Una idea loca lleva a Luigi a responder cartas de el temeroso Rey de los Koppas;Bowser,sin esperar que las palabras sinceras en aquellas cartas de aquel "monstruo " serían suficientes para cautivar su corazón.
¿Acaso su corazón indefenso y cautivida...
Todo quedó en silencio, como si incluso la guerra hubiera contenido el aliento. Desde las murallas, Bowser lo vio con claridad brutal: el derrumbe cedía, la piedra fracturada descendía directo hacia su hijo.
—No... —susurró.
—No... —dijo Luigi al mismo tiempo, aunque estaban separados por muros, humo y enemigos.
El mundo volvió de golpe.
Luigi forcejeó con una desesperación que ya no conocía límites. Se retorció, golpeó, empujó. Un codazo mal dirigido impactó el rostro de un guardia. Se oyó el crujido seco.
El hongo cayó con un quejido ahogado, la nariz rota.
Ese sonido, doloroso, fue lo que finalmente hizo que todos miraran.
—¡Luigi! —gritó Mario.
La venda de su ojo cedió y cayó al suelo. La piel, aún frágil, no soportó la tensión. La sangre comenzó a correr, roja y viva, bajándole por la mejilla. El mareo lo golpeó, pero no se detuvo.
La princesa abrió los ojos, horrorizada.
—Luigi, estás sangrando...
—¡Lu, detente! —Mario avanzó hacia él—. Déjanos ver
Luigi los empujó con una fuerza desesperada, torpe, casi animal.
—¡No! —gritó— ¡Junior!
Y empezó a correr.
Cada paso era un latigazo. El suelo vibraba. El aire quemaba los pulmones. El ojo le ardía como si se lo estuvieran arrancando de nuevo. Pero no se detuvo.
—¡Junior! —rugió Bowser desde lo alto, la voz rota, irreconocible.
Luigi lo vio.
Vio al niño paralizado, pequeño en medio del caos, mirando al cielo que se abría sobre él. Vio el terror puro en sus ojos.
—¡Luigi, vuelve! —gritó Mario.
No escuchó.
Saltó entre escombros. Tropezó. Cayó de rodillas. Se levantó otra vez. El dolor ya no era algo que pudiera identificar; era todo su cuerpo gritando a la vez.
El derrumbe comenzó.
Bowser descendía de las murallas como una bestia fuera de sí, pero estaba lejos. Demasiado lejos.
Luigi llegó primero.
No hubo tiempo para pensar.
Se lanzó sobre el niño y lo cubrió con su cuerpo, encorvándose, apretándolo contra su pecho con una fuerza casi desesperada.
—¡Te dije que volvería! —alcanzó a decirle—. ¡Cierra tus ojos!
La piedra cayó.
El impacto fue brutal.
El golpe le arrancó el aire de los pulmones. Algo crujió en su espalda. El dolor fue tan intenso que se volvió blanco, absoluto. Sentía el peso aplastándolo, la piedra raspándole la piel, los escombros clavándose en sus brazos.
Luigi soportó.
Su cuerpo temblaba, espasmos involuntarios mientras hacía lo imposible por no soltar al niño. Cada respiración era un castigo. La sangre seguía cayendo de su ojo, mezclándose con polvo y sudor.
—¡Luigi! —gritó Mario desde algún lugar lejano.
—¡Junior! —rugió Bowser, con una desesperación que heló a todos.
Cuando el polvo empezó a asentarse, el campo quedó en un silencio antinatural.
Entre los escombros, una figura verde permanecía arrodillada, encorvada, inmóvil.
Luigi respiraba a duras penas. Cada inhalación era un dolor nuevo. Sus manos temblaban, pero no se abrían.
Protegía algo.
Protegía a alguien.
Bowser llegó primero. Se quedó paralizado al verlo.
Luigi levantó la cabeza apenas. Su rostro estaba cubierto de sangre y polvo. Su ojo abierto era puro dolor.
—Shh... —susurró, con la voz rota—. Estoy aquí... ya pasó...
Entre sus brazos, Bowser Jr. seguía allí,se aferraba Luigi llorando.
Vivo. Ileso.
Bowser cayó de rodillas.
La guerra, en ese instante, murió.
No por una orden. No por una victoria.
Murió porque alguien eligió soportar cada hueso roto, cada quemadura de aire y cada latido de miedo, cargando sobre sí todo el dolor del mundo para que un niño pudiera seguir respirando.
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