Capitulo 46

119 17 13
                                        

—Si me lo permite, princesa... prefiero estar en casa —dijo Luigi, sin mirarla demasiado—. No estoy cómodo en una enfermería. Vendré a diario para una revisión.

Peach y Mario no respondieron de inmediato. Ambos se quedaron quietos, como si ese "prefiero estar en casa" hubiera sido una frase demasiado suave para esconder algo que gritaba por dentro. Luigi lo notó, pero no tenía energía para sostener sus miradas. Peach apretó las manos frente a su vestido y asintió lentamente.

—Está bien... —dijo al fin, tragando saliva—. Pero si empeoras, Luigi, prométeme que regresarás.

Luigi solo asintió. No dijo "lo prometo", porque en su cabeza no había promesas, solo una sensación extraña de estar caminando por un lugar que ya no reconocía.

El trayecto a casa con Mario fue silencioso. Ni siquiera el ruido del camino parecía real. Luigi sentía el cuerpo débil, sí, pero su mente estaba peor. Era como si algo dentro de él estuviera a punto de reventar y lo único que lo mantenía unido era el esfuerzo de no pensar.

Cuando entró a su habitación, el golpe fue inmediato. Todo seguía igual. Todo. Como si él nunca se hubiera ido. Como si no hubiera vivido nada. Como si la ausencia no hubiera sido más que un mal sueño.

Su escritorio estaba intacto. Las hojas seguían allí, ordenadas. La pluma, el tintero. Y, encima, el papel que había dejado para continuar aquellas cartas.

Luigi lo miró unos segundos, inmóvil.

Luego lo tomó.

Lo arrugó con rabia.

Y lo arrojó al tacho de basura.

El papel cayó con un sonido seco, definitivo. Luigi se dejó caer en la cama y se cubrió el rostro con el brazo. Sentía que su cabeza iba a estallar.

¿Estrés?

¿La herida?

¿El golpe?

No.

Era otra cosa.

Algo que no se curaba con vendas.

—Lu...

La voz de Mario apareció desde la puerta.

Luigi no respondió. Se quedó dándole la espalda, como si mirar a Mario fuera admitir que había regresado, como si hablar fuera aceptar que lo habían devuelto a un lugar que ya no era suyo.

Mario no insistió al principio. Cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie unos segundos, observándolo. Luigi sintió su presencia como un peso en el aire.

—No tienes que responder —dijo Mario al fin—. Solo... escúchame.

Luigi permaneció quieto.

Mario caminó hasta la cama y se sentó en el borde. El colchón se hundió un poco bajo su peso.

—Quiero decirte algo antes de que lo pienses tú solo y te hagas pedazos —dijo Mario—. No estoy enojado contigo. No estoy ofendido. No estoy herido... por ti.

Luigi cerró los ojos con fuerza.

Mario respiró hondo.

—Sí, me asusté. Me desesperé. Y sí... pensé cosas horribles. Pensé que te habían matado, pensé que ya no volvería a verte. Y cuando regresaste, lo primero que quise fue... sacarte de ahí, arrancarte de ese lugar como si fuera veneno.

Luigi tragó saliva.

Mario bajó la voz, más serio.

—Pero luego te vi en el carruaje. Te vi bajar. Y no estabas... como antes. No eras solo Luigi "lastimado". No eras solo mi hermano herido. Tenías otra cara.

Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora