Capítulo 29

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La enfermería estaba callada, demasiado callada. Solo se escuchaba el goteo del suero y la respiración entrecortada de Luigi. Bowser seguía allí, sentado en el suelo con la espalda contra la cama, enorme, inmóvil, respirando como un animal que no sabe si huir o destrozar la habitación entera. Luigi abrió los ojos lentamente; sentía el dolor, el peso de la venda, la presión del golpe todavía latiendo. Y entonces lo vio a él. Bowser. Quieto. Desgastado. Exhausto. Ese silencio entre los dos se volvió insoportable.

—Dijiste que estabas pensando dejarme morir —murmuró Luigi, rompiendo el aire—. Pudiste hacerlo. ¿Qué pasó ahora? ¿Por qué decidir salvarme?

Bowser apretó la mandíbula. No lo miró. Luigi esperó. El rey tragó saliva, gruñó por lo bajo, como si cada palabra le arrancara algo.

—Porque no... —bufó, frustrado consigo mismo— ...no podía simplemente dejarte tirado.

Luigi entrecerró los ojos. No era la respuesta que esperaba. Bowser parecía irritado, pero no con él... sino consigo mismo.

—¿Por qué no? —insistió Luigi—. Si estabas tan seguro de... de que me lo merecía.

Bowser levantó la mirada con una chispa fría.

—Porque no lo sabía —rugió, aunque su voz bajó enseguida—. Porque estaba enloquecido. Porque pensé cosas que... que no eran ciertas.

Se pasó una garra por la cara, como si quisiera arrancarse la vergüenza.

—Vi rojo. Eso es todo —dijo, seco—. Me convencí de que tú... —cerró los ojos, molesto consigo mismo— de que todo lo que hiciste era un plan contra mí. Y cuando alguien me ataca, yo... respondo.

Luigi lo miró sin decir nada.

Bowser continuó, más bajo:

—Pero cuando té... y te vi caer... —tragó duro, incapaz de sostener la mirada— me di cuenta de que lo que estaba haciendo no tenía sentido. Que había cruzado una línea. Una línea que nunca debí cruzar.

Se quedó en silencio un momento.

—No sabía qué hacer —admitió, con voz rasposa—. Quise irme. Alejarme. Fingir que no había pasado. Pero no pude.

Luigi ladeó apenas la cabeza.

—¿Por culpa? —preguntó, sincero.

Bowser soltó una risa amarga.

—Sí. Por culpa. Porque no soy tan monstruo como para dejar que algo así... quede así...— Río con amargo— ¿No dijiste que no era un monstruo como tal?

Suspiró, y ese suspiro era demasiado humano para alguien que siempre presumía ser fuego y fuerza.

—No vine aquí por ti —soltó de golpe, brusco—. Vine por mí. Para enfrentar lo que hice. Para... —frunció el ceño, como si la palabra le doliera— asumirlo.

Luigi lo observó con el ojo sano.

—Entonces... —susurró— ¿por eso me salvaste?

Bowser se encogió un poco de hombros, incómodo.

—Te salvé porque era lo correcto —dijo al fin—. Y porque no voy a cargar con la muerte de alguien por una explosión mía.

Se incorporó apenas, pero no se fue. Se quedó ahí, como un guardián culpable.

—No esperes que te pida perdón como si fuera fácil —gruñó— pero tampoco voy a dejar que empeores por algo que yo hice.

Luigi respiró hondo.

—No te estoy pidiendo perdón —dijo—. Solo quería saber por qué.

Bowser bajó la mirada.

—Pues ahí lo tienes —respondió—. No hay nada más.

El silencio volvió a caer, pesado. Bowser apoyó un brazo en la cama; no lo tocó, solo se quedó cerca. No por cariño. Por responsabilidad. Por culpa. Porque no quería enfrentarse a la idea de que Luigi empeorara mientras él no estaba.

—No te me mueras —murmuró, casi para sí mismo—. No quiero otra mancha encima por una estupidez mía.

Luigi cerró los ojos, exhausto. Bowser siguió sentado allí. No habló más. No tocó a Luigi. No se acercó demasiado. Pero tampoco se movió. No sabía por qué. Y eso era exactamente lo que le daba miedo.

 Y eso era exactamente lo que le daba miedo

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Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora