Capitulo 47

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(Perspectiva Bowser)

-¡No te vayas! -gritaba un pequeño-. ¡Papá, dile que no se vaya!

Bowser estaba parado, inmóvil, casi como si estuviera congelado. Observaba la reacción de aquel pequeño humano, su hijo, que parecía estar al borde de las lágrimas. La angustia en su voz resonaba en el aire, y Bowser sintió un tirón en su corazón. Sin embargo, al ver que el no miró atrás, él tampoco lo hizo. Era lo mejor, pensó, Junior se había encariñado con esa figura que estaba a punto de marcharse. ¿Junior? ¿Solo Junior? Esa era la única forma en que lo veía, como un niño que aún no comprendía la complejidad del mundo que lo rodeaba.

-Papá, ¿qué haces? ¡No puede irse! -suplicó Junior, su voz temblando con desesperación.

Bowser ignoró la chillona voz de su hijo. Era la primera vez en su vida que pasaba de largo de Junior, manteniendo la posición fuerte de un rey, como si su orgullo y su deber fueran más importantes que el dolor que sentía en su interior. Sin embargo, oculto tras esa fachada de fortaleza, su corazón apretado, como si una mano invisible lo estrujara con fuerza.

La figura que se alejaba representaba un cambio, una pérdida que Junior no podía comprender del todo. Bowser se sintió dividido entre su papel como rey y su deseo de ser un buen padre. La lucha interna lo consumía, y mientras el pequeño seguía gritando, Bowser se preguntaba si alguna vez podría reconciliar esas dos partes de su vida.

-¡Papá! -gritó Junior una vez más, su voz resonando en el aire como un eco de su angustia.

Bowser se detuvo un instante, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Sabía que debía actuar, pero el miedo a lo desconocido lo mantenía en su lugar. ¿Qué pasaría si se daba la vuelta? ¿Qué pasaría si dejaba que sus emociones lo dominaran? La batalla entre su deber y su amor paternal... y tal vez algo más, y en ese momento, Bowser se dio cuenta de que la verdadera fortaleza no siempre se mostraba en la dureza, sino en la capacidad de amar y proteger, incluso cuando eso significaba dejar ir.

Los días habían pasado y las aguas se habían calmado. El reino se estaba reconstruyendo lentamente, y cada vez que pasaba por la enfermería, una sensación de vacío lo invadía. Se sentía solo, pero esa soledad era una compañera familiar, ¿no era así? Más allá de su aparente desconexión con sus responsabilidades, una ira profunda lo consumía. Estaba enojado, no solo con el mundo que lo rodeaba, sino también con el sonido del viento que parecía burlarse de su sufrimiento, y con el inexorable paso del tiempo que no se detenía, indiferente a su dolor. En cada rincón del reino, recordaba, y esa rabia se entrelazaba con su soledad, creando un torbellino de emociones que lo mantenía atrapado en un ciclo interminable de tristeza y frustración.

-No estoy molesto -su tono de voz lo contradijo, resonando con una intensidad que llenaba el aire, como un trueno que precede a la tormenta-. Estoy ofendido, ¡malditas cartas! ¿Cuánto tiempo hizo eso? ¿semanas? ¿meses? Y después se atrevió a hacerse pasar por el amor de mi vida, -se mordió la lengua cuando lo dijo, como si las palabras pudieran cortarle- con lo bella que es Peach y él... -dijo frustrado, su voz temblando con la carga de sus emociones, cada palabra salía de su boca como un grito ahogado- sé que no parece mucho, pero el hecho de haber respondido un millón de cartas ignoradas y... ¡y maldición! ¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Cómo pudo jugar con mis sentimientos de esa manera?

Kamek lo escuchaba, su mirada fija en Bowser, tratando de entender la tormenta que se desataba en su interior, un torbellino de emociones que lo mantenía atrapado en un ciclo interminable de tristeza y frustración.

-Tampoco quería lastimarlo -continuó Bowser, su voz ahora más suave, casi vulnerable, como si se estuviera desnudando emocionalmente-. Sé que por normalidad soy dañino cuando estoy enojado, pero lo que menos quería era hacerle daño. Y va y pasa toda esta mierda; ahí sí le da por venir al Reino Champiñón, dios... Luego el ataque, otra vez herido, carajo. Junior se encariñó con él, eso tampoco debía ocurrir y... esto es su culpa.

Echarle la culpa era más fácil que enfrentar lo que sentía, que lidiar con la confusión y el dolor que lo consumían, como un fuego que devora todo a su paso.

-¿Cuánto ha pasado desde que se fue? -preguntó Kamek, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos, un silencio pesado que parecía gritar las verdades no dichas.

-Tres meses -respondió Bowser, su voz apenas un susurro, como si cada palabra le costara un esfuerzo monumental.

Se quedó callado, el tiempo había sido tan eterno para Bowser que parecía que habían pasado años, décadas... Cada día se sentía como un siglo, cada hora como un milenio, y la ausencia se sentía como un vacío abrumador que lo devoraba lentamente.

Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora