ojo...? —preguntó, señalándolo—. ¿Qué te hicieron, Lu?

—Nada —respondió Luigi de inmediato—. Nada, te lo juro. Solo... vámonos. Ahora.

El silencio que siguió fue insoportable.

—No —dijo Mario.

Luigi sintió cómo el mundo se le hundía en el pecho.

—¡No! —repitió, dando un paso adelante— ¡Mario, no!

Pero ya era tarde.

Por un instante, el tiempo se detuvo.

Luigi escuchó una voz pequeña, clara, atravesando el ruido del campo.

—¡Luigi!

El nombre lo golpeó como un cuchillo. Giró la cabeza y lo vio. Bowser Jr, a lo lejos, buscando con la mirada entre el caos. Buscándolo a él.

Al mismo tiempo, en lo alto de las murallas, Bowser observaba la escena desde una distancia imposible de acortar. Vio a Luigi frente al ejército. Vio a Mario negándose a retroceder. Y cómo malinterpretó cada gesto.

Mario pensó que Luigi tenía miedo.
Mario pensó que pedía huir.
Mario pensó que lo estaban forzando.

—No... —Gruñó Bowser, apretando los dientes.


Antes de que alguien pudiera explicar.
Antes de que Luigi pudiera gritar más fuerte.

Un proyectil fue lanzado hacia el castillo de Bowser.

El estruendo quebró el aire.

—¡NO! —gritó Luigi, pero su voz se perdió entre la explosión.

La piedra se sacudió. El suelo tembló. Las banderas cayeron. El ataque había comenzado.

Bowser rugió desde lo alto, no de ira, sino de desesperación.

—¡Retírense! —ordenó, pero ya nadie escuchaba.

Peach desenvainó, convencidos de que ya no había marcha atrás.

Luigi quedó atrapado entre ambos mundos.

Entre un reino que creía salvarlo y otro que,él quería salvar.

—Vete de aquí, Lu —pidió Mario, con la voz dura—. Resguárdenlo.

—¡No! —intentó zafarse Luigi— ¡Mario, espera!

Los guardias no dudaron. Lo sujetaron por los brazos con firmeza, arrastrándolo hacia atrás mientras él forcejeaba, desesperado. Luigi gritó, pataleó, pero el ruido del campo de batalla ya empezaba a tragarse cualquier súplica.

La princesa llegó entonces. No miró a Luigi. No miró el castillo con duda. Su rostro estaba frío, decidido. El ataque continuó.

—¡No, no, no...! —murmuró Luigi, con el corazón golpeándole el pecho.

Bowser Jr. seguía ahí.

En medio de todo.

Demasiado pequeño para entender por qué el cielo rugía.

El primer estruendo sacudió el suelo. Una explosión seca, brutal. Parte del castillo fue alcanzada. La piedra se quebró, el aire se llenó de polvo y fuego. El grito del niño se perdió entre el caos.

—¡Junior! —rugió Bowser desde las murallas.

Luigi sintió que algo dentro de él se rompía.

—¡Suéltenme! —gritó, usando toda la fuerza que le quedaba— ¡Suéltenme!

Los guardias apenas lograban sostenerlo.

—¡Mario, detente! —gritó con la voz rota— ¡Princesa, por favor!

Nadie escuchó.

El segundo impacto retumbó más cerca. Demasiado cerca.

 Demasiado cerca

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Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora