Capitulo 62

97 9 0
                                        

Residencia Navarrete

La puerta se cerró tras de mí con un leve clic. No anuncié mi llegada. No hacía falta.

José Luis estaba de espaldas, parado frente al ventanal, con la ciudad a sus pies. Una copa de whisky en la mano. Oscuro como sus pensamientos. Ni se volteó.

¿Cómo estuvo tu paseo nocturno? - preguntó sin emoción, como si hablara con su reflejo.

Productivo. Casi demasiado - respondí, dejando la grabadora sobre la mesa - Escúchalo. No digas nada aún.

Tardó unos segundos en girarse. Lo hizo con lentitud, como si temiera lo que venía. Pulsó "play".

La voz de Eleonora emergió como una herida abierta. Implacable. Irónica. Metódica. Cada palabra era un bisturí que no necesitaba gritar para cortar.

Cuando terminó, José Luis no dijo nada. Solo dejó la copa en la barra y se sentó. Hundido. Quieto.

¿Y bien? - pregunté, sin acercarme.

Esto... esto no puede estar pasando - murmuró. Pero no lo decía como alguien en shock. Lo decía como alguien que, en el fondo, siempre lo supo.

- Pero lo está. Y te tiene a ti como su pieza principal.

- No lo vi venir.

- Claro que no. Estabas demasiado ocupado preguntándote si la besaste por impulso... o por deseo. Spoiler: ninguna opción sirve ahora.

Él me miró. No con rabia. Con algo peor. Lástima. No hacia mí. Hacia sí mismo - No sabes lo difícil que es sentir que todo lo que creí muerto... vuelve como un vendaval. Eleonora fue...

Una mentira que todavía te duele - lo interrumpí - Pero no es tiempo para nostalgia, José Luis. Es tiempo de guerra.

Me acerqué con pasos medidos, como si caminara por hielo fino. Me detuve frente a él - Lo que escuchaste no es solo una traición empresarial. Es una declaración. Ella va a quitarte todo. Y lo hará con una sonrisa. Con tu firma. Con tus vacíos.

¿Y qué propones? ¿Desaparecerla? - ironizó, con un dejo de desesperación.

Propongo algo peor - dije con una sonrisa lenta - Ganarle con su propio veneno. Que crea que vamos cayendo, que su plan avanza. Hasta que lo firme... y el documento sea otro. Hasta que el arquitecto francés no sea tal. Hasta que la prensa sepa antes que nosotros lo decidamos. Tengo contactos. Y tengo a Matamoros.

- Y me tienes a mí.

¿De verdad? - arqueé una ceja - Porque si en el fondo sigues esperando que ella tenga una explicación lógica... me estás dejando sola otra vez.

José Luis se levantó, se acercó hasta mí, y me tomó el rostro con ambas manos. No con ternura. Con una mezcla de súplica y rabia - No quiero perder lo que tenemos. No voy a perderte a ti. Pero necesito que me digas cómo te enfrentas a un fantasma que te conoce mejor que tú mismo.

Fácil - susurré - No peleas con tus sentimientos. Peleas con los míos. Porque lo único que Eleonora nunca entendió... es que yo también soy capaz de amar con ferocidad. Y no me importa ensuciarme para defender lo mío.

Lo besé. No por pasión. Por guerra.

Él respondió. Por redención.

Cuando nos separamos, supe que estábamos en la misma página. Al menos por ahora - Mañana, revisamos todos los documentos del proyecto. Uno por uno. Y luego... empiezo a hablar con la prensa. Vamos a encender su paraíso de mentiras.

José Luis asintió. Y por primera vez en mucho tiempo, su voz sonó como la del hombre que una vez me prometió el mundo - Vamos a acabar con ella, Altagracia.

Zona de riesgoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora