Capitulo 27

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Luigi llevaba ya quién sabe cuántas horas—¿días?—con aquella herida ardiendo en su ojo. Al principio creía que sanaría rápido, que solo era el golpe y el susto... pero ahora, con el dolor latiendo como un corazón aparte, comprendía que no mejoraba. Era como si algo dentro de él se hubiera quedado atrapado en ese instante en que Bowser, ciego por la rabia, lo alcanzó. Cada minuto se estiraba hasta convertirse en una eternidad; el aire de la celda se volvía espeso, cargado de un silencio incómodo que Luigi no era capaz de romper.

—Muy extraño que estés callado, fontanero —gruñó Bowser desde la esquina, con la voz más baja de lo habitual, casi como si no quisiera admitir que estaba pendiente de él.


Luigi respiró tembloroso.


—Sé que estás molesto por toda esta situación —murmuró sin levantar la cabeza—. No sé cuántos días llevo aquí, pero..., me siento mal, Bowser. Siento que mi ojo... sangra, y ya no veo bien. No sé qué me está pasando.


Su voz se quebró al final, apenas perceptible, y Bowser no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo, inmóvil, como si la escena lo hubiera detenido por completo. Había algo desagradablemente humano en esa sensación: la culpa se le colaba por la armadura, por las escamas, por la maldita soberbia. No quería sentirla, pero ahí estaba. Antes de su estallido, antes de todo aquel enojo fermentado por el engaño, nunca había querido llegar asi. Luigi era irritante, sí. Un idiota sentimental, sí. Alguien que lo había confundido, engañado y arrancado su esperanza de raíz... sí. Pero verlo así, encorvado, vulnerable, respirando con esfuerzo...


Bowser tragó saliva. No se permitía ese gesto frente a nadie. Porque si algo le pasaba al fontanero... si en serio se estaba deteriorando ahí, delante de él... si ese ojo no volvía a sanar... no era difícil reconocer que su reino estaría en peligro. Mario vendría por él—si es que ya no viene en camino—y sin dudarlo, ya no habría castillo, ni ejército, ni fuego suficiente que pudiera protegerlo de esa furia. Pero ese no era el verdadero problema. El que realmente le dolía admitir era otro: no quería que el idiota se muriera. No así. No por algo que él mismo había causado.

Bowser dio un paso hacia la celda, lento, como si el suelo pudiera romperse.


—Luigi... —lo llamó, pero el nombre se le atoró, extraño, pesado—. ¿Cuánto tiempo llevas sintiendo eso?


Luigi rió sin humor, una risa débil que parecía un suspiro.


—No pensé que te importara.


Y ahí, en ese segundo, Bowser sintió que el golpe era para él: más profundo que cualquier ataque de Mario, más certero que una estrella. Porque sí le importaba. Maldita sea. Le importaba demasiado.

El silencio volvió a caer entre los dos, pero ya no era ese silencio frío de antes, sino uno denso, incómodo, como si cada palabra no dicha pesara más que el aire mismo. Bowser apretó los puños; no sabía si era por frustración, por culpa... o porque Luigi, incluso en ese estado deplorable, seguía afectándolo más de lo que jamás admitiría.


—Tsk... deja de decir tonterías —masculló, aunque su voz falló, rompiéndose en un punto que lo traicionó—. Claro que me importa. No quiero que... que se te pudra la cara o algo.


Un intento patético de disfrazar su preocupación, y Luigi lo notó; lo notó demasiado.


—No es solo mi cara, Bowser —susurró, alzando apenas el rostro. Su ojo sano brillaba de fiebre, de cansancio, de miedo—. Me arde todo el lado izquierdo... y siento que... que me estoy quedando sin fuerza. No puedo dormir. No puedo pensar. Todo duele.


Su voz se quebró de nuevo. Esta vez no la ocultó.

Bowser sintió algo tironearle el pecho, una punzada violenta. No quería acercarse, no quería ceder, pero sus piernas avanzaron por puro instinto. Se arrodilló frente a las rejas, una posición que jamás adoptaría ante nadie más.

—Luigi... mírame —ordenó, aunque sonó más a súplica.


Y Luigi lo hizo, con ese gesto frágil, como si levantar la cabeza fuera un esfuerzo monumental. El ojo herido estaba inflamado, enrojecido, apenas una rendija temblante; tenía un brillo húmedo, no solo de sangre, sino de lágrimas que él mismo no sabía que había dejado caer. Bowser sintió un latigazo de miedo. Un miedo real.


Luigi soltó una risa dolorida.


—No quiero que te mueras aquí —gruñó, pero la frase salió temblorosa—. No por... esto. No por mí.

Luigi parpadeó despacio; se notaba que le costaba mantener la conciencia.


—Entonces... —susurró con un hilo de voz— déjame ir.

Bowser sintió el mundo detenerse. Una frase tan simple, tan justa, tan imposible. Su mandíbula tembló antes de tensarse.

—No puedo —dijo—. No así.


Y no sabía si lo decía porque perderlo sería una sentencia de muerte política... o porque perderlo...

Luigi bajó la mirada, resignado. Su respiración se hizo más lenta, más pesada, su cuerpo se venció un poco hacia adelante, como si la gravedad lo reclamara.


—Entonces... ayúdame, Bowser... —susurró—. Por favor...

Por primera vez, el rey sintió un verdadero pánico, uno que le subió por la espalda como una marea helada. Luigi incluso luego de todo no le había suplicado, y que lo hiciera ahora significaba que el daño era mucho peor de lo que se atrevía a imaginar. Bowser se inclinó hacia adelante con una urgencia que no pudo contener.


—¡Luigi! No te duermas —gruñó, y su voz resonó por toda la celda. Era la voz de alguien que estaba a punto de quebrarse.
Y, por un instante, Bowser sintió que si Luigi cerraba ese único ojo que aún podía ver... no volvería a abrirlo.

Hola a todos, ¡Sobreviví! Ahora sí, oficialmente terminé el semestre

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Hola a todos,
¡Sobreviví! Ahora sí, oficialmente terminé el semestre. La vida adulta me tuvo secuestrada, pero logré salir viva del caos jaja.

Aún tengo un par de pendientes porque así es esto de crecer, pero ya por fin puedo respirar un poquito y volver a aparecer por aquí.

Gracias por la paciencia, por no abandonarme y por seguir acompañándome en este camino lleno de tareas, estrés y cafés fríos.
Prometo traerles más actualizaciones pronto. ✨🫶

Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora