Una idea loca lleva a Luigi a responder cartas de el temeroso Rey de los Koppas;Bowser,sin esperar que las palabras sinceras en aquellas cartas de aquel "monstruo " serían suficientes para cautivar su corazón.
¿Acaso su corazón indefenso y cautivida...
El tiempo pasó y, así mismo, las heridas se cerraron lo suficiente como para que no hubiera peligro alguno. Ya no había excusas: el momento había llegado más temprano de lo esperado.
Luigi terminaba de ponerse su overol. La habitación de la enfermería estaba tan silenciosa que hasta podías oír un alfiler caer al suelo. Parecía una tortura, ese silencio...
Tomó su gorra y salió de la sala de enfermería. Al levantar la vista, había Koopas a los costados: uno a cada lado, con sus armas en descanso. Al verlo, las levantaron. Luigi atravesó el gran pasillo y, al finalizar, le abrieron la puerta. Allí estaba el carruaje que lo llevaría al Reino Champiñón.
—¡No! —gritó un pequeño dentro del castillo—. ¡No te vayas!
Luigi se detuvo, pero no quería mirar atrás... sin embargo, su corazón le ganó. Al voltearse, vio a Bowser observando a aquel pequeño sin expresión de culpa. Luigi apretó su gorra entre las manos, se la puso cubriéndose la mirada y siguió caminando sin mirar atrás, sin importar cuánto gritara aquel niño.
El carruaje empezó a avanzar. Las ruedas crujían contra la piedra como si el mismo castillo se quejara de dejarlo ir. Luigi no dijo nada. No podía. Sentía el pecho apretado, como si cada metro que se alejaba le arrancara algo que ni siquiera sabía que tenía dentro. El viento golpeaba su rostro: frío, seco, y le movía el flequillo bajo la gorra. Su ojo vendado le molestaba, y el cuerpo todavía estaba débil... pero no era el dolor físico lo que lo hacía temblar.
Era la sensación de haber sido expulsado. De haber sido apartado como si fuera un error que por fin habían decidido borrar.
Luigi se obligó a mirar al frente. No debía mirar atrás. No debía. Pero escuchó otra vez el grito del niño, desgarrando el aire del castillo como una súplica desesperada.
—¡No te vayas!
Y ese grito... era peor que cualquier herida. Porque no era odio. No era enojo. Era miedo. Miedo de perderlo.
Luigi tragó saliva con fuerza, sintiendo la garganta arder. El carruaje siguió avanzando, alejándose del castillo Koopa hasta que las torres empezaron a verse más pequeñas, menos imponentes... como si fueran parte de un mal sueño. Y, sin embargo, Luigi sabía que no lo era. Era real. Todo había sido real. Bowser había sido real. Junior había sido real. Y ese "no vuelvas" también lo había sido.
Luigi apretó los dedos sobre la tela del asiento. Sintió que si soltaba esa presión, si dejaba que su cuerpo se relajara... iba a romperse. No podía llorar. No allí. No cuando todavía podía imaginar la mirada de Bowser clavada en su espalda: una mirada fría, firme... sin culpa. Como si Luigi fuera un problema resuelto. Como si no hubiera significado nada.
Pero entonces, el recuerdo lo golpeó: Junior abrazándolo torpemente, Junior llevándole galletas, Junior diciéndole que quería enseñarle dónde no se caía el castillo. Luigi cerró los ojos con fuerza.
No. No era cierto que no significaba nada. Al menos para alguien... sí había importado.
El carruaje avanzó durante horas. El paisaje cambió lentamente: la roca oscura y los caminos calientes se transformaron en tierra húmeda, en pasto, en árboles más vivos, en flores. El Reino Champiñón se acercaba y Luigi, en lugar de sentir alivio... sintió miedo.
Porque sabía lo que venía. Sabía lo que Mario diría. Sabía lo que Peach pensaría. Sabía que tendría que explicar cosas que ni él mismo entendía todavía. Y lo peor... era que Bowser se quedaría atrás. Para siempre.
Cuando finalmente las murallas del castillo de Peach aparecieron a lo lejos, el corazón de Luigi empezó a latir más rápido, como si su cuerpo supiera que estaba por entrar a un lugar donde no podría esconderse. El carruaje se detuvo. Los guardias se acercaron de inmediato. Algunos Toads corrieron al verlo, y el murmullo se expandió como una ola.
—¡Es Luigi!
—¡Volvió!
—¡Está vivo!
La puerta del castillo se abrió. Peach apareció primero. Su rostro estaba serio, pero en sus ojos había algo roto... algo que no se decía con palabras. Mario lo miró de arriba abajo, como si buscara heridas nuevas.
—Luigi... —dijo, y su voz sonó más dura de lo normal.
Luigi tragó saliva.
—Hola...
Peach dio un paso adelante.
—Te quedarás en la enfermería del castillo mientras termina de sanar tu ojo. —Pasó saliva con dificultad—. Tenemos que volver a la normalidad ahora que el Reino Koopa se mantendrá alejado de aquí... gracias por volver.
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