Capitulo 51

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Navarrete la miró con un dolor que parecía atravesarlo - Porque te amo - dijo con la voz quebrada - Ya te lo dije, Altagracia. Te amo tanto que me duele amarte - sus ojos se nublaron, pero no dejó que las lágrimas cayeran - Me heriste cuando te fuiste con León y enterarme que tu y el torturaron a mi hijo... - intentó explicarse, pero ella lo interrumpió.

Y eh intentado explicarte mil manera ese tema - elevo un poco mi tono de voz haciendo que volteen poca gente de nuestro al rededor - Yo le hable a León para que lo metiera a la cárcel, León tenia que meterlo a la cárcel y no matarlo, yo lo deje en una caballeriza tenia que ir por Regina, Braulio la mataría si yo no llegaba el mataría a mi hermana - ya la gente susurraba de nosotros - Vámonos hablemos en la casa la gente ya esta hablando de nosotros 

Navarrete mira que la gente nos observa - Que nos ven, acaso nunca habían visto a una pareja discutir - se levanta de la mesa gritando

Me levanto y lo tomo de los hombros - Calmate Jose Luis - miro al rededor - Ven vámonos ya - tomo la bolsa de la mesa y lo empujo a la salida 

El trayecto en el coche transcurrió en un silencio tenso, roto solo por el sonido del motor y el latido acelerado del corazón de Altagracia. Miraba por la ventana, buscando la manera de ordenar sus pensamientos, de encontrar la forma correcta de hablar sin que ninguno de los dos se alteraran.

Navarrete conducía con el ceño fruncido, los nudillos blancos sobre el volante. No la miraba, no se atrevía. Temía que si lo hacía, si veía el reflejo de su dolor en sus ojos, todo su enojo se desmoronaría.

Al llegar a la casa, Navarrete apagó el motor y salió del coche sin decir una palabra. Altagracia lo siguió, sintiendo cómo su pecho se oprimía con cada paso. Una vez dentro, él cerró la puerta con fuerza y se volvió a mirarla con impaciencia - No hemos terminado de hablar y quiero escuchar toda la verdad en este momento Altagracia 

Altagracia se quedó de pie junto a la puerta, con la espalda recta pero las manos temblorosas. Sabía que no podía seguir huyendo. Sabía que ese momento iba a llegar tarde o temprano.

Te la voy a decir, José Luis - susurró - Pero quiero que me escuches, que me escuches de verdad, sin interrumpirme, sin juzgarme desde ese dolor que llevas encima. Porque si no lo haces, esto - nos señalo - lo que queda de nosotros... se va a romper para siempre.

Navarrete apretó la mandíbula y asintió en silencio. Caminó hasta el sofá y se sentó al borde, como si su cuerpo no pudiera relajarse del todo.

El día que mataron Lucho - empezó Altagracia, tragando saliva—, yo estaba entre la espada y la pared, León no era una opción segura, pero era la única que tenía, Braulio había amenazado con matarme a mí y a Regina si no colaboraba. Me dio 24 horas - Hizo una pausa. Su voz temblaba, pero seguía - Yo nunca planeé lo que le hicieron a tu hijo. ¡Nunca! León se salió del guion, como siempre lo hace... Él vio la oportunidad de vengarse de ti, y yo no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde. Cuando lo supe, ya no había vuelta atrás, y no me dejaban acercarme.

Navarrete bajó la mirada, sus ojos brillaban con una furia que luchaba contra la tristeza - ¿Y entonces qué hiciste? - preguntó en voz baja, con una extraña calma antes de la tormenta.

Fui por Regina - dijo ella, con los ojos cristalinos - Elegí salvarla porque pensé que aún podía arreglar lo otro... pero cuando volví, Lucho ya estaba muerto. Y tú... tú ya no eras el mismo.

El silencio volvió a invadir la sala, denso, pesado. Navarrete se levantó lentamente, se acercó a ella y la miró de frente, tan cerca que podía sentir su respiración - Lo que hiciste fue por miedo, por proteger a tu hermana. Lo entiendo - dijo, con la voz aún herida - Pero no me lo dijiste. Me dejaste pudriéndome en dudas, creyendo que lo hiciste por León.

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