Capítulo 42

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La recuperación no fue rápida.
Ni limpia.
Ni sencilla.

Luigi despertaba y volvía a dormirse, como si su cuerpo aún no estuviera convencido de quedarse. Cada respiración profunda le dolía; cada intento de mover los dedos era un recordatorio del peso que había cargado. El ojo seguía cubierto, la espalda rígida, el pecho vendado. Había días en los que apenas podía hablar, y otros en los que el silencio le pesaba más que el dolor.

Pero estaba vivo.
Y eso lo cambiaba todo.

Mario se sentaba a su lado todas las mañanas. No siempre hablaba. A veces solo estaba ahí, sosteniendo el borde de la cama, como cuando eran niños y Luigi se enfermaba y él fingía no tener miedo.

—Vas mejor —le decía—. Lo dicen los médicos... y yo también lo creo.

Luigi sonreía débilmente.

—Siempre fuiste malo mintiendo, hermano.

Mario tragaba saliva y no respondía.

Se levantó en cuanto la princesa entró a la enfermería.

—Lu... ¿qué fue lo que pasó de verdad? —preguntó con cuidado—. Necesitamos entender. No es posible que hayas hecho todo esto por ese reino... sin ofender.

Antes de que Luigi pudiera responder, una presencia pesada llenó la habitación.

Bowser estaba en la puerta.

Peach se tensó al instante. Mario dio un paso adelante por instinto.

—No —dijo Luigi, con un hilo de voz, pero firme—. Quédate.

Los tres lo miraron.

—Tiene que estar aquí —continuó—. Si no... nada va a tener sentido.

Bowser cerró la puerta detrás de sí. No se acercó. Se quedó de pie, como si no se creyera con derecho a avanzar.

—Habla —dijo Mario—. Todos estamos aquí.

Luigi respiró hondo, ignorando el dolor que le atravesaba el pecho.

—Las cartas... —empezó—. Todo empezó con las cartas.

Peach bajó la mirada.

—Yo las ignoré —admitió—. Siempre.

—Lo sé —respondió Luigi—. Y por eso... por eso las leí yo.

El silencio fue absoluto.

Mario lo miró, incrédulo.

—¿Qué...?

—Fui yo —continuó Luigi, con la voz quebrándose—. Yo respondí la primera carta. Y la segunda. Y todas.

Mario dio un paso atrás, escéptico.

—Luigi...

—No lo hice para burlarme —se apresuró a decir—. Ni para engañar por diversión. Lo hice porque nadie merecía que sus palabras se quemaran sin ser leídas.

Bowser apretó los puños.

Luigi lo miró directamente.

—Las palabras eran mías. Los sentimientos... eran reales. Solo usé tu nombre porque pensé que era la única forma de que alguien escuchara a Bowser sin atacarlo.

Bowser dejó escapar un suspiro largo, cansado.

—Me enamoré de alguien que no existía... —dijo—. Y luego de las cartas, la supuesta princesa fue invitada a mi castillo. Y viniste tú. Disfrazado.

Luigi cerró los ojos.

—Ahí fue cuando todo se rompió —admitió—. Porque ya no sabía cómo detenerlo. Porque pensé que si cargaba yo con la mentira... nadie más saldría herido.

Mario se llevó una mano al rostro.

—Lu... debiste decírmelo.

—Debí quedarme —susurró Luigi—. Debí hacer caso. Debí detenerme cuando aún podía.

Peach habló por fin, con la voz baja.

—¿Por eso fue el ataque? ¿Porque lo descubriste?

Bowser y Luigi se miraron un momento. Luego, asintieron.

—Sé que todo se salió de control —continuó Luigi—. Pero estaba agotado de vivir bajo el seudónimo de ser solo el hermano de Mario. Quería una voz... y tal vez no la busqué de la mejor forma, pero alguien finalmente me escuchó. Y yo también quise escuchar.

Hizo una pausa.

—Estuvo mal hacerme pasar por la princesa. Estuvo mal esconderlo. Sé que estuve mal. Ya no puedo remediar lo que hice. Lo siento... a todos. No esperaba que esto llegara a este punto.

Bowser dio un paso adelante.

— Nunca quise que nadie sangrara. Ni tú. Ni Junior. Ni Peach. Ni Mario.

El silencio que siguió no fue violento.
Fue triste.

Mario fue el primero en hablar.

—Entonces ahora sabemos la verdad —dijo—. Toda. Y no podemos deshacerla.

Peach asintió.

—Pero podemos decidir qué hacer con ella.

Bowser cerró los ojos.

Y por primera vez desde que todo comenzó, nadie gritó.
Nadie atacó.

Solo quedaron ahí... respirando sobre los restos de una mentira que nació del cuidado y terminó en fuego.

Luigi volvió a cerrar los ojos, exhausto.

Pero esta vez...
no estaba solo.

no estaba solo

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Indefenso - Jessica  Castillo  (Lemon)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora