Corría sin dejar de reír, aunque no lograba alcanzar a ninguno de los demás niños le gustaba jugar a atrapar, siempre que podía encontraba con quien jugar y casi siempre jugaban a atrapar, el palacio estaba lleno de niños, no como en el castillo del abuelo Oscar, donde había pocos niños, pero aquí había muchos con los que jugar. Escucho las campanas mientras corría detrás de Orin y Luan tenia que atrapar a alguno de ellos para que así no estuviera maldita y el atrapado debía correr tras los demás para dejar de estar maldito, Orin y Luan eran los hijos de uno de los caballeros del palacio, entonces se acerco a ella el caballero de yelmo alado, que era su tío Talon.
- Debemos ir a prepararla princesa - dijo mientras se ponía en cuclillas frente a ella.
- ¿Porque? - pregunto mientras Orin y Luan observaban a lo lejos al darse cuenta de que ya no los perseguía.
- Su padre esta por llegar a la ciudad - dijo Talon con una sonrisa - ¿quiere verlo?.
Miriel asintió varias veces mientras se llevaba las manos al pecho.
- Si - grito emocionada, hacia mucho que su padre se había ido - y quiero mostrarle a Saltitos, voy a buscarlo.
Talon se levanto rápidamente para correr tras ellas y mientras reía escuchaba como su tío tropezaba con uno de los sirvientes. Había dejado a Saltitos en el establo a cuidado de Goren el cuidador de caballos que le dijo que podría hacerle un espacio en una esquina. Mientras corría muchos de los sirvientes la saludaban con una sonrisa y ella como siempre levantaba la mano al correr.
- Con cuidado princesa - dijo Caron uno de los sirvientes mientras reía.
Pero no le importo, su tío seguía gritando detrás de ella, pero a Miriel no le importaba, incluso aunque gritara sabia que su tío nunca se enojaba realmente con ella siempre que la alcanzaba sonreía y la levantaba para hacerla girar, por eso también le gustaba escapar de los caballeros, solían atraparla y hacerla girar en el aire igual que lo hacia su padre cuando jugaba con ella.
Cuando cruzo la puerta donde terminaba el pasillo se encontró con mucha gente en el patio principal del palacio. Muchos soldados montaban guardia en las torres y murallas, formaban un gran rectángulo de hombres armados con escudos y lanzas, llevaban cotas de malla brillantes y capas azules y doradas. Impresionada escucho como los hombres gritaban y alzaban sus lanzas al cielo mientras que a lo lejos escucho cuernos de guerra, los mismos que los hombres del norte nevado hacían sonar para hacerla reír, le encantaba ese sonido fuerte y los gritos de los hombres. Se dirigió hacia los establos para buscar a Saltitos, pero estaba del otro lado de los hombres armados, así que paso entre las piernas de algunos que bajaron la mirada para ver.
- ¿Princesa? - pregunto una voz familiar era Wuelf uno de los guardias que solía regalarle manzanas - ¿Qué hace aquí?.
- Voy a buscar a Saltitos para mostrárselo a papa - dijo echando a correr en dirección al establo.
- Espere - dijo Wuelf avanzando.
Pero Miriel ya estaba en medio del gran cuadrado de hombres armados y entonces escucho caballos, la emoción fue tanta que se detuvo para verlos, del otro lado del gran puente levadizo surgieron grandes caballos negros, blancos y marrones, eran grandes y hermosos. Los hombres que iban sobre ellos vestían de negro y llevaban lanzas, Miriel se quedo allí de pie maravillada observando como los caballos veloces comenzaban a rodearla y la esquivaban, se aparto aterrada porque los caballos trotaban a su alrededor y sus largas piernas casi la tocaban. Vio como uno de los hombres se detenía justo frente a ella y la observaba desde arriba con una sonrisa en los labios. Era alto y de cabellos negros con mechones grises y sus ojos verdes intensos, al ver los ojos verdes sonrió y corrió mientras el hombre bajaba del caballos, corrió hasta sujetarlo de la pierna con fuerza.
- ¡Papa! - grito ante los gritos de todos.
Sintió que la agarraban de debajo de las axilas y tiraban con fuerza hacia arriba y se encontró en los brazos de su padre. Le dio un beso en la cabeza mientras la apretaba contra su pecho. Olía a metal, a cuero y polvo. Sonrió cuando su padre la aparto para verla, la mantenía sujeta con ambas manos bajo sus axilas.
- Dioses - dijo mientras la hacia girar - pero como has crecido.
Miriel no pudo evitar gritar de emoción y vio como su padre la miraba, ojos verdes como esmeraldas coloco sus manos en el rostro de su padre que sonreía con sus blanca dentadura.
- ¿Te has portado bien? - pregunto.
- Si - dijo y recordó a su madre - pero mama tiene una panza enorme, come mucho y a veces grita.
Su padre rio por lo alto y camino con ella en brazos hasta reunirse con sus hombres. A su alrededor vio a los soldados que impedían que nadie se acercara a su padre y sus hombres mientras estos bajaban de sus caballos y los entregaban, por el puente avanzaban muchos mas hombres y mujeres, pero iban a pie.
- ¡Lord Consorte! - dijo una voz cerca y su padre aparto por primera vez sus ojos verde de ella, lo que no le gusto, le gustaba que su padre la mirara.
- Talon - dijo su padre con emoción - ¿Cómo estas amigo mío?.
- La princesa - dijo mientras parecía respirar un poco entrecortado - se me ha escapado, se supone que debía llevarla a que la vistan y preparen de forma mas adecuada para la ocasión.
- ¿Mas adecuada? - pregunto mientras fijaba su mirada en ella de nuevo y los ojos verdes brillaron, Miriel se observo, estaba llena de tierra, con hojas y pétalos en el pelo - pero si esta perfecta así como esta.
Abrazo por el cuello a su papa y le saco la lengua a Talon que parecía algo molesto, pero sonrió y se dio media vuelta.
- Ahora - dijo su padre mirándola de frente - vamos a ver la gran panza de tu mama.
- Si - dijo mientras avanzaba y se dio cuenta de que todos los hombres de armadura negra formaban filas detrás de ellos y que avanzaban en dirección a las grandes puertas del salón donde su madre se sentaba con la corona.
Abrazo a su padre con mas fuerza y este le acaricio la espalda con su gran mano, dejo escapar lagrimas que se seco con la piel de la capa de su padre.
- Tranquila hija - dijo mientras le sujetaba la cabeza - ya estoy en casa, ya estoy en casa.
Extraño a su papa, intentaba no extrañarlo con su madre enfrente, porque cuando lloraba su madre lloraba, pero siempre buscaba entre las estatuas del palacio alguna que fuera la de su padre, como la que había en la casa del abuelo Oscar, pero no había estatuas de su padre allí por lo que no podía verlo nunca. Ahora podía abrazarlo y ver sus ojos verdes, los mismos que ella tenia y que la hacían sentir orgullosa, porque todos siempre le decían:
- Tienes los ojos de tu padre pequeña, los ojos del gran Andros Whitewood, ojos tan verdes no son comunes.
Y siempre le acariciaban la cabeza y le daban regalos cuando decían eso. Amaba sus ojos verdes, porque eran los ojos que su padre le había dado.
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La Nueva Sangre
FantasyTercer Libro y ultimo de la saga. Primero Leer El Consorte y La Reina, después Legitima y finalmente este libro. La Reina Maria dedica sus esfuerzos a restaurar su reino luego de la guerra contra el Usurpador y consolidar la paz, mientras que Andros...
