Capítulo 35

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Llego a mi oficina azotando la puerta con tanta fuerza que las ventanas vibran. Felina, que estaba cómodamente sentada en mi silla revisando algo en su teléfono, levanta la vista con esa sonrisa burlona que siempre logra sacarme de quicio.

Culicagada, ¿qué te pasa? - me suelta, alzando una ceja con evidente diversión - Bueno, no, espera... ya sé lo que te pasa. ¿Qué fue todo eso con Navarrete? ¿Te volvió a dar un ataque de romanticismo barato o solo fue por joderlo?

¡No empieces, Felina! - le respondo, quitándome el saco y lanzándolo sobre el sofá de la oficina. Estoy demasiado furiosa para pensar en otra cosa que no sea ese beso, esos flashes y, sobre todo, la maldita sonrisa de José Luis cuando me desafió frente a todos.

Felina cruza las piernas y se acomoda aún más en MI silla, como si le perteneciera.

¿Que no empiece? ¿En serio? Altagracia, acabo de ver cómo tu casi ex prometido te planta un beso de telenovela frente a medio país, y luego tú sales a respaldarlo. ¿Quieres decirme qué carajos está pasando por tu cabeza?

No tengo por qué darte explicaciones - le gruño, abriendo mi escritorio y sacando una botella de agua para calmar mi furia. Me siento en el borde de la mesa, intentando respirar profundo, pero la imagen del beso sigue dándome vueltas como una maldita espina.

No, claro que no. A mí no, pero a ti misma sí deberías darte una explicación - responde ella con ese tono ácido que tanto la caracteriza - Porque a ver, ¿qué fue eso, Altagracia? ¿Una declaración de guerra? ¿O acaso sigues sintiendo algo por ese tipo?

¡Por supuesto que no! - le grito, demasiado rápido, demasiado fuerte, y Felina solo me mira con una sonrisa de "te atrapé".

Mentirosa - canta ella, señalándome con su dedo índice - Ay, Alta, tú y tu maldito orgullo no saben cómo manejar esto. Navarrete te tiene contra las cuerdas, y en lugar de mandarlo al demonio, te dejas arrastrar a su juego.

No estoy jugando su juego, Felina - le digo entre dientes, aunque ni yo me lo creo del todo. Me llevo la mano a la frente y cierro los ojos un segundo.

Ella suspira, se levanta de la silla y se me acerca. Felina puede ser un dolor de cabeza, pero también es la única persona en la que confío para que me diga las cosas de frente.

Mírate, Altagracia. Eres la mujer más poderosa que conozco, pero cuando se trata de José Luis, pierdes la maldita cabeza. Ese beso no fue casualidad, ¿lo sabes, verdad? Ese tipo quiere algo, y no hablo solo de ti.

Levanto la vista y la miro con el ceño fruncido.

- ¿Qué quieres decir?

- Que no subestimes a Navarrete. Está acorralado y hará lo que sea para no perderte... o para no perder el poder que viene contigo. Pero, ¿sabes qué? Tú también tienes cartas que jugar.

Me quedo en silencio unos segundos, procesando sus palabras. Porque, aunque me duele admitirlo, tiene razón. José Luis nunca da un paso sin un propósito, y ese beso no fue la excepción.

No voy a dejar que me controle, Felina - digo con firmeza, aunque mi voz suena más suave de lo que me gustaría.

Pues entonces haz algo, Alta - me responde, dándome una palmadita en el hombro - Toma el control antes de que él lo haga.

Me quedo mirando el ventanal de la oficina mientras Felina se marcha, dejándome sola con mis pensamientos. En mi mente, vuelven las imágenes de ese beso fugaz, de los flashes cegadores y de la mirada desafiante de José Luis.

"Esto no se queda así", pienso, apretando los puños.

Si José Luis Navarrete quiere jugar, yo puedo jugar mejor.

Al terminar de revisar algunos contratos me recargo en la silla de nuevo pensando en lo que paso en la mañana no podía creer, era hora de hablar con José Luis. Y me voy a su oficina me levanto de la silla con decisión, agarrando mi saco del sofá. Si algo sé hacer es enfrentar los problemas de frente, y José Luis Navarrete no será la excepción. Camino por los pasillos de la empresa, mis tacones resonando como un aviso de guerra. Los empleados me miran de reojo, algunos con curiosidad, otros con miedo. Nadie se atreve a decir nada.

Cuando llego a la puerta de su oficina, no me molesto en tocar. La abro de golpe, haciendo que su secretaria, Carla, dé un respingo.

Doña, el señor Navarrete está en una reunión... - intenta decir, pero la interrumpo con un gesto.

Pues su reunión acaba de terminar - respondo sin detenerme.

Empujo la puerta de su oficina y ahí está él, sentado en su silla de cuero negro, revisando unos documentos como si nada hubiera pasado. Levanta la vista con esa misma sonrisa burlona que me hizo perder la paciencia esta mañana.

Altagracia, qué grata sorpresa - dice, recostándose en su silla con una calma exasperante - ¿A qué debo el honor?

Cierro la puerta detrás de mí y camino hacia su escritorio, apoyándome en el borde con los brazos cruzados.

Sabes perfectamente por qué estoy aquí, José Luis - le espeto, mirándolo directamente a los ojos - ¿Qué demonios crees que estás haciendo?

Él se ríe, una risa baja, cargada de suficiencia.

- ¿Haciendo? No sé de qué hablas. Solo seguí mi instinto esta mañana... Y parece que te gustó tanto como al resto del país.

¡No juegues conmigo! - le digo, golpeando su escritorio con la palma de la mano - Ese beso no fue un simple "instinto". Tú siempre tienes un plan, y quiero saber qué buscas con todo esto.

José Luis se pone de pie, rodeando el escritorio con una lentitud que me pone los nervios de punta. Se detiene a unos pasos de mí, su sonrisa aún presente.

- Lo que busco, Altagracia, es exactamente lo que tú buscas: ganar.

¿Ganar? - repito, confundida - ¿Ganar qué?

Todo. - Su tono se vuelve serio, sus ojos oscuros clavándose en los míos - El control, la atención, la narrativa. Sabes tan bien como yo que en este mundo, la percepción lo es todo. Ese beso fue solo el comienzo.

¿El comienzo de qué? - pregunto, intentando mantener mi compostura.

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