34

17 2 4
                                        

Mientras que el consorte se perdía en los bosques del reino en busca de presas dignas de dedicar a sus recién nacidos príncipes, Heron que había sido invitado para cazar y cuidar de las lanzas reales, estaba en la tienda del consorte impaciente por saber cuando llegaría su esposa. Heron estaba luchando constantemente con el deseo de irse de allí, no le gustaba la cacería, usaba las armas, eso era verdad, pero disparar una flecha a un pobre ciervo indefenso no le gustaba en lo más mínimo.

- ¡Heron! - escuchó que decía uno de los guardias de la entrada, era un hombre joven y enérgico de aspecto desalineado, con la barba mal afeitada pero con ojos que sonreían siempre con un brillo infantil, pero todo eso se desvanecía cuando observabas debajo de su mentón y veían las horribles cicatrices que tenia en el cuello, causados según el por las púas de una maza de guerra glauma en la guerra del norte, cicatriz que mostraba con orgullo.

Heron se acercó a la entrada y vio que frente a la tienda un par de hombres arrastraban un gran oso de pelaje gris y se quedo sorprendido por el tamaño de la bestia. 

- ¿Quien cazo a esa cosa? - pregunto a Luvan, el guardia de la cicatriz en el cuello.

El guardia sonrió y señalo con su lanza. Vio entonces que lo que le estaba señalando era a una mujer que sonreía mientras algunos hombres la levantaban en sus hombros y celebraban. Heron reconoció al instante a la mujer, sus ojos azules, su largo cabello rojo y enmarañado, sus ropas de cuero y llevaba colgando del hombro un carcaj con flechas, era su esposa.

- ¡Casia! - gritó mientras se acercaba ignorando el enorme cuerpo de la bestia y a los hombres que lo arrastraban.

Los hombres que rodeaban a su esposa se voltearon a verlo y parecieron asustarse por alguna razón, quizá vieron el auténtico tamaño del oso, pero bajaron a su esposa rápidamente y retrocedieron para abrirle paso, su esposa por su parte lo miro extasiada por la cacería, eso era lo que le gustaba hacer cuando estaba libre en los nuevos campos que eran su propiedad ahora.

- ¡Amor mio! - dijo su esposa con una sonrisa llena de diversión, pero al acercarse notó que su esposa se ponía algo incomoda.

- ¿Qué ocurre? - le pregunto a su esposa preocupado y entonces pareció que se tranquilizo.

- Lo siento - dijo mientras sonreia timidamente, eran pocas las veces que sonreía así, y esas eran las más adorables de todas, aquellas sonrisas inocentes que su esposa solía dedicarle solo a él.

Heron se giró a ver a los hombres y vio que se daban la vuelta y se alejaban rápidamente. Noto entonces que quizá era el mismo el que los incomodaba y se revisó el rostro buscando quizá manchas de carbón, a veces pasaba por alto el lavarse el rostro después de trabajar en la forja.

- ¿Acaso tengo algo en la cara? - preguntó mientras se revisaba el rostro.

Las manos de su esposa encontraron las suyas y vio que ahora sonreía con picardía.

- No - dijo con una risa preciosa - tu cara está perfecta, aunque por un momento no parecías un simple herrero, parecías la encarnación de Marte en persona.

Heron no entendió nada de lo que hablaba su esposa. 

- ¿Porque lo dices? - pregunto algo preocupado.

- Que cuando gritaste mi nombre y te acercaste de esa forma - dijo algo nerviosa pero alegre - creía que quizá estabas celoso de que estos hombres se me acercaran y la verdad es que no eres para nada bajo - siguió diciendo con una sonrisa mientras se apretaba contra su cuerpo y apoyaba su cabeza en su pecho - menos mal que eres herrero y no soldados, si lo fueras harias que más de uno se cagara encima.

Heron se sorprendió por lo que escuchaba.

- Pero yo no sería capaz de golpear a nadie - dijo apoyando sus manos en la espalda de su esposa.

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: 4 days ago ⏰

¡Añade esta historia a tu biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

La Nueva SangreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora