Capítulo 37

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Bowser y los guardias fueron los primeros en reaccionar. Con manos desnudas y garras temblorosas comenzaron a apartar los escombros más grandes, ignorando el dolor, el polvo incrustado en la piel, el peso imposible de la culpa.

—¡Junior! —llamó Bowser, con la voz rota—. ¿Junior, estás bien?

El niño tosió, asustado, pero consciente. Tenía raspaduras en los brazos, algo de sangre seca en la ropa, nada más. Nada que justificara el horror que acababa de ocurrir.

—Estoy... estoy bien —dijo, temblando—. Papá...

Pero sus ojos no buscaban a Bowser.

—Luigi... —murmuró.

Bowser miró hacia abajo.

Luigi estaba pálido, demasiado quieto. Su respiración era irregular, superficial, como si cada aliento fuera una decisión dolorosa. La sangre seguía manando de su ojo y de pequeñas heridas invisibles bajo la ropa verde. Su cuerpo parecía rendirse por partes.

—Luigi —dijo Bowser, arrodillándose junto a él—. Mírame... por favor.

Luigi parpadeó con dificultad. Tardó en enfocar.

—Junior... —susurró.

Con un esfuerzo que nadie entendió cómo todavía podía hacer, Luigi incorporó apenas el cuerpo. Sus brazos temblaban sin control cuando tomó al niño y, con una lentitud dolorosa, se lo entregó a su padre.

—Tómalo... —jadeó—. Está... está bien...

Bowser recibió a su hijo con cuidado reverente, como si temiera romper algo más.

—Lo siento... —continuó Luigi, la voz apagándose—. Esto... esto no debía pasar...

Cada palabra parecía arrancada de sus pulmones.

—Intenté... detenerlo... —tragó saliva, el dolor reflejado en cada gesto—. Perdon... me... equivoqué...

Su cabeza cayó hacia un lado.

El cuerpo de Luigi cedió por completo y se desplomó entre los restos del castillo.

—¡LUIGI! —gritó Mario, llegando hasta él— ¡NO, NO, NO!

La princesa se quedó inmóvil, mirando la escena como si recién entonces entendiera el alcance de sus órdenes. Sus manos temblaban.

El silencio que siguió no fue de guerra.

Fue de culpa.

Todas las miradas se dirigieron al Reino Champiñón. A las armas aún humeantes. A los proyectiles incrustados en la piedra. A Mario, de rodillas junto a su hermano, con las manos manchadas de sangre que no había querido escuchar.

Bowser no gritó.

Eso fue peor.

Sostuvo a Junior contra su pecho y miró al campo con los ojos vacíos.

—Llévenselo —ordenó, con una voz baja, quebrada—. Y váyanse.

Nadie se movió de inmediato.

—¡Váyanse! —rugió entonces— ¡Esto... esto es su culpa!

El Reino Champiñón retrocedió, uno a uno, cargando un peso que no podría dejar atrás.

Entre los escombros de un castillo herido, Luigi yacía inconsciente.

Y por primera vez, la victoria sabía a vergüenza.

Y por primera vez, la victoria sabía a vergüenza

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Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora