Capitulo 69

76 9 0
                                        

En el departamento de Eleonora

Las luces estaban apagadas. Solo la pantalla del televisor encendida, repitiendo en bucle el discurso de Altagracia en la junta.

Eleonora estaba en el suelo, rodeada de botellas vacías, papeles arrugados y cajas de medicamentos a medio consumir. El lápiz labial manchado en una copa. El perfume dulce convertido en sudor rancio. Un caos de seda y furia.

Su bata estaba torcida, su cabello suelto, salvaje. Sostenía un frasco de pastillas en una mano y la copa en la otra, murmurando palabras ininteligibles. Sus ojos, húmedos, vagaban entre la lucidez y el delirio.

Ella... - susurró - Ella se quedó con todo.

Esteban la observaba desde el umbral. No había entrado aún. Su celular estaba grabando, escondido en el bolsillo de su chaqueta. No por venganza. No por traición. Por supervivencia.

¿Qué te hicieron, Eleonora? - preguntó, como tanteando su mente.

Ella levantó la vista con lentitud. En sus ojos, la rabia se mezclaba con un vacío peligroso - Tú no entiendes, Esteban. Nunca lo entendiste. Yo no quiero dinero. No quiero volver a esa maldita oficina. Yo quiero verlos arruinados. A los dos.

Esteban traga saliva - ¿Incluso si eso implica matarte a ti misma en el proceso?

Sí - rió, de forma errática - Que arda todo. Quiero que Altagracia se ahogue en su embarazo. Que la prensa la humille. Que José Luis pierda la cabeza y su apellido. Quiero ver sus nombres en ruinas. Solo así voy a dormir.

Se puso de pie tambaleándose. Empujó una lámpara. Tropezó con una botella. Se golpeó la rodilla, pero no lo sintió.

Esteban dio un paso hacia ella, preocupado. Pero no intervino.

¿Sabes cuál fue mi error? - continuó - Pensar que podía recuperar el pasado. ¡Yo no quiero el pasado! Yo quiero la sangre nueva. La destrucción completa.

Entonces fue cuando lo dijo, con una sonrisa rota - Si pudiera... haría que ese embarazo jamás llegara a término.

Esteban se congeló.

Eso ya no era solo una amenaza emocional. Era un crimen en formación.

Ella se desplomó en el sofá, riendo sola, mezclando lágrimas con carcajadas secas - Y tú... tú vas a ayudarme, ¿verdad?

Esteban no respondió. Solo bajó la mirada. Luego salió. Con el celular grabando aún.

Casa en el campo – madrugada

Altagracia abrió la puerta envuelta en una bata. Su vientre ya se notaba bajo la tela. Matamoros, detrás de ella, con expresión de alarma al ver a Esteban parado en la entrada - ¿Qué haces aquí?

Esteban alzó las manos. No venía con amenaza. Venía con algo más potente: pruebas - Ella cruzó la línea. No solo quiere destruirlos. Está dispuesta a destruirse a sí misma con ustedes dentro - Sacó el celular y lo dejó en la mesa - Todo está grabado. Su confesión. Sus palabras. Su rostro. Ya no es solo una rival. Es un peligro real. Para ustedes... y para los bebés.

José Luis apareció detrás, serio, tomando el celular en sus manos - ¿Qué es esto?

El fin de Eleonora Zald - respondió Esteban - Su caída... por su propia lengua.

Residencia Navarrete 

El lugar estaba preparado como una emboscada silenciosa. Sin cámaras, sin prensa, sin abogados. Solo una sala con dos sillas enfrentadas y una mesa de cristal en el medio. A un lado, Matamoros, firme. Al otro, José Luis, esperando en la penumbra.

La puerta se abrió. Eleonora entró.

Vestía de negro, como si viniera a un velorio... o a su propio final. Caminó con elegancia rota, con la barbilla en alto, pero las ojeras marcadas. Traía un perfume denso. Y los ojos, algo más turbios que de costumbre.

La vio. Sentada frente a ella.

Altagracia.

Vestía blanco. Como cuando habló en la junta. Pero ahora no había periodistas. Solo verdad.

Eleonora sonrió con ironía - Qué simbólico todo esto. Blanco y negro. La virgen y la bruja. Qué original.

No vine a competir por un color - respondió Altagracia - Vine a devolverte cada palabra que escupiste. Cada mentira. Y mostrarte que el silencio también puede ser un castigo.

Eleonora entrecerró los ojos - ¿Qué quieres? ¿Pedirme que desaparezca otra vez?

Altagracia sacó el celular. Reprodujo la grabación. Su voz, la de Eleonora, llenó la sala: "Quiero verlos arruinados. A los dos. Que Altagracia se ahogue en su embarazo. Que José Luis pierda su apellido. Quiero ver sus nombres en ruinas." "Si pudiera... haría que ese embarazo jamás llegara a término."

Silencio. La máscara de Eleonora se resquebrajó.

No respondió de inmediato. Solo tragó saliva. El veneno ya no era útil. No tenía con qué defenderse.

Esteban... - murmuró, más para sí que para los demás.

Te grabó - intervino José Luis con tono de acero - Porque incluso él se dio cuenta que no estás bien. Que eres un peligro.

Altagracia se inclinó ligeramente hacia ella - No por mí. Ni por él. Por ellos. Mis hijos.

Eleonora bajó la mirada por primera vez.

Ya no era la mujer poderosa. No era la ex esposa desafiante. Era solo una mujer rota frente a su reflejo más fuerte - ¿Y ahora qué? ¿Van a denunciarme? ¿A encerrarme?

No - respondió Altagracia - Te vamos a sacar del tablero. Legal, mediática y clínicamente. Vas a ser declarada no apta. Tus acciones congeladas. Tu nombre borrado de cada contrato. Te vas a volver invisible... como siempre debiste quedarte.

No pueden... - susurró Eleonora, ahogada.

Sí podemos - replicó José Luis - Ya lo hicimos. La junta fue notificada. Y tu abogado... también desertó. Nadie quiere estar a tu lado, Eleonora. Ni siquiera tú.

Un silencio cruel se impuso.

Eleonora miró a Altagracia, como si aún esperara clemencia. Pero ya no había compasión. Solo determinación.

Te perdí, ¿verdad? - dijo por fin - A ti, José Luis. Pero sobre todo a ti - miró a Altagracia con una mueca amarga - Porque yo también fui tú. Y tú... hiciste lo que yo no supe hacer: sobrevivir sin destruirte en el proceso.

Altagracia no respondió. Solo la miró como se mira a los errores que una vez se temió repetir.

Matamoros se acercó a Eleonora - Tu chofer te espera. Te llevarán a una clínica. Estás oficialmente fuera de todo esto.

Eleonora se puso de pie. Sin pelear - ¿Y después?

Después... desapareces - dijo Altagracia con voz firme - Y si vuelves... no solo hablaremos de intentos, sino de delitos.

Eleonora sonrió con una tristeza que ya no hería -Felicitaciones, Altagracia. Ganaste.

No. Yo no gané - dijo con la voz quebrada - Solo me negué a perder como tú.

Y así, Eleonora salió de la residencia... sin volver la vista atrás.

Tal vez, por primera vez, entendiendo que había cruzado todas las líneas. Y que ya no quedaba nadie dispuesto a rescatarla.

Zona de riesgoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora