Capítulo 41

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Finalmente, Luigi despertó.

No fue de golpe.
No hubo un sobresalto ni palabras heroicas.
Solo un suspiro más profundo de lo normal... y luego otro.

Sus dedos se movieron primero, apenas un reflejo débil. Sus cejas se fruncieron con esfuerzo, como si el mundo pesara demasiado incluso antes de abrir los ojos.

—Luigi... —murmuró Bowser, incrédulo.

El nombre pareció anclarlo.

Luigi parpadeó.
Una vez.
Dos.

La luz le dolió. Todo le dolía.

—Ah... —su voz salió rota, apenas un hilo de aire—. ¿Estoy...?

Intentó incorporarse y el dolor lo atravesó de inmediato. Un gemido escapó de su garganta antes de que pudiera detenerlo.

—No te muevas —ordenó Bowser con una firmeza extraña, distinta—. Quieto.

Luigi giró el rostro con dificultad... y lo vio.

A Bowser.
A Mario.
A Peach.
A médicos, guardias... demasiadas caras.

Y entonces, más abajo.

—¿Junior...? —susurró.

El niño ya estaba junto a la camilla.

—¡Papá! —dijo con la voz quebrada, aferrándose al borde—. Despertaste...

Luigi sonrió apenas. Fue una mueca débil, cansada, pero real.

—Hey... —murmuró—. Estás bien...

Junior asintió con fuerza, intentando no llorar, pero eso era imposible; las lágrimas cayeron de nuevo.

—Estoy bien... porque tú... —No terminó la frase. Se inclinó y lo abrazó con cuidado, como si Luigi fuera de cristal.

Luigi cerró los ojos un segundo, respirando con dificultad, pero levantó una mano temblorosa y la apoyó sobre la cabeza del niño.

—Entonces... valió la pena... —susurró.

Bowser se giró bruscamente.

—No vuelvas a hacer una locura así —gruñó, con la voz cargada de algo peligroso—. Nunca.

Luigi abrió el ojo bueno y lo miró, confundido.

—¿Ganamos...? —preguntó—. ¿Se detuvo todo...?

El silencio fue la respuesta.

Mario dio un paso adelante, la voz rota.

—Se detuvo porque tú lo hiciste, Lu.

Peach bajó la cabeza.

—El ataque cesó. No habrá más combates —dijo—. No después de esto.

Luigi respiró hondo, como si esas palabras soltaran un peso invisible de su pecho.

—Bien... —murmuró—. Eso es... bueno.

Bowser se acercó a la camilla. No rugió. No amenazó. Solo habló.

—Mi hijo está vivo por ti —dijo—. Gracias...

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—Te debo más de lo que puedo pagar.

Luigi lo miró con cansancio, pero sin miedo.

—No me debes nada —respondió—

Junior apretó más fuerte su mano.

—Y... y cuando te cures... hacemos galletas.

Luigi soltó una risa muy suave que terminó en tos.

—Trato hecho...

El monitor siguió sonando, constante.

Pero ya no marcaba peligro.

Marcaba vida.

Marcaba vida

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Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora