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Abandono el campamento únicamente acompañado por una docena de sus mejores combatientes y con Aurelio a su lado, Lucius se encargaría de liderar a las tropas en su ausencia, aunque las ordenes que le dejo Rowan eran las de mantener bajo asedio la colina y de vez en cuando lanzar escaramuzas con arqueros que acosaran a los defensores y se retiraran rápidamente, de esa manera el enemigo no esperaría lo que Rowan tenia planeado hacer.

- Cuando lleguemos a la aldea - dijo a sus hombres - no quiero que cometan errores, solo desenvainen las armas de ser completamente necesario.

- ¿No seria mejor simplemente atacar rápido y con fuerza para acabar con esto? - pregunto Aurelio.

- Nada de eso - dijo Rowan si apartar la mirada del camino que recorrían, llevaban armaduras sencillas y poco dignas de su rango, preferían parecer mercenarios o bandidos que caballeros de Alban - quiero a Ancano vivo para que responda a mis preguntas y si consigo que se rinda sin luchar mucho mejor para nosotros.

- Pero matarlo seria mas sencillo - se quejo uno de sus acompañantes - ya nos ha causado demasiado problemas.

- Si lo asesinamos - dijo Rowan deteniendo la marcha y mirando al caballero - se convertirá en un puto mártir, como su rey, un valiente y honorable hombre asesinado a sangre fría por los invasores, lo que menos necesitamos ahora es que los hombres de La Urna se levanten de forma masiva contra nosotros y Ancano en nuestras manos puede significar una oportunidad de paz mas duradera.

No hubo mas dudas o quejas ante las decisiones de Rowan, la aldea a la que se dirigían se encontraba a un día entero de viaje y tenían que hacer el viaje de tal manera que cualquier explorador enemigo creyera que ellos venían de cualquier parte menos de su campamento, por eso estaban haciendo un rodeo de varios kilómetros hacia el oeste, luego al norte y así llegar a la aldea por el norte sin que nadie sospechara quienes eran en realidad.

- El pueblo se encuentra del otro lado de este colina - dijo Aurelio cuando detuvieron la marcha - no logramos ver nada que delatara la presencia de tropas, pero no por eso significa que este indefenso.

- ¿Qué tan grande es el pueblo? - pregunto Rowan mientras recibía un pedazo de pan y de carne seca de las alforjas que llevaban.

Aurelio se sentó frente a el, estaban junto al camino querían tener a los caballos descansados por si era necesario escapar del pueblo.

- Según lo que se pudo ver - dijo antes de beber un poco de agua - deben tener unas treinta casas, la mayoría esta algo disgregada entre los campos y el bosque donde vi talleres de leñadores y artesanos, pero hay una concentración en la plaza central donde debe haber unas doce casas, de las mas grandes y quizá una posada por el tamaño del poblado.

- Eso no descarta la presencia de tropas - dijo mientras se levantaba y caminaba ante la mirada de sus hombres - puede que incluso los campesinos sean parte de sus tropas, si no porque se habría estacionado aquí y no en otros pueblos mas fáciles de defender.

- Quizá supuso que nadie vería a este pueblo como su posible centro de mando - dijo Aurelio - personalmente no lo esperaba cuando vi al jinete entrar y salir con las ordenes de su comandante.

Rowan se quedo meditando de pie mientras sus hombres comían y afilaban sus espadas para que estuvieran listas para derramar la sangre de cualquiera que se interpusiera en su camino. Había traído a los mejores que tenia, cada uno de ellos podría valer tranquilamente por cinco enemigos, montados serian mortíferos como ninguno y lo mas importante, sabían luchar juntos, llevaban toda la campaña luchando hombro con hombro, entre ellos también estaban los caballeros del Principado que su señor le había enviado como apoyo, habían resultado ser mas impresionantes de los que hubiera imaginado, para alguien como el que se había criado entre los mejores caballeros de todo Alban, reino conocido desde hacia siglos por la calidad de sus caballeros, quedo abrumado al verlos luchar con una brutalidad y salvajismo frio con completa indiferencia por la vida de sus enemigos, pero con el honor tan alto como para perdonar la vida de heridos, solo por el hecho de acabar con los que realmente podían luchar contra ellos, no se detenían a rematar o a saquear los cuerpos de los muertos, eran hombres de guerra y sabían como matar hasta creía verlos sonreír ante la muerte.

La Nueva SangreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora