Capitulo 70

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Aun en la casa de los Navarrete 

El silencio no era tenso, ni denso... era tranquilo. Cálido. Como si el universo, por fin, les concediera un suspiro de paz.

José Luis caminaba descalzo por la sala. Llevaba una copa de vino en la mano, pero no era para ahogar penas. Era para brindar. Porque Eleonora estaba fuera del camino. Legalmente. Mentalmente. Emocionalmente. No volvería a lastimarlos.

No puedo creerlo - dijo, girándose hacia ella, que estaba recostada en el sofá, con un libro abierto sobre el vientre - Lo logramos.

Altagracia lo miró con una sonrisa suave, de esas que ya no tenía que fingir - ¿Tú tenías dudas?

Tenía miedo - confesó él, dejando la copa a un lado y sentándose junto a ella -  Miedo de perderte. Miedo de perderlos. Miedo de volver a ser el hombre que alguna vez quiso venganza por encima del amor.

Ella le tomó la mano y la colocó sobre su vientre - Y sin embargo, elegiste esto.

Elegí a ustedes - corrigió, bajando la mirada - Porque cuando creí que todo estaba perdido, tú apareciste con lo más real que he tenido en la vida: una familia que ni imaginé que podía tener

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Elegí a ustedes - corrigió, bajando la mirada - Porque cuando creí que todo estaba perdido, tú apareciste con lo más real que he tenido en la vida: una familia que ni imaginé que podía tener. Y aquí estamos. Más unidos. Más enamorados. Y más cerca que nunca de formar lo que parecía imposible.

Altagracia giró hacia él - ¿Sabes qué pensé cuando me enteré que eran dos? - susurró.

- ¿Qué?

—Que la vida no nos estaba castigando. Nos estaba recompensando. Por cada noche que lloramos en silencio. Por cada mentira que sobrevivimos. Por cada vez que estuvimos a punto de rendirnos... y no lo hicimos.

José Luis se inclinó lentamente y la besó. No con pasión desesperada, sino con ternura de hogar. De quien no busca, sino agradece lo que ya encontró.

El beso se alargó. Sus manos acariciaron su rostro, bajaron hacia su cuello, y se quedaron en su cintura, donde la vida ya crecía sin miedo.

Ella lo miró con un brillo suave en los ojos - ¿Y ahora qué? ¿Después de tanto caos?

Ahora nos toca vivir - dijo él, sonriendo con sinceridad - Vivir como dos personas que saben lo que cuesta llegar aquí. Sin máscaras. Sin secretos. Solo tú, yo... y ellos.

Ambos miraron su vientre. Como si allí estuviera el centro de su historia. El cierre de una guerra... y el comienzo de un nuevo mundo.

Y por primera vez en mucho tiempo, nadie golpeó la puerta.

Nadie llamó. Nadie quiso destruirlos.

Porque esta vez, el único ruido... era el sonido del amor reconstruyéndose en paz.

Clínica privada San Gabriel 

La sala de espera estaba llena, pero el ambiente era distinto. Silencioso. Expectante. La prensa no fue invitada, pero las miradas sí estaban. Los socios más cercanos, algunos miembros de la junta, Tania, Matamoros... todos presentes no por compromiso, sino por lealtad.

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