Capítulo 29

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José Luis se volvió hacia él, y por un momento pensé que lo golpearía. Pero, en lugar de eso, saco su arma - Aquí el único que va a caer eres tu... - se escuchan varias detonaciones 

El impacto de los disparos hace que me gire sin ver que tan grave es la situación y cuando volteo miro a José Luis impactado - Luis dame el arma, por favor tranquilo - pongo mi mano sobre la suya - Mirame, hablemos esto si te lo ruego - quiso volver a disparar pero ya no quedaban balas 

Miro a Leon y su cuerpo estaba sin vida, tenia el pecho lleno de tiros y uno justo en la frente - Mierda - no se que hacer, le quito el arma a José Luis - Llama a Genaro y dile que se encargue de todo esto, escúchame esto se mantendrá en secreto si solo tu y yo sabremos de esto Navarrete 

José Luis temblaba como una hoja, su mirada perdida, clavada en el cuerpo de Leon. Su respiración era errática, y aunque tenía las manos vacías ahora, seguía apretando los puños como si aún sostuviera el arma.

No tenía opción - murmuró, más para sí mismo que para mí.

Tranquilo, Luis - le dije con una calma que no sentía. Mi cabeza iba a mil por hora, tratando de calcular cómo diablos íbamos a salir de esto.

Saqué mi teléfono y marqué a Genaro. Contestó al segundo timbre.

Señor que paso, se escucho un dispar - dijo, con ese tono frío y práctico que siempre tenía.

Necesito que vengas. Ahora. A la oficina de Altagracia - le dije rápidamente. Mis ojos no se apartaban de José Luis, que seguía en su trance.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Genaro no hacía preguntas innecesarias.

Subo en seguida - sigo el guarura 

Colgué y respiré hondo. El aire olía a pólvora y a sangre, y el silencio en la bodega era ensordecedor. Me acerqué a José Luis, que seguía petrificado, y le puse una mano en el hombro.

- Mírame, Luis. Esto no se acaba aquí, ¿entiendes? Genaro se encargará, pero necesitamos estar en la misma página. Lo que pasó aquí no puede salir, nunca.

Él asintió lentamente, pero no me convenció. Sabía que estaba al borde de quebrarse, y si lo hacía, arrastraría todo con él.

Un ruido afuera me hizo girar de golpe. El sonido de la puerta. Genaro había llegado.

Es ahora o nunca, Luis. Compórtate como si nada hubiera pasado. ¿Me entiendes?

Su mirada por fin se enfocó en la mía. Asintió, esta vez con algo más de firmeza, y respiró profundamente, como si se estuviera preparando para un combate.

La puerta de la oficina se abrió, y ahí estaba Genaro, con su chaqueta de cuero y esa expresión de piedra que siempre llevaba puesta. Dio una rápida mirada al cuerpo de Leon y luego a nosotros.

Esto no pinta bien - dijo, acercándose al cadáver. Se agachó, inspeccionó los disparos y luego se levantó.

¿Qué necesitan que haga? - pregunta el guarura 

Que esto desaparezca, Todo. El cuerpo, las balas, cualquier rastro. Nadie puede saber lo que sucedió aquí - dijo la Doña 

Genaro asintió. Sacó su teléfono y empezó a hacer llamadas mientras yo jalaba a José Luis hacia un rincón, fuera del camino.

Altagracia detente - susurra el moreno pero no escucha la rubia - Detente por favor - dice de nuevo pero ella hace caso omiso - Que te detengas carajo - esta vez ambos se detienen 

Que, porque? - dice Altagracia confundida 

Mja, Porque? - dice sarcástico - Es enserio tu pregunta, me juraste que no tenias nada que ver con la muerte de mi hijo 

José Luis escúchame... - intenta hablar pero el la interrumpe 

Cállate¡ - grita muy molesto - Cállate, ya no quiero escucharte y déjame solo, no quiero verte no quiero escucharte no quiero saber nada de ti Altagracia 

Altagracia se quedó helada. Por primera vez en mucho tiempo, su fachada de mujer indestructible comenzó a desmoronarse. Sus labios se entreabrieron, pero no salió ninguna palabra. Era como si el aire se hubiese vuelto demasiado denso para respirar.

José Luis, con los ojos enrojecidos y el rostro desencajado, la miraba con una mezcla de rabia y dolor. Su pecho subía y bajaba con fuerza mientras intentaba controlar el torrente de emociones que lo consumía.

Adiós, Altagracia —dijo finalmente, dándose la vuelta.

Ella quiso detenerlo, pero su cuerpo no respondió. Se quedó ahí, sola, observando cómo se alejaba. José Luis cruzó la bodega sin mirar atrás, y cuando la puerta se cerró tras él, el ruido fue como un disparo que atravesó su pecho.



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