Capitulo 50

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La velada iba pasando demasiado tranquila hasta que una mujer llega a irrumpir la mesa de los enamorados 

Aun no creo que sigas siendo el mismo de hace años - termina el bocado que tenia en la boca 

No te equivoques Altagracia he cambiado pero aun en mi hay cosas que nunca cambian - tomo un sorbo de mi copa - Uno de ellos eres tu 

Lo miro confundida - Yo? 

Suelta una risita sarcástica - Si, tu - deja la copa en la mesa - Eres un gusto que jamas podré quitarme de encima 

Vaya vaya - los interrumpe una mujer de unos 45 años - Navarrete, no pensé que olvidaras tan rápido a Eleonora 

Josefina - dice el moreno - No pensé encontrarte aquí... Bueno no pensé encontrarte nunca 

Josefina arqueó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho. Su vestido azul oscuro resaltaba su porte elegante, pero la dureza de su mirada delataba la tormenta que se escondía detrás de su voz - ¿Y qué te hace pensar que puedes seguir jugando con la memoria de Eleonora como si nada? - espetó con frialdad.

Navarrete suspiró pesadamente y apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos - No es así, Josefina. No hables de lo que no entiendes.

Altagracia miraba la escena en completo silencio, sus ojos saltando entre los dos, sintiendo la tensión aumentar con cada palabra.

¿Lo que no entiendo? - Josefina dejó escapar una breve carcajada sin humor - Entiendo perfectamente que sigues siendo el mismo cobarde de siempre.

El moreno entrecerró los ojos, pero no dijo nada. Altagracia decidió intervenir.

Mire señora yo no se quien sea usted pero al parecer usted tampoco sabe quien soy yo así que le recomiendo que se vaya y me deje a mi y a mi esposo disfrutar de lo que nos queda de nuestra comida 

Ni la muerte de Eleonora respetan, son unos.... 

Josefina es mejor que te retires si no quieres que seguridad te saque - agrega el moreno 

La señora solo se va. El silencio que quedó tras la partida de Josefina era espeso, casi sofocante. Altagracia sintió que el aire del restaurante se volvía más denso mientras miraba a Navarrete fijamente.

¿Vas a explicarme o prefieres que también me marche? - preguntó con voz firme, cruzando los brazos.

Navarrete suspiró y se pasó una mano por el rostro, como si aquel encuentro le hubiera drenado toda la energía. Finalmente, levantó la mirada y la sostuvo en la de su esposa - No quiero mentirte, Altagracia. Pero hay cosas del pasado que es mejor no remover.

Pues ya están removidas - replicó ella con dureza - Ahora quiero que me expliques por que ese señora habla de Eleonora y de tus infidelidades - dice un tanto furiosa - A parte a que viene Eleonora si ya esta muerta

Altagracia sabes lo mismo que yo - bebe su copa de golpe - Sabes que ella murió después de que se entero de que tu y yo teníamos algo 

Cuando regresamos? - cambia de tema - Me urge regresar a trabajar

Bueno creo que en una semana mas - acaricio su pierna - Aun nos queda tiempo para disfrutar de nuestra luna de miel 

¿La amabas? - preguntó de repente, sin apartar la mirada de él.

Navarrete tardó en responder. Se inclinó levemente hacia atrás, jugando con el tallo de la copa vacía - A mi manera... - respondió al fin, con un dejo de melancolía.

¿Y a mí? - Altagracia sintió que su voz sonaba más frágil de lo que quería.

Él alzó la mirada, tomándola por sorpresa con la intensidad en sus ojos - A ti... —sonrió con tristeza - A ti te amo de una forma que a veces me asusta.

Ella sintió que su corazón se encogía ante esas palabras, pero antes de poder responder, un mesero se acercó con una nota en una bandeja de plata - Se la acaban de enviar, señor.

Navarrete tomó el papel con un deje de desconfianza. Lo abrió lentamente y sus labios se curvaron en una línea tensa al leer el mensaje: "Los muertos no siempre se quedan en el olvido. Nos vemos pronto, Navarrete."

Altagracia notó cómo la expresión de su esposo cambiaba, oscureciéndose de una forma que nunca antes había visto - ¿Qué dice? - preguntó

Navarrete arrugó el papel en su puño y forzó una sonrisa - Nada importante. Nada de lo que debas preocuparte...

Pero en el fondo, ambos sabían que aquello estaba lejos de haber terminado.

Los días fueron pasando y poco a poco ambos iban tomando mas confianza e incertidumbre por aquella confesión que le hizo Navarrete en aquel restaurante: "A ti te amo de una forma que a veces me asusta."

Altagracia aun pensaba que el la odiaba y mas por que sabia que en el fondo de su corazón el pensaba que ella había matado a su hijo y que lo Maia metido a prision 

Las olas rompían suavemente contra la orilla mientras la brisa nocturna acariciaba el rostro de Altagracia. Se encontraba en el balcón de la habitación, con la mirada perdida en el horizonte. Aunque los días habían pasado, las palabras de Navarrete seguían pesando en su mente.

"A ti te amo de una forma que a veces me asusta."

Pero, ¿era realmente amor lo que sentía por ella, o solo una mezcla de resentimiento y obsesión?

Detrás de ella, Navarrete salió en silencio y se apoyó en el marco de la puerta, observándola - ¿En qué piensas? - su voz era ronca, pero tenía un dejo de cansancio.

Altagracia no volteó de inmediato. Se mordió el labio, dudando si debía decir la verdad. Finalmente, suspiró - En nosotros. En lo que fuimos... en lo que somos ahora.

Navarrete se acercó lentamente, deslizando una mano por su cintura - ¿Y qué somos ahora?

Ella cerró los ojos un instante y exhaló despacio antes de responder - Dos personas que se aferran a algo que tal vez nunca existió.

Navarrete tensó la mandíbula y la giró suavemente para mirarla a los ojos - No digas eso.

¿Por qué no? - susurró ella -  Sabes que es cierto. Desde que Eleonora murió, desde que me culpas por la muerte de tu hijo... no eres el mismo.

El moreno apartó la mirada, volviendo la vista hacia el mar - No es solo eso lo que me atormenta - dijo finalmente - Eres tú, Altagracia. Eres tú y lo que pasó con mi hijo.

El corazón de ella se detuvo por un segundo - Lo vez aun sigues pensando que yo asesine a tu hijo - susurró con la voz quebrada.

Navarrete apretó los puños - No quiero pensarlo, pero... ¿cómo olvidarlo?

El silencio que los envolvió fue ensordecedor. Altagracia sintió que las lágrimas amenazaban con escapar, pero no se lo permitiría. No ahora - Si crees eso de mí... entonces nunca me amaste - dijo con frialdad - Y si nunca me amaste, entonces dime por qué sigues aquí, por que me obligaste a casarme contigo  

Zona de riesgoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora